Carta al “macho peruano que se respeta”, Por Gonzalo Ramírez de la Torre

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Querido Macho peruano que se respeta,

Sabes quién eres, compadre. Todos saben quién eres. Te vemos por todos lados. Eres el bacancito, pues, el valiente, el que se infla cuando está con sus patas hablando de flaquitas, de culitos y tetitas. El que asecha como un francotirador lascivo a toda “hembra” que le pasa por los ojos y que no duda en atestarle un “piropo” a voz en cuello, porque eres un caballerazo, pues ¿Cómo no? A las mujeres les gusta ¿no? Y claro, tú eres un experto en mujeres, has tenido varias, según dices, y te han dejado muchas, obvio, pero porque no podían contigo, tú eras mucho para ellas.

Eres el pendejo, el que se la sabe todas, el que aprovecha el tumulto en la combi para darle una tocadita a esa chica rica que acaba de entrar. Eres el que le mete la cara a la flaquita a pesar de que te dijo que no, porque tú sabes que en verdad te quiso decir que sí. Eres el dueño de tu esposa, el dueño de tus hijas y el rey de la casa, al que hay que tratar con especial reverencia.

Pero hoy no son solo esas cosas las que me hacen escribirte, machazo peruano. No. Hoy te escribo porque también eres el pegalón y si no lo eres, eres el que “entiende” a los pegalones, eres el que se entera de una noticia de violencia contra una mujer y se pregunta ¿qué habrá hecho, pues? Porque crees que “hay que enseñarles”, porque “tienen que aprender” a salir con la gente que tú quieres, porque tiene que estar ahí cuando a ti te dé la gana y hacer lo que te plazca.

Te escribo porque ya estuvo ¿no? Más del 68% de mujeres (INEI) en nuestro país reporta haber sido víctima de violencia física, sexual o psicológica ¿no te da vergüenza? Y tú eres el culpable en más de una forma, de repente no eres el que conectó los puñetazos, el que arrastró a su enamorada por el piso, el que insulta o viola, pero eres el que le enseñó a su hijo que tiene que ser agresivo porque es “hombrecito”, pues, el que con el ejemplo enseñó que una mujer es un pedazo de propiedad y no un individuo.

La semana pasada fue el colmo ¿no crees? Con la chica que arrastraste por el piso y con la señorita a la que acusaste de infidelidad en televisión pública cuando te defendías de la denuncia que te hizo. Y fue el colmo, sobre todo, porque nos recordó que esos son las bestialidades que te vemos cometer, sobre las que, aunque sea, podemos hacer algo. Pero solo tú sabes cuántas más has cometido, cuántas mujeres sufren la ignominia de tu compañía y lloran en silencio, resignadas ante un sistema de justicia en el que ya no creen, que poco o nada ha hecho para defenderlas.

¿No te cansas de ser la vergüenza de todo un país? ¿No te ves en el espejo y te retuerces en tu hipocresía? Sí, porque también eres el que se arrodilla frente al altar y le pide a todas las santas y vírgenes que puede para que le hagan un milagro, pero no te cuesta nada salir y ver a cualquier otra mujer como un artefacto que debes manipular, como un sirviente que te tiene que ver hacia arriba. Porque eres el que cree que un par de persignadas y promesas de devoción a un dios te purgan de cualquier condena, de ser un grandísimo canalla y un cobarde.

Quiero pedirte que pienses. Quizá pedirte que te sientas un poquito amenazado por los tiempos que se vienen y que te empezarán a pintar con aún más claridad como la bestia cavernaria que eres. El Perú, poco a poco, dejará de ser un espacio para ti. Nos demoraremos, claro, estamos tristemente atrasados en comparación con otros países, pero ya te tenemos fichado, ya nos tienes aburridos y tus muestras públicas de cobardía nos hace notar lo patéticamente débil que eres. Pero tienes oportunidad de cambiar, o por lo menos, de empezar un cambio. Enséñale a tu hijo que no es más o menos que su hermanita, o que sus amigas. Enséñale a respetar antes que a pegar. Enséñale, sobre todo, con el ejemplo. Hazle un favor a tu país.

Nosotros, los que nos indignamos por lo que haces, seguiremos aquí. Pidiéndole al Estado que ponga manos a la obra, que no permanezca indolente, haciendo que las mujeres se sientan prisioneras de su sufrimiento y haciendo que tú te sientas seguro en tu rol de victimario. Insistiremos hasta que las víctimas dejen de existir y hasta las que sí existen saboreen un poco de justicia y una mano amiga que las ayude a superar la situación, a superarte a ti.