Comerciantes, capitalismo y racionalidad, por Raúl Bravo Sender

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El último Domingo 23, la periodista Claudia Cisneros publicó un artículo titulado: “Bomberos, capitalismo y cojudez”, en la plataforma digital del Diario “La República”. ¿Qué quería decir la autora con el título? Ello no bastaba. Tenía que introducirme necesariamente en su lectura. Vayamos al punto. La idea central de Cisneros es que estamos colonizados por una suerte de ideología –moral o religión- egoísta llamada capitalismo, y que el bombero personifica “los valores de cooperación, entrega desinteresada” (sic), siendo la antítesis del capitalismo salvaje. Aclaremos las ideas que –seguramente por la vehemencia con que las defiende-, Cisneros confunde olímpicamente.

No sé si para opinar sobre moral y capitalismo al menos haya consultado –obligatoriamente- a Max Weber. En “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, el sociólogo alemán nos ofrece una interpretación sobre cómo el capitalismo moderno se formó a partir de la ética del protestantismo europeo propio de la reforma. En la atmósfera religiosa los creyentes estaban preocupados por el más allá, y el juicio final juzgaría sus conductas terrenales para determinar si gozarían o no de la gracia divina. El trabajo honrado y honesto, renunciando al mundano derroche de lo acumulado, ayudó a mitigar esa preocupación. Fue así como se edificó una ética profesional que es la base del moderno capitalismo.

Propiamente no se acumulaba dinero como una medida de éxito, sino que era el resultado de renunciar al irresponsable despilfarro de placeres y excentricidades que gobernaba a quienes no tenían la gracia divina. La idea protestante de que somos un instrumento de Dios gobernaba el accionar de los comerciantes, quienes no veían otra forma de ser útiles a tales propósitos que sirviendo a los demás en los intercambios. Cada quien se asumía como un engranaje de esa enorme maquinaria llamada mercado. Así, el protestantismo fue distanciando a los urbanos capitalistas del feudal mundo campesino y católico. Entonces, el espíritu capitalista nada tiene que ver con ese egoísmo mezquino que denuncia Cisneros.

Y esos capitalistas –que rechazaban los cargos públicos, llevando una vida asceta- preferían hacer su fortuna en el mercado, al margen de los lobbies y de los empresarios cortesanos que amasaban sus fortunas gracias a los favores de monarcas absolutistas –y mercantilistas-. Ahora bien, Weber también reconoce que el capitalismo ya existía desde antes de la reforma protestante, bajo otras formas. Fue en la Italia Renacentista –región en la que el feudalismo autárquico no prendió- donde resurgió el espíritu emprendedor de los mercaderes, quienes al margen de los nacionalismos, tejieron una red de intercambios comerciales y unos códigos de conducta que posteriormente dieron lugar al moderno capitalismo.

Hoy en día la racionalidad del capitalismo se basa en el individualismo, la propiedad privada, los justos intercambios y, el imperio de la ley. No tiene un propósito. Sólo es una estructura en la cual todos nos servimos de todo el mundo, siguiendo cada quien sus propios fines ¿egoístas? Eso es la cooperación, que resulta de ofertar y demandar productos y servicios, siendo el dinero, el medio que espontáneamente ha surgido para medir el valor de las transacciones. Desafortunadamente los bomberos están desvalorizados, porque el servicio que prestan es considerado un bien público. Hay que sustraerlos del solidario voluntariado e insertarlos en el competitivo mercado, como cualquier profesión bien pagada.

Me parece lo más lógico, como afirma Cisneros, que “A la mayoría de gente le importa nada los bomberos, excepto cuando van a salvar su casa” (sic). Bueno, también lo es que solamente nos importa un abogado cuando nuestra situación jurídica se ha complicado. Somos los individuos quienes le asignamos valores a las cosas (productos y servicios), que constituyen los medios para la satisfacción de nuestras necesidades. Y no veo otra estructura que haya alcanzado tal grado de racionalidad en darle a cada quien su lugar en el mercado, que la división del trabajo. Hay que darles su merecido sitio a los bomberos, y ello implicar insertarlos en el capitalismo.

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