¿Bicameralidad? Sí, ¡Por favor!, por Nicolás Vargas

¿Cómo un sistema bicameral podría beneficiarnos como nación?

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Es verdad.  Podríamos argumentar que, tras el rotundo ‘no’ que recibió la bicameralidad en el referéndum del 2018, este es un capítulo cerrado por el amplio rechazo que la ciudadanía demostró. Sin embargo, la carpeta de la bicameralidad fue reabierta hace poco por el presidente de la Comisión de Constitución del Congreso, Omar Chehade (de hecho, según el propio congresista el predictamen estaría listo para el próximo 3 de noviembre), y hace que sea crucial recordar por qué la bicameralidad existe, y por qué en el Perú necesitamos un Senado, y con relativa urgencia, de hecho.

Los parlamentos unicamerales en el mundo existen, principalmente, por dos razones: porque los países son pequeños y con población reducida y como rezago (o instrumento) de un régimen autoritario. En el caso del primero son ejemplo los países nórdicos (Finlandia y Noruega, por ejemplo, pasan con las justas los 5 millones de habitantes) y nuestros pares centroamericanos. En el caso de lo segundo, ejemplos importantes son China, Cuba y algunos países de la ex Unión Soviética que, desde sus independencias, no han logrado construir gobernabilidad democrática, como Turkmenistán o Kirguistán. El Perú es, evidentemente, un caso como el segundo. La unicameralidad fue instalada tras el autogolpe de Fujimori en 1992, tras haber tenido un sistema de dos cámaras desde las elecciones de 1980. Algunos argumentaran que el Senado fue suprimido para permitir al régimen tener mayor control político sobre las diversas instituciones del país, y otros argumentarán que el sistema impuesto por las Constitución de 1979 estaba absolutamente desprestigiado. Sin embargo, este artículo no tiene la intención de entrar en dicho debate.

Pero, ¿para qué nos serviría tener un Senado de nuevo? Las respuestas son diversas, pero definitivamente nos permitiría tener una mejor calidad en la legislación y un control político mucho más riguroso entre las diversas instituciones y ramas del Estado. En la teoría política, la funcionalidad del Senado es la de ser un órgano reflexivo y de control de la cámara baja. Si bien las reglas del juego en los parlamentos del mundo varían de país en país, en general se observa que los senados tienen la misión de revisar todo lo debatido previamente en las cámaras bajas, y llegar a la conclusión de si estos proyectos son razonables o no. Por consiguiente, los senados son de menor tamaño y tienen menos poder que su contraparte, sin embargo igual tienen facultades particulares, como el veto.

¿Y cómo un sistema bicameral podría beneficiarnos como nación? Principalmente por el hecho de que cuando una ley es debatida, tendrá un segundo vistazo, idealmente por gente con más experiencia (por eso la edad mínima requerida para ser senador es mayor a la mínima para ser diputado) y también mejor preparada. Esto no solo nos garantizaría una mejor legislación, también ayudaría a evitar escándalos como los observados en los últimos años en nuestro desprestigiado Congreso unicameral, donde una preocupante cantidad de proyectos fueron, a la larga, declarados inconstitucionales.

Es cierto que nada nos garantiza que nuestros senadores, de llegar a tenerlos, sean realmente esas personas que ofrezcan esa pausa algo más crítica en nuestra legislación. Tan solo tenemos que recordar que el Congreso anterior tuvo la intención de que, de aprobarse la bicameralidad en el referéndum del 2018, los congresistas pudiesen saltar entre cámaras cada periodo legislativo ya que eso no sería considerado una reelección. De suceder esto no es tan difícil darse cuenta que el paupérrimo nivel de nuestro Congreso unicameral se extendería como un cáncer a la hipotética cámara alta. Sin embargo, es muy importante que, de tener un senado, la ciudadanía defienda su estatus de cámara reflexiva, donde el debate fluya basándose siempre en las ideas y en un amplio conocimiento de la realidad nacional, con total apego a un estudio crítico de la Constitución, nuestras leyes y las implicancias de cada proyecto que se presente.

Sin mucho más que decir, no puedo ocultar mi gran ilusión e intriga por lo que ojalá sea pronto debatido en el Parlamento. Por el momento, el proyecto debe ser aprobado en la Comisión de Constitución para posteriormente ser presentando al pleno. No puedo dejar de invitarlos a seguir atentamente cada paso de esta reforma política y, de ser aprobada (ojalá), tengamos a partir del año 2023 un Senado que sirva de cimiento para la construcción de un mejor Poder Legislativo y, a la larga, un Perú con instituciones mucho más sólidas y que realmente estén al servicio de la ciudadanía.

Por supuesto, es cierto que con las artimañas a las que este Congreso nos tiene acostumbrados cualquier cosa es posible, así que veremos qué pasa; y ojalá que lo que pase, sea para bien.