Corrupción en épocas tormentosas, por Eduardo Herrera

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Si ya es criticable cometer corrupción en circunstancias regulares, en épocas tormentosas como esta merece un doble reproche reforzado: el legal y el ético.

La oscuridad es un insumo clave en todo acto de corrupción y si a ello le agregamos la necesidad de una velocidad inusual (rapidez) que facilita “saltarse” trámites, tenemos el coctel perfecto para conductas desviadas de este calibre. En el caso concreto de las municipalidades distritales, la coyuntura se hace más compleja porque tenemos 1655 en todo el país, sin contar centros poblados. La dispersión dificulta el control.

Lo de la rapidez no se puede eliminar por la coyuntura y, por el contrario, deberíamos dirigirnos a tener trámites más rápidos (y menos trámites) en la contratación pública. La dispersión tampoco es manejable, aunque pienso que -como opción futura- deberíamos caminar a la eliminación de los municipios distritales dado que lo que hemos venido observando son “liderazgos” exóticos y egocéntricos que no colaboran en nada con el sentido de unidad; luego, si lo que se quiere es mejorar la representación (y hacerla más plural) tendríamos que “echar mano” de la representación congresal (por distritos). De lo antes expuesto, tenemos que la única opción que podemos mejorar es la transparencia para disminuir esa oscuridad propicia.

La transparencia es un acto unilateral, es decir depende de la misma autoridad municipal en este caso. Nadie es transparente por la acción de otro, aunque incluso el sometimiento al control de un tercero depende de la conducta propia de “abrir todas las puertas” a la fiscalización; ya se han visto casos de obstaculización directa o asolapada de autoridades que en apariencia se someten y luego bloquean.

Sobre transparencia he visto varios avisos de distintas municipales en cuanto al reparto de las conocidas canastas de víveres para familias (por supuesto con el consabido y criticable “cherry” a favor del Alcalde). La mayoría expresa el costo de la canasta y sobre que está compuesta. No he visto aún un estándar mayor de transparencia, por ejemplo: cuál ha sido el criterio para repartir, a qué familias se ha comprendido, qué mecanismos de control se han establecido para el reparto, cómo se ha comprado y a quienes se han comprado los víveres, etcétera.

Una segunda muestra de transparencia es, como dije, someterse voluntariamente al control, emulando la historia de Odiseo quien, a mi juicio, es el prototipo de lo que debe significar la perfecta rendición de cuentas (o accountability). Odiseo, sabiendo que podía caer en la tentación del canto de las sirenas, pidió que lo amarren al mástil y que, incluso contradiciendo su propio mandato, no lo desataran. Pregunto ¿alguna autoridad municipal tendrá la capacidad de actuar de esa manera?

Lo ideal, la mejor publicidad para un Alcalde, sería que él o ella se someta a un control rígido. Como sabemos que eso es -tristemente- casi utópico, lo que resta es confiar en una correcta fiscalización “forzosa” y para ello la independencia es capital. La independencia supone libertad, autonomía y autoridad para actuar. Sobre este tema es menester hablar de las ya conocidas Oficinas de Control Institucional (OCI).

Las OCI desde hace mucho tiempo han estado sometidas al fuero municipal por lo que su independencia era, por decirlo elegantemente, casi nula (si fiscalizabas mucho, te botaban). Ahora se está buscando que estos órganos pasen a control presupuestal y directamente funcional de la Contraloría General de la República. Es sin duda un paso importante, aunque yo siga teniendo objeciones. La Contraloría tiene, sin duda, muy buenos auditores, pero el problema va mucho más allá de eso, porque se precisa de un conocimiento legal que sume y de estrategia en ese sentido ya que la idea bajo la cual se producen informes de hallazgos de corrupción es que terminen en el sistema de Justicia. Sobre esto, según mi experiencia, a la Contraloría le ha faltado -históricamente- técnicas de investigación (que no es lo mismo que una auditoría operativa), eso supone, por ejemplo, concentrarse en ciertas falencias encontradas y no perder el tiempo en otras sin relevancia, ver si los hallazgos calzan perfecta o cercanamente con un delito, entre otras acciones. Para lo antes referido es importante entender el fenómeno en macro porque requiere no solo de una persona o un saber, sino de una mixtura y equilibrio que lleven a una disuasión correcta. Si tenemos buenos informes, buenos hallazgos, tendremos mejores procesos y más posibilidades de sanción. 

Sin duda alguna, podemos plagar de normas y más normas al control y a la transparencia, pero como vemos al final todo depende de la voluntad de las personas comprometidas, tanto en la labor de control como en la propia función de autoridad y para ello se precisará de la sujeción a la ética del deber y una constante de “temor” en la función pública; temor saludable que llevará constantemente a cuidar el presupuesto como si fuese propio, a buscar minimizar el error en la vigilancia y supervisión constante (incluso de uno mismo) y a hacer un trabajo de fiscalización confiable y potente. Como le decía el esclavo romano a su emperador “memento mori” (recuerda que eres mortal).

 

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