¡Basta ya!, por Gonzalo Ramírez de la Torre

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Soy católico, pero no soy ciego. Entiendo que se puede alegar que no todos los sacerdotes o líderes católicos son pederastas pero, y es algo que se tiene que admitir con total claridad, es innegable que hay una extrañísima debilidad de ciertos miembros de la iglesia por la carne joven y por las interacciones sexuales basadas en el abuso de autoridad y en la explotación de la inocencia de las víctimas. Los ataques contra la Iglesia Católica, en lo que respecta al abuso sexual, no responden a una agenda destructiva sino más bien al imperativo humano de extirpar de nuestra sociedad –y llevar a la justicia– a aquellos insectos lascivos que corrompen y dañan irreparablemente a nuestros niños y jóvenes, la materia prima de nuestro futuro, los humanos que por su propia limitación dependen y confían en el cuidado de un adulto.

No hay que ser muy listo para notar, con mucho pesar, que ciertas instituciones apelan a un mutismo peligroso cuando se trata el abuso sexual a menores. Si bien el papa Francisco demuestra cierto nivel de compromiso con trabajar este asunto no puedo evitar pensar que muchos, en aras de proteger la integridad de la comunidad católica, apelan a las acciones de los tres monos sabios: ‘no ver el mal, no oír el mal, no decir el mal’. Un hacerse de la vista gorda que, ante los ojos de muchos –incluyéndome–, se acerca a la complicidad, una complicidad tácita de los que ven más valor en ‘la causa’ que en la integridad y la libertad de un grupo vulnerable.

Y tiene sentido, aunque claramente no se justifica, que la Iglesia Católica como institución trate de mantener su reputación, trate de atenuar la existencia de estos depredadores con la intención de mantener una imagen de integridad y superioridad moral. Pero si algo ha hecho esta pasividad, esta reacción lacónica que solo dice ‘presente’ cuando el escándalo ya remece los crucifijos; es perjudicar su imagen. El estereotipo de «cura pedófilo» es viejísimo y los escándalos y escalofriantes anécdotas de antaño renuevan su vigencia día a día –recientemente con las denuncias al fundador sodálite, Luis Fernando Figari. Junto con esto las trilladas frases que reclaman contra la generalización o que se defienden alegando la buena fe de la mayoría de pastores, terminan siendo excusas insulsas que no parecen buscar ningún tipo de solución y que han pasado a verse como una lavada de manos de aquellos que activamente y con tenacidad deberían ser los más preocupados en destapar y denunciar estos crímenes. Sin embargo, todo sigue igual hace muchísimo tiempo.

Sea lo que sea que esté haciendo la Iglesia para lidiar con la pedofilia, que lamentablemente por lo constante de su incidencia se ha vuelto en algo tan asociado con la iglesia como ciertos símbolos religiosos, no está funcionando. Ese manejo interno de los crímenes, tristemente, no está dando frutos. La institución debería ensuciarse las manos y conformar pequeñas entidades que vigilen y denuncien penalmente, ante las autoridades locales, a aquellos tiranos en sotana que atentan contra la juventud. Y esto es algo que el mundo entero tiene que verlos hacer, es una deuda pendiente que le puede costar fieles y, sobretodo, hacer que se vean alejados de los principios que tan apasionadamente dicen defender.

Esto ya alcanzó un límite, tiene que acabar ya y si de las generalizaciones depende la seguridad de la infancia, pues, adelante.

Las generalizaciones son parte común de la lógica humana, tienen un fin de supervivencia  y se sustentan en experiencias previas. La mejor forma de luchar contra las generalizaciones es lidiando de forma enfática con las excepciones, excusarse en que se trata de una “minoría” es una reacción pasiva inaceptable. ¡Basta ya!