Cataluña mientras tanto, por Nathan Sztrancman

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Benedict Anderson, en Comunidades Imaginadas, explica que «desde la Segunda Guerra Mundial, toda revolución triunfante se ha definido en términos nacionales. () El nacionalismo no ha producido jamás grandes pensadores; no hay por él un Hobbes, no un Tocqueville, ni un Marx o un Weber». Ésta puede ser una década histórica para Cataluña, pero si su ídolo máximo de la independencia viene a ser Pep Guardiola entonces Messi bien puede ser San Martín. La última vez que a España le cambió tanto la cara fue en 1492.

La realidad es que Cataluña va a ser independiente, sin sangre ni armas (obviando el Camp Nou).  Si no sucede mañana, sucederá pasado, pero eso conlleva permitir que se celebren más Ligas en el Estadi. El pueblo se ha vuelto consciente de sí mismo, algo psicológico que además si juega el Barça contra el Madrid viene a ser freudiano — más que la independencia, a Barcelona realmente la une el odio por Ronaldo. Ha sido como un bebé viéndose al espejo por primera vez para decir eso del cogito. Pero si algo hay que reconocerle a los políticos catalanes es su alejamiento de la política. Buscan no politizar el movimiento; la verdadera virtud de liberación se encuentra en lo emocional. Es Cataluña leyendo una ficción sobre sí misma y hacer todo lo posible para que exista Macondo.

Hay pocos nacionalismos más arraigados que el catalán. Allí la vida se define en un gentilicio y lo demás viene a segundo plano, variaciones terrenales. Es cosa de entrar a la Sagrada Familia con una camiseta del Real Madrid para que te abucheen como si fueses sobrino de Franco o hijo de Mourinho. Son discriminaciones que confunden el quererse a uno mismo con odiar a los demás. La independencia catalana va a probar eso de que si el amor mueve el mundo entonces el dinero lo detiene, y a estas alturas más de uno debe querer vender el vestido rojo y amarillo que su esposa usó en la Diada de l’Onze. Pasa que la religiosidad no te da de comer, así como rezarle a Iniesta que la clave en ángulo en Stamford Bridge no hizo crecer el PBI. Es como el APRA pensando que en 1989 Alan podía multiplicar peces.

Tengo un par de amigas que viven en Cataluña, y hasta una abuela de la que dicen que ahí me empezó a inventar. Me gusta imaginarme a mis amigas bajarse de un avión, subirse al carro de un taxista melómano que anda con algo de Chopin y preguntarle si tiene la composición en notas catalanas. Mes que un músic, vendrían a exclamar. Yo favorezco la independencia catalana porque creo en la democracia y ya viene a ser jodido que el Barça te gane todos los clásicos y además te siente a explicarte por qué. Pero más allá de Gerard Piqué y Shakira, entre pañuelos baratos y caras pintadas uno se da cuenta de las razones detrás del movimiento independista. España no es Cataluña ni viceversa, y ahora mucho menos cuando viene el gobierno a cobrar derechos de autor. El fenómeno sub-nacionalista siempre ha existido, solo que recién empieza a estar de moda. Entras a un Starbucks y ya nadie quiere dejar de pertenecer al reino de Carlos V. No tiene tanto que ver con la crisis económica sino con la crisis existencial — una especie de Borges contándole el Aleph a Keynes en su lecho de muerte.

Es cierto que el nacionalismo jamás produce grandes pensadores, pero sí lo hace grandes pensamientos. Histerias colectivas que con claustrofobia buscan abrir la puerta en la que se sienten encerradas. A los catalanes los metieron un día en un colegio en el que no hablaban el mismo idioma que los demás, y sus padres les dijeron que aquí vas a volverte civilizado. Entonces el trauma irreconocible hasta la pubertad les hizo odiar a los profesores. Aún no se ha ganado la independencia, pero hay centímetros de por medio. Falta ver si la exaltada felicidad de aquel que es libre lo deja tirado en la calle muriendo de hambre con una estampita de Xavi o si se da comer a sí misma, en plan catoblepas de Flaubert.