Caso Cueva: sobre traiciones y libertades, por Hugo Olivero

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«¿Es ético revelar este tipo de ‘secretos’? Un posible acto de corrupción es de interés público. Entonces la disyuntiva aquí resulta: mantener la corrupción bajo la alfombra, en nombre de la seguridad nacional o denunciarla, en nombre de la transparencia, ¿qué se elige?»

Los periodistas no somos intocables ni la libertad de expresión es un derecho absoluto. Estas verdades hay que tenerlas muy presentes en el ejercicio de nuestra profesión. También, más allá de las buenas intenciones, nos podemos equivocar. Meter la pata, periodísticamente hablando, puede salir muy caro: una denuncia, un despido, persecución política, el escarnio público y alegres legiones de trolls al acecho. El periodismo es una profesión maravillosa, pero el riesgo y la responsabilidad que implican son enormes.

Dicho esto, creo que Rosana Cueva y su equipo nunca debieron haber sido denunciados por «revelación de secretos nacionales». No puedes mandar 15 años a la cárcel a un periodista por pretender destapar actos de corrupción. Se han discutido muchas cosas estos días: que los informantes habrían mentido ante cámaras, que el ministro solo hace su trabajo, la legitimidad del secretismo de ciertos documentos, etc., pero creo que el tema de fondo, el tema grave aquí, es la libertad de expresión.

Asumamos que la denuncia de Cueva no es sólida, los testimonios de los informantes se caen, ¿eso la convierte en una ‘traidora a la patria’? ¿La ponemos a la altura de una vulgar espía que comparte secretos nacionales, buscando dañar la seguridad del Perú? El delito que le imputan carece de fundamentos, hasta en el peor de los casos. Aún si la denuncia de malversación de Panorama no se prueba, es evidente que no existe dolo en ella, es decir, no se trata de un engaño deliberado o un reportaje elaborado para, específicamente, cometer delitos de revelación de secretos nacionales. Esto no será difícil de probar.

Ahora bien, está el tema de la ética periodística, ¿es ético revelar este tipo de ‘secretos’? Un posible acto de corrupción es, sin duda, de interés público. Entonces la disyuntiva aquí sería más o menos: mantener la corrupción bajo la alfombra en nombre de la seguridad nacional o denunciarla, en nombre de la transparencia, ¿qué se elige? Claro que si vas a sacar una denuncia así, tiene que ser muy fuerte, muy sólida o te vas a meter en un buen lío; pero, finalmente, no le corresponde a un periodista hacer de juez y como cualquier denuncia con cualquier clase de pruebas que puedas ofrecer, estas deben ser investigadas formalmente; los testigos, interrogados y es la Justicia la que tiene la última palabra.

Considero que los elementos que se presentaron en la denuncia de malos manejos en el Vraem son consistentes y claros. Definitivamente cuentas, nombres y hechos no cuadran; son extraños, cuestionables, sospechosos. Si los informantes mintieron, como se está barajando ahora -off the record-, eso no cambia lo anterior. O en el mejor de los casos tenemos un servicio de inteligencia nada inteligente a la hora de responder a la burocracia con sus rendiciones de cuentas o en el peor de los casos, si existe corrupción. Sea como fuere, Cueva, Novoa y los demás periodistas asumieron un riesgo razonable y procedieron de acuerdo a la información admisible que disponían. Cumplieron un rol fiscalizador, como corresponde a la prensa, sin ninguna intención de cometer el delito del que hoy se les acusa.

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