[CINE] El relato del dios mundano

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Qué es el fanático sino un sujeto con la necesidad de un ídolo: otro sujeto al cual se le atribuye una condición plástica de permanencia inmutable, inmune al devenir —esa pintura en eterna renovación que tiñe al mundo—. Dicho sujeto “ídolo”, ha surgido, a su vez, de ese mundo teñido de devenires, desgarradoramente orgánico, y no solo aprehende su contexto histórico, sino que se vuelve retrato de desborde material al hacer de su cuerpo una caldera de sustancias chistosas, desborde que es alimentado y avalado por la fama (el fanático hecho masa) y por el sentimiento de estar por encima del resto, de ser un dios hasta que el cuerpo devuelva al sujeto “ídolo” a la realidad mediante el dolor que deviene de la decadencia corpórea. Ese es Aldous Snow, parodia del estereotipo de una estrella de rock ‘n’ roll británica de la película Get Him to the Greek (2010), del director Nicholas Stoller.

Sexo con el sello de aprobación de Freud. Drogas y alcohol condensados en el vómito de Jonah Hill. Este largometraje sigue las desventuras de Aaron Green (Jonah Hill), un empleado de una compañía de discos a quien se le asigna la imposible tarea de llevar a Aldous Snow (Russell Brand), uno de sus más grandes ídolos musicales, a un concierto en el Greek Theater de Los Ángeles, show que no solo él propuso en un comienzo sino que también tiene el potencial de salvar la compañía de un declive económico y de relanzar la carrera de la estrella. Conforme se desarrolla la trama, se despliega una serie de actuaciones de genuina profundidad derivadas del sufrimiento y recubiertas de frivolidad, lo que se traduce en una hilarante comedia corporal, orgánica, es decir, cambiante; recordatorio de que toda buena parodia brinda al espectador el poder de burlarse de la desgracia de sujetos iguales a él. Cabe decir que uno llega a esa sensación conforme el protagonista se adentra cada vez más en su viaje, de estructura no solo conocida sino mil veces repetida.

Sin embargo, dicha estructura —heredada de los mitos y más conocida como el “método”—, si bien es muchas veces rechazada por los aspirantes a realizadores audiovisuales movidos por el ego y el pensamiento errado de que la creatividad se da en un contexto sin restricciones (al menos así se percibe en Lima), no solo funciona, sino que nos ha revelado desde siempre y mediante la ficción nuestro carácter de humanos, de sujetos tanto benevolentes como violentos, tanto creadores como autodestructivos (y aquí quizás aparece, nuevamente, el sello de aprobación de Freud). Cómo no seguir usando dicha estructura, la cual, bien aplicada —y es aquí donde entra la creatividad, en un contexto de reglas preestablecidas, en el “cómo” y no en el “qué”, como erróneamente se piensa. Así, la creatividad sería la capacidad de crear un mundo nuevo con una esencia compartida con otros mundos ya existentes— nos revela problemas del día a día, como el descubrimiento de que un ídolo puede ser muchas veces solo una persona cuya soledad se ha vuelto la única realidad y por ende opta por el exceso para zafarse de ese contexto o que lo más horrible de la condición de un fanático es ser no solo una oveja sino un idiota que sigue a otro idiota. En resumen, un humano que sigue a otro humano.

Llegado a este punto, el “método”, como buen hijo del mito, no solo revela problemas sino también soluciones. Sin embargo, para esto se les invita a ustedes, potenciales espectadores pero siempre humanos, a disfrutar de Get Him to the Greek.