Casa de playa

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Estoy sentado en la azotea de una casa de playa. Es igualita a la azotea de las otras miles de casas de playa que la rodean kilómetros a la redonda. No es mi casa de playa, yo no tengo una y no creo que vaya a tener una en mucho tiempo. No pertenezco al club de los que tienen casa de playa, pertenezco al club de los que son invitados a las casas de playa. Es como recibir un panetón de vez en cuando, bonito, nada más, una caridad.

Esta realidad, mi realidad, no es triste en absoluto si te pones a pensar que nuestros vecinos bolivianos jamás podrían aspirar a este tipo de lujos. Pero sí es ciertamente incómoda, en especial cuando te enteras el jueves que has sido invitado y saldrás a primera hora la mañana del día siguiente. Entonces, te alegras por un segundo y luego recuerdas que vas a gastar, doctor, vas a gastar y mucho.

En primer lugar, algo tienes que llevar, porque mamá dice que no se llega con las manos vacías a ninguna parte, no. Algo tienes que llevar. Y ese algo no puede ser cualquier cosa, porque existe el puto qué dirán. A ver llévale a la tía regia madre de tu amigo un turrón de doña pepa de metro o una torta helada (postre de hospital) de santa isabel… A ver, pués. Vas a ver que no te vuelven a invitar, mi amor. Nicagando.

Por eso te esmeras, darling, te esmeras y les sacas un chocolate suizo a tu mami y un vino con poto cóncavo a tu padre (porque no sabes un cuerno de vinos, pero mamá ha dicho que si tiene el poto cóncavo es bueno, los demás para el ozobuco). Y te vas feliz, campante. Quedas bien… Pero espera, falta un pisquito para tu amigo… y si es muy ficho, su whisky, pooobre de ti que sea etiqueta roja, Jaimito, pooobre de ti. Te bañan… Cómprale un Something, que esos si fluyen y nadie espera un 18 años. Solucionao. Finalmente, necesitas unos cuantos billetes para comprarte la cerveza más cara de tu vida (nada de 3 margaritos por 10 so, se acabaron esas épocas en Luz Roja) y unos cuantos billetes más, para que con el Cuba Libre más capitalista de tu vida baile contigo la gringa más rica de tu vida. Así de simple, pues hermano, como le digo a Nico poniendo voz de vieja: Todo es plata, toodo.

Ahora estoy sentado en la azotea húmeda de la casa de playa. Todos chupan desde hace un buen rato. Todos menos yo. Me estoy haciendo el fino y voy a esperar a que estén más ebrios para poder abrir mi Something y que nadie me gorree. Ayayay, seré idiota. Por eso me senté a escribir un poco. Porque a veces es bueno respirar el aire de las letras y no el de los humanos. A veces es rico poseer algo y no ser parte de lo que posee otro. Cuando uno escribe sucede eso. Eres dueño de algo. Puedes construir con dos dedos tu casa de playa y hacerla incluso bonita, sí, como las que visita Jordi de Línea y Punto. Cemento pulido, muchos elementos que juegan con lo rústico y lo minimal para crear un ambiente de armonía con la naturaleza y esa vorágine llamada civilización. Raagio. ¿Te gusta mi casa de playa? Te invito el próximo fin, ¿ya? No te preocupes por nada, serás mi invitado. No… ¿Sabes qué? Seré tu compañía. ¿Suena mejor, verdad? Eso sí, compra hielo que siempre falta y no te olvides de traer una buena conversación.