Con autoridad para hablar

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Para hablar de vida hay que ser capaz de darla. Soy una mujer que se atreve a afirmar que es casi imposible que un hombre conozca lo que es sentir cómo es la vida antes del parto, ese es un privilegio de la mujer que lleva dentro un milagro, lo digo porque lo sentí, porque aún puedo cerrar los ojos y, en esa oscuridad, revivir la más dulce sensación, ese anhelo. La maravilla que te vuelve dócil es la ilusión de sentirte mamá, de imaginar miles de veces los ojos de tu bebé, su sonrisa, su tibia voz, pensar en su sexo, su nombre, conversarle de madrugada, soñarlo hasta despierta y empezarlo a amar sin siquiera haberlo tenido en tus brazos. Es por eso que la palabra aborto me aterra y sé de muchísimas mujeres que pasaron por la misma pérdida y que saben con exactitud de lo que estoy hablando. Porque esa pérdida te deja un vacío, es un vacío perpetuo que vive contigo. Me pongo a pensar, a la vez, en las mujeres que abortan un hijo por decisión propia, por miedo o por motivos estúpidos, y sé también que la culpa las acompaña, como nuestro vacío, de por vida.

En ambos casos, las mujeres que perdemos un hijo tendemos con frecuencia a imaginar los posibles panoramas que se hubieran presentado en caso nuestro hijo estuviera vivo. Podría haber sido un gran científico, un futbolista apuesto, una artista mundialmente reconocida, un niño enfermo de gravedad o una persona infeliz, eso es algo que jamás sabremos. Pero, sin duda, esas ideas vagarán por nuestra mente haciendo una coreografía sin fin.

Hace unos días leí sobre una campaña llamada “Déjala decidir”, que muestra datos como que el Perú es el país con más violaciones sexuales de Sudamérica, el 78 % son menores de edad, el 90 % incestos, el 34 % quedan embarazadas, 35 000 mujeres anualmente son obligadas a tener al bebé y, de no hacerlo, se arriesgan a una pena de tres meses a dos años de prisión. #Déjaladecidir es una campaña que promueve el aborto en estos casos.

Me costó mucho escribir esto porque hablar de vida es, sin duda, uno de los temas más delicados, hablar del derecho a la vida o de decidir sobre una vida ajena genera opiniones encontradas.

No pudo evitar sentirme impotente e indignada por aquellas mujeres y adolescentes que son abusadas a diario en nuestro país y en el mundo, que pasan por un capítulo que arranca de ellas la ilusión que describo líneas arriba, para provocarles resentimiento y pánico de parir a un ser que fue fruto del momento más espeluznante de sus vidas. Pero, ¿es verdad que el dolor se combate con muerte? ¿Estamos realmente haciendo hincapié en el tema correcto? El perder al bebé que esperan no va a devolverles la vida que tenían antes, no va a borrar de sus mentes el horroroso momento que pasaron, pero quizás aleguen que es más llevadero el proceso de superación y solo en estos casos la ley pueda contemplar la decisión de la mujer de ser madre o no, porque no se le puede pedir a todas las mujeres que tengan despierto el instinto maternal. Incluso sin haber sido violadas algunas simplemente no lo poseen.

Hoy quiero pensar, más bien, que deberíamos orientar la campaña a prevenir estos casos, no permitir estas violaciones, hacer frente a este imperdonable maltrato a la mujer para  evitar estas situaciones. El violador debería tener castigos ejemplares y, que me perdone mi religión, pero, a mi parecer, alguien que viola a un niño y, peor aún, si este es su propio hijo, no merece la vida que tiene, y ni la misericordia infinita de Dios.

Nadie es dueño de la verdad y, probablemente me equivoque, yo solo creo que la vida que debería interrumpirse no es la de una criatura inocente que aún no ha tenido oportunidad de vivir, sino la del violador que, con premeditación y perversamente, desgracia una vida y puede seguir dañando y matando en vida a muchos más.