Best of enemies, por Álvaro Martínez

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La premisa básica de fuerzas que se oponen y mueven una historia adquiere en el documental de Robert Gordon y Morgan Neville una dimensión corporal completa, una encarnación total, que es también psicológica, y pone de esa forma, en cada lado, figuras humanas que abarcan acaso más que sus propias voluntades.

Estrenada en 2015, la película sigue los debates televisados entre Gore Vidal y William Buckley Jr. en torno a las convenciones republicana y demócrata de 1968.  Su alcance excede el de un recuento y construye una especie de mitología sobre los antecedentes y las secuelas de los debates y, especialmente, sobre sus protagonistas.  Aunque Vidal y Buckley Jr. habían debatido antes, esos intercambios se presentan con un carácter anecdótico, como parte del prólogo de un evento de una envergadura histórica bastante mayor.  Los diez encuentros que tuvieron en 1968, por otra parte, aparecen justamente como ese desenlace inevitable, y el pico de una relación irremediablemente áspera.

El enfrentamiento posee, ciertamente, un trasfondo ideológico, de formas de vivir y de entender la vida, como anota textualmente una de las fuentes que recoge el documental.  Se enfrentan entonces concepciones e ideas, que abarcan lo más encriptado de la retórica política, pero también actitudes muy prácticas hacia la cotidianeidad.

El quizás amplio espectro de interpretación de la realidad social, particularmente norteamericana, se resume en el documental en la polarización que representan ambos personajes: del lado conservador, republicano, William Buckley Jr. y del liberal, demócrata, Gore Vidal.  Resulta interesante que el reclamo de ideales de cada uno, entendidos como el espíritu de modelos traducibles en políticas públicas completas y, por tanto, del interés de todos los ciudadanos estadounidenses, se encarnan en intelectuales con figuras muy fuertes, personalidades enormes, con discursos elaborados, de un ingenio y mordacidad destacables que, más allá de lo que proponen, significan una celebración del individuo.

Esos mismos animales políticos, o bestias con razón de separarlos más de lo humano (y su grandilocuencia alcanza para hacerlo), encuentran en la serie de debates una plataforma ideal para atacarse y exponer la que cada cual considera la verdadera naturaleza del otro.  Sin ningún alivio físico, en todo caso, el rencor creciente en la rivalidad intelectual de ambos se descubre como una mancha pesada que carga el orgullo de cada uno hasta la muerte.

A pesar de la clara hostilidad que escala hasta su pico en el penúltimo debate, la excepcional retórica con que se atacan parece disculpar de alguna forma cualquier exceso y sienta un precedente importante en la discusión mediática de lo público.  Elogia al tiempo que cuestiona el anhelo de la razón triunfante, del gran enfrentamiento en un mundo de civilizaciones.

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