¿Congreso=corrupción?, por Eduardo Herrera

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Las tristes noticias acerca del Congreso, cotidianas además, minan cualquier intento de tener un sistema democrático, medianamente decente. Por eso es que el clamor popular -a veces no racional- jala más la pita para su disolución. En este caso el panorama podría ser más aterrador.

Lo que sucede en el Congreso representa un cúmulo de corruptelas de distinto tipo y magnitud.

Todo empieza con una inadecuada, por decir lo menos, selección de los candidatos y este es un hecho ya súper conocido. Entonces vamos al sistema de partidos. Levantar la alfombra puede generarnos terror. No obstante, para intentar solucionar el problema en su integridad hay que tomar ese toro por las astas.

Lo de los gastos de representación, de otro lado, es la muestra de la informalidad imperante. Un monto escondido que, en realidad, debería ser parte del sueldo. Pero si lo “caleta” no puede evidenciarse, tarde o temprano pasar la factura por las liquidaciones bambas se convierte en la práctica común. Entonces hasta los no -habituales- pecadores caen.

No hablo en detalle de las conductas éticas y delictivas de algunos personajes que son ahora Congresistas y por lo tanto intocables. Viene aquí la necesidad de re-pensar, re-fundar, la tristemente célebre Comisión de Ética, que es un grupo de conveniencias alejado de cualquier precepto de buenas prácticas. La inmunidad convertida en impunidad también se trastoca, ensuciando el concepto. Eliminemos la inmunidad dicen lo más radicales y, no, no se trata de eso.

En fin, la narración se torna lamentable conforme avanza y siempre existirá el consuelo de que, en líneas generales, no es la única entidad del Estado que está así. Hay peores: Defensa Civil, Municipios, Policía, Sistema de Justicia, imagínense si sigo. El gran problema en común, pese a que ya todos conocemos como funcionan las cosas, nadie sabe el origen de los sucesivos problemas de corrupción estatales y la “auto” reforma es prácticamente imposible.

Lo que se necesita, insisto a riesgo de lindar con la terquedad, es una propuesta holística, integral que abrace todo el problema y se decida a acabar con la corrupción que ataca de manera transversal. Esto pasa primero por priorizar los distintos nudos de la entidad como los que, verbigracia, hemos visto en el Congreso. Lo segundo, sugiero, es llegar al fondo del asunto, del problema. Qué está detrás toda la corrupción: una norma absurda, falta de control, problema de personas, etcétera; generalmente es una sumatoria de todos. Lo tercero diseñar la estrategia que, contrario sensu, pasa por eliminar una norma o crear una conveniente, transparentar, poner filtros, candados o lo que fuese. Todo esto bajo un conveniente paraguas de neutralidad; si la entidad no quiere reformarse entonces hay que ayudarla, siempre con espíritu propósito y sin ánimo de juzgamiento per se (eso no significa impunidad necesariamente).

He escogido el caso del Congreso no solo porque esté de moda o porque sea lo más fácil (pegarle al muerto), sino porque el Congreso, este en particular -y sospecho que los siguientes serán cada vez más aterradores- se asemeja a lo que es el Perú, a lo que somos todos.

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