Conflictividad social: Cuidado con la olla a presión

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Basta con prender la TV para descubrir que el Perú está haciendo humo. Con apenas cinco minutos de “zappeo” uno se encuentra con protestas en Chiclayo contra la empresa agroindustrial Tumán, la continuidad del ya infame conflicto socioambiental en Islay, mineros en huelga contra la minera Shougang en Marcona, Ica, las recientes manifestaciones capitalinas contra la administración de Luis Castañeda o incluso los ya innumerables atracos para los que la gente pareciera encontrar como única alternativa tomar justicia por sus propias manos.

La insatisfacción de una sociedad civil que percibe una deficiente o inexistente representación política y social —que se hizo evidente desde el retorno de la democracia en el 2001 y que tuvo como primer hito el Arequipazo— se ha recrudecido ante la ausencia de operadores políticos capaces de gestionar a través del tiempo las demandas de la población.

En un contexto de moderación en el crecimiento económico peruano que, a los ojos del Ejecutivo, no soportaría un segundo Conga, han agudizado las diferencias entre los distintos grupos de interés involucrados. Ello, sumado a la micro-gestión política distrital en el país –como bien comentó esta semana Gonzalo Zegarra en Semana Económica— no viabiliza los canales de gestión que, en otro escenario, mitigarían cualquier desenlace adverso que condujera a una situación de conflicto.

Desafortunadamente, estamos llegando al conocido por los gringos como lame duck period o “periodo del pato rengo”, en el que la administración en ejercicio, contando ya el tiempo de descuento, carecerá de incentivos para emprender decisión alguna que involucre un mínimo de roce con actor alguno. Por lo mismo, esperará a que la siguiente administración tome la papa caliente –en un escenario en el que definitivamente habrá que acostumbrarse a crecer a tasas cada vez más sudamericanas y menos chinas— y que bien podría servir de toque final para que la olla a presión en la que podría convertirse el Perú a puertas de su bicentenario.

El que pretenda ser presidente el 2016 deberá tener, como requisito mínimo e indispensable, la capacidad de brindar instrumentos políticos a las instituciones del Estado para, finalmente, engrasar los niveles de representación con mayor eficiencia. De lo contrario, quien pretenda recibir el bicentenario con ínfulas de grandeza, podría terminar reventando cohetes en Palacio mientras que el resto de Roma-Perú arde en llamas. Para ese entonces, hasta el más fiero radical de hoy será visto con buenos ojos con el paso de los años. La advertencia está sobre la mesa.