Carnage: el tipo de dios que se encontraría en cada uno, por Bruno Timarchi

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Ambiente controlado, costumbres occidentales, dos parejas de casados dialogando sobre un problema, buscando la solución más óptima en pos de una mejor aprehensión de dichas costumbres occidentales —las buenas costumbres— por parte de sus hijos, causantes del problema, correctamente interpretado.

Sin embargo, desde el principio se evidencia que las conductas de estos padres de familia son solo apariencias, y las interpretaciones empiezan a vomitarse. El problema se torna difuso. Las buenas costumbres se desmoronan. Gritos e impulsos descontrolados cargan el ambiente, ahora descontrolado. Caos.

Se trata de Carnage (2011), adaptación cinematográfica, dirigida por Roman Polanski, de una obra teatral titulada Le dieu de carnage, de la dramaturga francesa Yasmina Reza. El largometraje cuenta la historia de dos parejas de casados que se reúnen en una casa para conversar sobre la pelea que han tenido sus hijos en un parque, en la que uno de ellos golpeó a otro con un palo, sacándole dos dientes. Desde el principio de la reunión, la interpretación del hecho por parte de las dos parejas parece no encontrar puntos en común, lo cual da cabida a que la interacción entre los personajes encierre a ellos mismos en un ambiente inusual en donde una especie de incertidumbre violenta impere. Dicho ambiente produce, a su vez, que el actuar de los padres se asemeje a la de sus hijos, a quienes en un principio querían corregir.

Una de las particularidades de este filme es su narrativa, en la que Polanski ha logrado que los recursos cinematográficos se pongan al servicio de una forma narrativa teatral. Así, prácticamente la totalidad de la película se desenvuelve en una sola escena, la de la discusión en la casa, en donde el dinamismo se logra no con recursos como la elipsis, sino con diálogos precisos, interacciones que conducen con una naturalidad aplastante a sucesos inesperados, excelentes actuaciones, simbologías sutiles, una cámara sin pretensiones de significar algo más, que capta todo con precisión y objetividad y una edición que a la vez de mostrarse como inexistente —perfecto testimonio de este “arte invisible”— recrea la experiencia del teatro de estar frente a actuaciones lineales. Tomando en cuenta este último punto, es inevitable dejar de pensar que uno de los recursos más usados para la realización de la película haya sido, probablemente, el carácter no-lineal que tiene toda actuación al momento de grabar cualquier producto audiovisual, caso contrario al de la actuación teatral, amarrada ineludiblemente al tiempo y desarrollada de corrido, sin posibilidad de “hacer otra toma”.

Concebido el largometraje como se ha explicado en esta columna, Carnage (2011) se presenta al espectador como una propuesta inusual que abre la posibilidad de experimentar una especie de obra teatral desatada de las limitaciones impuestas por el tiempo y a la cual se puede tener acceso desde el sillón de la sala de televisión. Sin ánimos de pretender reemplazar la costumbre de ir al teatro por la comodidad del hogar —al respecto, no se puede dejar de recomendar la adaptación teatral de la novela de Ernesto Sabato, El túnel, realizada en el Centro Cultural Ricardo Palma por el grupo argentino La Cuarta Pared, quienes también presentarán Rayuela a partir del 28 de enero— se le invita al lector a disfrutar de este peculiar filme.