Bienestar versus infractores frente al COVID-19, por Verushka Villavicencio

Las poblaciones que buscan el bienestar inmediato, no aprendieron a apostar por el largo plazo porque sus necesidades básicas los limitaban a vivir el hoy.

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El bienestar puede medirse desde la perspectiva individual, entonces una persona puede valorar su bienestar respecto a: si vive bien (posee cosas materiales), estar bien (su salud), verse bien (su apariencia física) y si se siente bien (emociones cuando reflexiona sobre su vida). Por tanto, es una valoración personal y única. Entonces, responder a la pregunta: ¿qué tan bien estoy en este momento de mi vida? pasa por dar respuesta al tema personal y por la evaluación sobre el medio que rodea a cada uno. 

Responder a la pregunta sobre el medio que rodea a cada uno, implica reflexionar sobre el entorno que rodea a cada persona. Entonces, se evalúa los recursos económicos con los cuales se cuenta; los servicios públicos a los cuales se puede acceder; la vivienda, si es adecuada; la salud física y las oportunidades para mantenerla o recuperarla; la autoaceptación que es el conocimiento de quienes somos y nuestras oportunidades; las posibilidades que tenemos para entablar relaciones sanas con otras personas; las situaciones donde ejercemos nuestra autonomía en los asuntos que nos afectan que incluye la participación en temas comunitarios y políticos; la habilidad personal que tenemos para satisfacer nuestros deseos y necesidades controlando el medio en el que vivimos; los planes para el futuro y nuestra capacidad para lograrlos; y el empeño que tenemos para seguir creciendo como personas.

Todas estas consideraciones respecto a medir el bienestar, son las que el “desarrollo humano” consideraría, antes de lanzar una estrategia de comunicación, un plan nacional, un programa o un proyecto dirigido a modificar el comportamiento de las personas. Sucede que la ausencia de comunicadores para el desarrollo, de gestores de programas sociales, de médicos especializados en promoción de la salud en estos espacios de diseño de estrategias y políticas, limita la mirada para el desarrollo de productos de comunicación efectivos y eficaces. Diseñan quienes no implementan, no hay coherencia entre el trabajo de gabinete y el trabajo de campo.

Los resultados de esta limitante se ven en el descontrol del 5% de la población que no es capaz de acatar las disposiciones de distanciamiento social frente al COVID-19, pues no incorporan los mensajes comunicacionales como parte de su comportamiento. No hay cambio de conducta sostenible.

Frente a la pregunta: ¿cuál es el bienestar que buscan los infractores de la ley frente al COVID-19? Proponemos un abordaje multidisciplinario y la indagación con evidencia sobre las causas estructurales que hacen que diversas personas en diferentes circunstancias; se escondan para ingerir licor en grupo dentro de una institución educativa; conduzcan ebrios fuera del horario de toque de queda; siendo un servidor público, expresen que no acatarán la cuarentena focalizada en el distrito de Moche en Trujillo; jueguen fútbol en la azotea de su centro laboral en su descanso, entre otras. Todos estos comportamientos entrañan un enfoque de bienestar diferente al que tenemos el otro 95% de peruanos. Pero si lo pensamos un poco, nos daremos cuenta que estos comportamientos tienen un denominador común: desconocer la norma y priorizar la satisfacción de una necesidad inmediata. Es decir, se busca el bienestar inmediato.

Las poblaciones que buscan el bienestar inmediato, no aprendieron a apostar por el largo plazo porque sus necesidades básicas los limitaban a vivir el hoy. No hay más horizonte para ellos. Sus decisiones interactúan en tres dimensiones: física, psicológica y social y confluyen en cuatro criterios: lo que percibimos que podemos hacer, lo que identificamos que podemos hacer, lo que creemos que somos capaces de hacer y lo que reconocemos que podemos hacer en las circunstancias que nos rodean. En el “reconocimiento” existe una desvinculación con la norma y una priorización por la satisfacción inmediata.

Este dato es clave. Si una persona o un grupo de personas no reconocen que su acción daña al otro, no se reconocen como parte de un grupo social, tampoco se reconocen como ciudadanos responsables del bienestar del otro. Si sólo le interesa el “sí mismo”. Entonces, una imagen materna agonizante en un spot de tv, no va a compensar esta carencia para revertir su comportamiento. Este es un problema de salud mental agudizado durante años, por la falta de oportunidades para el acceso a diversos derechos, expresados en servicios públicos. Necesitamos una campaña de comunicación focalizada en un modelo de cambio de conducta que adopte las metodologías de la economía del comportamiento y de la teoría del cambio. No existe, hay que crearlo.

Conseguir que ese 5% cambie su comportamiento, no será sólo con spots en redes sociales o TV, así como con la cárcel o una multa, se requiere un cambio de comportamiento sostenible que compense las brechas que la inequidad ha cimentado por años en ciudadanos que no lograron sentirse bien consigo mismos y en su comunidad.

Sentirse parte de una comunidad y co-responsable de su destino, es lo que todos necesitamos sentir y expresar en cada una de nuestras acciones hacia el otro. Nuestro bienestar empieza con nosotros, nuestra familia y nuestra comunidad; en esa medida, cada uno logrará transformar su espacio y aportar su cuota de lucha contra la pandemia. Este sentimiento de “ser capaces” de cambiar algo es la apropiación que se necesita instaurar en ese 5%. Manos a la obra.