Cinco minutos de silencio

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En 1988, después de bastantes años viviendo y trabajando en Alemania, regresé a España. Concretamente a Pamplona, ciudad en el norte, capital de la región de Navarra, territorio que algunos vascos reivindican para sí y muchos navarros consideran que tiene una personalidad propia. Eran años en que ETA (la organización terrorista de los extremistas vascos) todavía actuaba, ya no con los atentados masivos y muy sangrientos de los años anteriores, pero sí con asesinatos y secuestros selectivos (policías, políticos…).

Un punto de inflexión se dio quizá con el secuestro primero y vil asesinato después (dos disparos en la cabeza) de Miguel Angel Blanco, joven regidor en una pequeña población (Ermua). A los 29 años terminaba su vida porque el Gobierno de la nación no aceptó las condiciones de los secuestradores.

Quizá fue después de este atentado, el 13 de julio de 1997, cuando los rectores de la universidades españolas decidieron que siempre que hubiera un atentado de ETA con víctimas mortales, al día siguiente, a las 12 del mediodía se pararía toda la actividad académica y durante 5 minutos la comunidad universitaria se reuniría en silencio delante de alguno de los edificios de la Universidad. Quizá fue incluso antes.

Yo sólo sé que allí estábamos, a las 12 del mediodía, bajo el sol unas veces, bajo la lluvia otras, profesores, administrativos, estudiantes… en silencio, el Rector a la cabeza con las demás autoridades universitarias. Porque algo teníamos que hacer ante esta inhumanidad, ante esa barbarie. Se hacía también delante del Gobierno Regional y de la Municipalidad, de otros edificios oficiales, de la cámara de comercio o del colegio de abogados…. Era la sociedad que simplemente no podía seguir tranquilamente con la vida cotidiana mientras se asesinaba bárbaramente.

En el Perú, en las últimas semanas han muerto asesinados varios policías. Recientemente, un señor de 40 años que iba a comprar algo, caía  muerto por una pala perdida en una balacera. Antes, un niño de cinco años, también por una bala perdida. Familiares de otra persona protestan porque un familiar falleció por otra bala en una acción policial. Entra una turba en una comisaría y luego, un policía aparece muerto en un barranco. Pobladores de un asentamiento humano queman vivo al cliente de una mototaxi al que el mototaxista acusa de haberle querido robar. Luego se comprueba que era el revés: el mototaxista quiso robar a ese cliente y, al prestar éste resistencia, el mototaxista consiguió convencer a los vecinos de la versión falsa de la historia.

Esto sin entrar en ajustes de cuentas o en luchas de mafias por drogas o por la construcción: acaba de ser asesinado en Piura un dirigente de la construcción, porque –dice la policía- cuatro grupos se disputan el control de ese mercado.

Algunos dicen que el país se encamina hacia el Primer Mundo. Y es un objetivo ilusionante. Aplican criterios económicos. Cuando se leen con la cabeza fría todos esos titulares (que no suelen ocupar la primera plana, más preocupada por las disputas entre políticos o por la suerte de un ilustre prófugo), más parece que se camina hacia el salvaje Oeste.

De una parte, si hay tantas personas con capacidad de disparar, si hay, por tanto, tantas armas, ¿no sería una prioridad reducir todo ese potencial de muerte? De otro lado, ¿no habría que generar una conciencia social de que esta situación es insostenible? ¿No deberíamos, como en España tantos años, parar cinco minutos cada vez que cae una víctima inocente de la violencia? ¿E incluso –separando muy bien las categorías-víctimas de quienes se toman la justicia por sus manos? ¿No deberían al menos leerse los nombres de esas víctimas inocentes y de policías fallecidos en servicio- cuando los domingos en tantas poblaciones la gente (y sobre todo los escolares) acuden al acto patriótico de la Bandera?

No sé si aquellos silencios tuvieron algún efecto inmediato. Pero sí sé que toda una generación de estudiantes vio a sus rectores y profesores allí parados bajo la lluvia, en señal de protesta. Y quizá cuando se escriban los libros de la historia de aquellos años se publique alguna foto nuestra, con paraguas y gabardina, aguantando la mojadura, y se diga que una parte de la población no aceptó aquel hecho y protestó. Al menos, no fuimos cómplices. Con nuestro silencio visible, evidente, no fuimos cómplices.