¿Cómo nos consolaron los filósofos sobre el temor a la muerte?, por Ana Valeria Herrera

"La filosofía tiene mucho que enseñarnos para sobrellevar este miedo sin necesidad de una creencia en la vida después de la muerte".

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El conteo de decesos por el coronavirus mantiene a la muerte en nuestra mente en todo momento. ¿Me tocará a mí? ¿A mi esposo? ¿A mi madre? Este es un choque en nuestra vida diaria, ya que vivimos en una cultura en la que la muerte es un tabú. Sin embargo, como dijo el filósofo británico Bertrand Russell, ignorar la muerte y evitar pensar en ella puede ser contraproducente: una vez que la experimentemos de cerca, nos afectará más gravemente que si hubiéramos meditado al respecto.

La filosofía tiene mucho que enseñarnos para sobrellevar este miedo sin necesidad de una creencia en la vida después de la muerte—creencia que manifiesta el de deseo de inmortalidad. Según Sócrates, la práctica correcta de la filosofía es el estudio de cómo morir y estar muerto, y según Cicero, filosofar es aprender a morir: para entender el sentido de nuestra vida, debemos entender el sentido (o la falta de sentido) de la muerte.

“TEMO LO QUE VENDRÁ DESPUÉS”

Según Sócrates, no se le debe temer a la muerte por dos razones: o bien es como dormir sin soñar o bien es un portal a otra vida donde podremos reencontrarnos con gente que estimábamos en el pasado. Sin embargo, quienes creen en la vida después de la muerte, en su mayoría, se encuentran igual de afligidos que quienes no lo creen una vez que están a punto de morir o cuando algún ser querido muere. Frederic W. H. Myers una vez le preguntó a un hombre lo que pensaba que habría de sucederle cuando muriera. El hombre intentó no responderle, pero después de que Myers lo presionó, le respondió: “Supongo que alcanzaré la gloria eterna, ¡pero me gustaría que no hablara usted de cosas tan desagradables!”. Nuestras creencias inconscientes son mucho más difíciles de cambiar, se requieren constante práctica y reflexión.

Por otro lado, Epicúreo, un materialista—alguien que considera que todo lo que somos es nuestro cuerpo—consideraba que no debemos temerle a la muerte porque nunca la experimentaremos: la muerte es el cese de sensaciones, la falta de existencia. Lo que te mata sí se sentirá mal, pero eso no es la muerte. “Cuando existo, la muerte no. Cuando ella existe, yo no. ¿Por qué temerle?”, dijo Epicúreo.

“ME PERDERÉ DE EXPERIENCIAS”

El filósofo Lucrecio aportó a la discusión con el argumento de la simetría. La mayoría de personas quisiera morir más tarde, pero a nadie le parece malo no haber nacido antes del tiempo en el que nacieron. Entonces, si temo perderme unos diez años más de vida, también debería de preocuparme no haber nacido diez años antes. Como no es así, este es un miedo irracional. El filósofo británico Thomas Nagel tuvo un argumento similar: muchos temen a la muerte porque no quieren perderse de experiencias que podrían vivir en ese tiempo futuro. Pero antes de que naciéramos, ya pasaban muchos eventos geniales. Sin embargo, no sentimos pérdida por no haber visto a los Beatles en vivo. ¿Por qué hacerlo con lo que viene después de la muerte?

Además, ¿no nos perdemos de experiencias en nuestro día a día? Según el filósofo alemán Ludwig Wittgenstein, la vida eterna la tienen quienes viven en el presente porque pasamos tanto tiempo pensando en nuestro futuro (raíz de la ansiedad) o en nuestros traumas del pasado (raíz del remordimiento o nostalgia), que lo difícil es vivir en el presente.

“TEMO PERDER A QUIENES AMO”

También le tememos a la muerte del prójimo. La enseñanza central de Siddartha Gautama, más conocido como el Buda, es que sufrimos porque nos apegamos a algo (o alguien) impermanente: sufriremos cuando los perdamos, pero también cuando los tengamos, ya que siempre estaremos con miedo y ansiedad de perderlos. La filosofía budista, por lo tanto, enseña la necesidad de un amor sin dependencia, y a reconocer que estaremos bien si el otro se va. Nos enseña a amar sin necesitar.

Por otro lado, el filósofo chino Zhuangzi sostiene que la muerte es parte del ciclo de la vida y nos recuerda que no sufrimos por otras partes de este. Por ejemplo, no lloramos cuando nuestros hijos pasan de la adolescencia a la adultez; al contrario, celebramos sus cumpleaños, graduaciones, etc. Él dice que hay que celebrar la muerte como celebramos la despedida de un familiar cuando se va de viaje. Para él, la muerte solo es la transformación de materia de un estado a otro: de estar vivos a ser comida de gusanos o buitres. No hay por qué sufrir por eso. Cuenta la leyenda que, después de que la esposa de Zhuangzi murió, su amigo lo encontró cantando en la ducha. Le preguntó por qué cantaba, a lo que respondió: “¿Por qué no debería cantar? Ella vivió, ella murió, ella se ha vuelto algo más. Uno no debe llorar, sino celebrar los cambios.”

“¿QUÉ CONTROLO Y QUÉ NO?”

Los estoicos fueron filósofos que vivieron en la época del helenismo. Los tres principales fueron Epicteto, Séneca, y el emperador romano Marco Aurelio. La principal tarea de un estoico es identificar y separar aquello que puede controlar con sus acciones de lo que no. Como la muerte es un evento inevitable, la debemos aceptar. Esta filosofía es muy similar al budismo en este sentido. Existe un proverbio budista que dice: “En verano hace calor y en invierno, frío”. Debemos aceptar ciertas cosas que están fuera de nuestro control. Como dice el actual Dalai Lama respecto a los problemas: si existe una solución, ¿por qué preocuparse? y si no existe una solución, ¿por qué preocuparse?

Entonces, puedo pensar que, como me voy a morir (evento fuera de mi control), puedo mejorar mi vida al punto de que mis acciones me den una mejor calidad de vida e incluso puedo así alargar mi vida: comiendo saludable y tratando con amabilidad a la gente a mi alrededor (acciones dentro de mi control). Sin embargo, muchos piensan del modo contrario: “como me voy a morir de todas formas, fumaré, comeré comida chatarra y tomaré en exceso. ¡Igual me moriré!”

Otra práctica que nos recomienda Marco Aurelio—quien perdió a ocho de sus trece hijos y cuya esposa murió joven—es recordarnos que podríamos morir hoy y por eso debemos realizar actos virtuosos ahora en vez de aplazarlos. Séneca nos recomienda decirnos en las noches: “es probable que mañana no despiertes”, para así apreciar más a nuestros seres queridos o eventos que, de otro modo, daríamos por sentado.

La impermanencia, que tanto nos enseñan los budistas y estoicos, no nos enseña que nada importa, sino que nuestras acciones en el presente importan. Importa ser buena persona ahora y cuidarnos a nosotros y los demás. Recordemos lo que decía Wittgenstein: se nos dificulta vivir en el presente, pero no hay mejor manera de aprovechar nuestro tiempo que actuando en el presente. Similarmente, Séneca nos recuerda que no hay que amargarnos de que la vida es corta, sino aprovecharla. Algunos persiguen dinero con tanto ímpetu que no tienen tiempo para otras cosas; otros desperdician su tiempo libre con actividades banales como la bebida y el sexo. Si muy tarde nos damos cuenta de que malgastamos nuestro tiempo, en nuestro lecho de muerte, esto será insoportable.

Finalmente, Bertrand Russell nos recuerda que, en momentos de desgracia, podemos afrontar la situación intentando evitarla o recibiéndola con entereza. Pero tarde o temprano, tendremos que llevar a cabo la segunda, sino seríamos esclavos del miedo. El tratamiento para las fobias, por ejemplo, consiste en contemplar el objeto terrorífico y cambiar nuestro dialogo interno sobre este. La muerte es parte de la naturaleza y tiene una condición neutral, nosotros le otorgamos una connotación positiva o negativa. Podemos ver a la muerte como el motor para vivir o como una manera de dejarles espacio a las nuevas generaciones. Esta es otra enseñanza de los estoicos: siempre filosofemos y aprendamos de las crisis. Cada situación “negativa” puede tener algo positivo en ella si logramos que nos enseñe algo. De esto hablaba Friedrich Nietzsche con el “amor fati”, el amor al destino: que cada momento sea aceptado y bienvenido, no evitado, ya que se puede aprender de todo lo que nos sucede. Entonces, que nuestra cuenta regresiva nos impulse a disfrutar del presente con quienes amamos y a aportar algo de valor, aunque sea a nuestro círculo cercano. Considero que, en la presente crisis, hay mucho que aportar a nuestra comunidad, incluso desde el confinamiento. Aprovechemos nuestro tiempo.

 

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