Coronavirus: Pocas pruebas y menos claridad, por Gonzalo Ramírez de la Torre

"El ministro de Salud ha hablado de hacer cuarentenas focalizadas ¿pero cómo se va a decidir quiénes serán aislados si solo tenemos una idea difusa de quienes están contagiados?".

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El Gobierno hizo lo correcto al declarar el estado de emergencia hace tres semanas. Si algo dejaban claro las noticias que venían del extranjero, particularmente desde China, Italia y España, era que el aislamiento social obligatorio era fundamental para obstaculizar la expansión del coronavirus, un agente patógeno que ha demostrado poder trasladarse de humano a humano con fatal agilidad.

Pero con 21 días de encierro a cuestas y sendos reportes epidemiológicos dados a conocer por las autoridades, el panorama es todo menos prometedor (hay 2.281 casos confirmados y 83 muertos) y si al comienzo de esta crisis había que felicitar la asertividad del Poder Ejecutivo, hoy toca reconocer que hemos empezado a quedarnos atrás.

Los expertos coinciden en que el número de pruebas de diagnóstico llevadas a cabo en el Perú se ha mantenido muy bajo desde que el virus llegó a nuestro territorio. Mientras países como Chile realizan un promedio de 3.000 pruebas al día (ni hablemos de Corea del Sur, que bordea las 7.000), nosotros apenas alcanzamos las 600, y la circunstancia de que del sábado al domingo, con más de 1.500 pruebas realizadas de un día para otro, los casos confirmados hayan crecido tanto (+525), delata que existe un subregistro supino que está haciendo al enemigo viral aún más invisible.

El presidente anunció una compra importante de kits de pruebas hace unas semanas, pero la combinación de nuestra torpeza burocrática con la demanda mundial por estos exámenes ha hecho que aún no pueda aumentar significativamente el número de evaluaciones que realizamos, o por lo menos lo suficiente para rastrear de manera nítida la magnitud de la epidemia. Lo que se esperaba era que durante la cuarentena se iniciase una ambiciosa campaña de diagnósticos, que involucrase incluso a las personas que no tienen síntomas pero que han estado en contacto directo con personas contagiadas. Pero el tiempo está próximo a terminarse y ello no ha ocurrido y la cifra oficial de infectados obvia a miles de ciudadanos que, extinto el aislamiento obligatorio, podrían salir de sus casas a propagar el virus.

El ministro de Salud ha hablado de hacer cuarentenas focalizadas acabado el estado de emergencia nacional ¿pero cómo se va a decidir quiénes serán aislados si solo tenemos una idea difusa de quienes están contagiados? ¿Cómo se va a restaurar la normalidad de manera paulatina después del 13 de abril si estamos tan lejos de conocer la verdadera escala del problema? La batalla contra el coronavirus está seriamente debilitada si no podemos saber cuán precisos son nuestros golpes.

Además, todo esto se agrava con el hermetismo del Gobierno. Las mentadas apariciones televisivas del jefe del Estado (casi diarias) se han convertido en un monólogo. Sí, la prensa tiene la posibilidad de enviar preguntas, pero en el transcurso de la alocución presidencial muchas de estas pierden vigencia y la imposibilidad de hacer repreguntas permite que algunos de los expositores respondan a las interrogantes tangencialmente. Ello ha permitido, por ejemplo, que la opacidad reine cuando se trata del tema de las pruebas de diagnóstico.

El Gobierno, como es evidente, quiere que la ciudadanía permanezca tranquila, pero pretende lograrlo convirtiendo la narrativa oficial en un acorazado opaco y difícil de penetrar.

Necesitamos aumentar de manera dramática la cantidad de pruebas que realizamos y necesitamos que el Ejecutivo recupere el vigor que mostró al principio. Acelerar el paso y ser más agresivos nunca fue tan vital.