Como si valiesen la pena

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Dicen que el proyecto de Unión Civil corrompe la institución del matrimonio. Dicen, desde la corte de máximas autoridades morales y éticas del país, que los homosexuales adoptan dicha sexualidad para llamar la atención. Dicen, desde la ingente legión de conservadores del medio evo, que para permitir la unión entre homosexuales deberíamos también permitir la unión entre hermanos y familiares. Dicen que la palabra “maricón” no es ofensiva pues es una simple traducción del inglés a nuestro idioma (en pleno Siglo XXI, vale añadir), aunque es contradictorio puesto que en el lenguaje original si es una forma despectiva de referir la orientación sexual, y otros dicen que sí, que no, que la constitución y cómo se interpreta.

Dicen que las encuestas prueban que el Perú ha dicho no a la Unión Civil, porque, por lo visto, el pueblo peruano nunca ha cometido errores en cuanto a sus decisiones populares. Dicen que Beto Ortiz estuvo trolleando a los congresistas durante el dictamen, y que habría que cerrarle la cuenta de Twitter porque sus palabras ofenden a las pobres víctimas.

Dicen que la Unión Civil representa un escupitajo a las Sagradas Escrituras, pues es un saldo negativo social en lo que la Biblia refiere que un país laico no se puede permitir. Dicen que a los homosexuales no se les discrimina, porque la justicia refiere “tratar con igualdad a los iguales”, y pues bueno, ellos no son iguales. Y dicen que la homosexualidad, tan presente en nuestra realidad peruana como en la mundial, es un fenómeno y no es natural.

Lo que no parece importar es que el Perú tiene uno de los porcentajes más bajos de matrimonios, con un 2.8 de cada 1000 personas. Lo que no parece importar es que, si los homosexuales “escogen” su sexualidad, ¿cómo es que los heterosexuales no lo hacen? Lo que no parece importar es que, en la odiosa práctica de que lo que no es mío no es correcto, el capítulo histórico del mes pasado parece calcado de uno no muy lejano: la esclavitud de la raza negra. Lo que no parece importar es que pierde el Perú diciendo que no, en pleno Siglo XXI, a un derecho fundamental para una minoría en nuestra sociedad. Y, por supuesto, no parece importar que una prueba básica de que la homosexualidad es natural en cierto porcentaje de cualquier comunidad, es que desde tiempos Greco-Romanos ha existido y que si fuese un fenómeno, dos milenios después no seguiría ocurriendo. Lo que no parece importar es que la homosexualidad, duela a quien le duela, o guste a quien le guste, es una realidad social peruana. Y lo que no importa para nada, al parecer, es que si se le prohibiera el matrimonio a cualquier otra minoría de nuestro país, sería un escándalo del tamaño de los vladivideos. Es más, para serles sinceros, pedirían cabezas de los congresistas que se negaran. Así de triste.

(*): Disculpe, lector, he abusado de su paciencia, y lo admiro por haber llegado hasta aquí. En mi descuido habitual, he tardado demasiado en darme cuenta de mi craso error. Perdón por haber tratado los argumentos en contra de la Unión Civil como si valiesen la pena.