Bicentenario con equidad, por Verushka Villavicencio

"Nuestro Bicentenario nos convoca a cerrar las brechas de la inequidad en el acceso a los servicios. Solo así accederemos a los derechos de todos. ¡Vamos con sonrisa y esperanza!".

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Las últimas cifras nos revelan cerca de 200 mil fallecidos por COVID19 en el Perú. No obstante, según recientes declaraciones de la premier, Violeta Bermúdez, durante 15 semanas seguidas se ha logrado la disminución de contagios a nivel nacional. Ambos datos nos conducen a observar “el bienestar” como categoría que alberga el uso y disfrute de todos los derechos operando a través de servicios públicos o privados.

Resulta entonces acertado definir qué es el bienestar. Generalmente, el concepto se asocia al nivel de satisfacción, felicidad, salud; pero realmente es una evaluación personal que se elabora en relación a los aspectos que cada persona considere valiosos en su vida. Esta valoración responde a un período determinado y comprende aspectos familiares y del entorno.

De acuerdo con diversos estudios sobre dicho término, las personas valoran lo siguiente: recursos económicos, acceso a servicios de calidad, vivienda digna, salud física y las oportunidades para mantenerla o recuperarla, aceptación de nosotros mismos, la posibilidad de entablar vínculos sanos, la participación en temas que afecten la vida, habilidades para elegir y controlar las condiciones del medio en el que elegimos vivir, los planes para el futuro y el empeño en seguir desarrollando diversas capacidades y habilidades.

Todas las valoraciones que explicamos se ajustan a tres dimensiones: física, psicológica y social. A su vez, cada una de ellas se articula con el entorno, siendo este relacionamiento el que otorga mayor o menor grado de bienestar a nivel personal, familiar y social. Por lo tanto, es necesario comprender las características del mismo.

Si el bienestar se define por las condiciones que brinda “el entorno” en la trayectoria de las personas desde que nacen, crecen, se desarrollan, envejecen y mueren; entonces no podríamos hablar de un país encaminado totalmente al Bicentenario, pues nuestras condiciones en las ciudades y regiones no aseguran calidad de vida.

Los académicos hablan de tres características que lo explican: necesarias, evitables y justas. Estas situaciones producen “desigualdades” entre las personas, las cuales afectan e impiden su desarrollo. Cuando algo es evitable e injusto, el Estado debe garantizar al individuo el ejercicio de sus derechos. Un ejemplo es la reversión en la brecha de vacunación.

Para combatirla se acondicionaron espacios para lograr que los ciudadanos acudan a inocularse en auto, bicicleta o a pie. Se llevó la vacuna a los hogares de las personas mayores con discapacidad. Se extendieron los procesos y procedimientos en las regiones para que repliquen la vacunación. Se amplió el horario con maratones de inmunización, extendiendo el servicio a nivel nacional y ampliando el rango de edad. Se potenciaron los mensajes en redes sociales y se implementaron diversas estrategias de comunicación para el desarrollo en las regiones.

De la misma forma, cuando la desigualdad es injusta y atenta contra los derechos de las personas, el Estado tiene la responsabilidad de garantizar al ciudadano la calidad de vida. Otra medida clave es la afiliación de 450 mil hogares con niños y niñas menores de 2 años al programa JUNTOS, durante la gestión de la actual ministra del MIDIS. Ellos reciben 200 soles cada dos meses siempre y cuando cumplan con la vacunación de sus hijos contra el rotavirus y el neumococo, así como la suplementación de fierro. Este trabajo lo realizan en coordinación con el Ministerio de Salud.

La desigualdad generalmente ocasiona situaciones desfavorables, pero no todas lo son. Si una persona requiere lentes para leer y otra no, esta condición no debería influir en su comprensión de lectura. Sin embargo, para lograr un buen desempeño debería tener lentes que le permitan leer. Si experimenta la imposibilidad económica para comprar los lentes, entonces vive una “inequidad”. Ninguna persona debería verse limitada en su desarrollo para el logro de su bienestar por algún obstáculo. Cada ser humano tendría que satisfacer sus necesidades e intereses, así como alcanzar el máximo grado de sus potencialidades, sin que existan condiciones de inequidad.

Las diferencias entre desigualdad y equidad no deben generar confusión cuando se aborda el diseño de políticas públicas sociales y la implementación de programas o proyectos sociales. Ciertamente, si se mantiene al “ser humano” como centro de estas iniciativas, las brechas que impiden la equidad en sus vidas se acortarán. Habrá oportunidades, servicios y espacios públicos para que se realicen como personas.

En nuestro día a día también podemos generar bienestar con acciones cotidianas. Un gran paso implicaría que las niñas y niños aprendan a compartir los roles dentro del hogar. Imagino a un padre cargando a sus hijos en brazos o en la espalda, dándoles seguridad y afecto, lavando pañales mientras cocina.

De este modo, esas niñas y niños serán adultos que se conozcan mejor y consigan luchar por sus planes de vida. Al formar sus familias transmitirán la misma seguridad y autonomía a sus hijas e hijos. Nuestro Bicentenario nos convoca a cerrar las brechas de la inequidad en el acceso a los servicios. Solo así accederemos a los derechos de todos. ¡Vamos con sonrisa y esperanza!

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