Crimen y castigo

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Siempre me ha sorprendido lo eficaces que son las multas. Es quizás el mecanismo más efectivo que se ha implementado para convencer a los conductores de que el cinturón de seguridad realmente salvará sus vidas (las evidencias del día a día aparentemente no eran suficientes), o para persuadir a los muy insistentes peatones de que las líneas peatonales están en las esquinas por su propio bien. Si no aprendimos por las buenas, lo hicimos por las malas, y funcionó.

La idea de implementar una multa se basa precisamente en eso, esto es, en el convencimiento de que un castigo reducirá el comportamiento negativo. Además, se tiene por concepto que su efectividad está altamente relacionada con la magnitud de la pena que se imponga, sea monetaria, penal, etc. En otras palabras, mientras más se le deba pagar al policía, menos ganas se tendrá de cometer una infracción. No obstante, hace poco tuve la suerte de encontrarme con un estudio realizado por Gneezy y Rustichini, autores que dentro de un compendio de estudios legales de la Universidad de Chicago, encuentran un caso en el que una multa no tuvo el resultado esperado, sino todo lo contrario.

Realizaron un estudio en un conjunto de guarderías para niños entre 1 y 4 años en Israel en las cuales se tenía un número recurrente de llamémosles “despistados” padres que llegaban tarde a recoger a sus hijos, a los cuales se observó durante 4 semanas. De este grupo de guarderías se seleccionó aleatoriamente un subgrupo en las cuales se anunció que, a partir de una semana en particular (la quinta del estudio), se empezaría a cobrar una multa si es que los padres se demoraban 10 minutos o más en recoger a sus hijos, monto que se cobraría en el usual pago de fin de mes.

Contrario a lo que se preveía, el número de padres que llegaba tarde dentro de este subgrupo de guarderías se incrementó considerablemente y además de manera progresiva a lo largo de las semanas en las que la multa se encontraba vigente. En cambio, en aquellas guarderías en las que se mantuvo la situación normal y no se habló de implementar ninguna multa, el número de padres que llegaba tarde se mantuvo estable y similar a las primeras semanas. Quizás lo más curioso del caso sea que en la semana 12 se anunció que la multa sería retirada, ya no se cobraría un adicional a los poco responsables padres. No obstante la cantidad de tardanzas no se redujo hasta los niveles iniciales sino que se mantuvo constante.

Para explicar tan curioso efecto, los autores hacen un análisis que se enmarca dentro del mundo de la teoría de juegos (sí, teoría de juegos es una rama de la economía, somos muy divertidos) y concluyen que se trata de un contrato con asimetría de información. ¡Es más sencillo de lo que parece! Previo a la implementación de la multa, un padre que llegara tarde se enfrentaba a un mundo de posibilidades infinitas, no tenía cómo anticipar cuál sería el peor castigo: podrían incluso botar a su hijo de la guardería y eso le acarrearía un problema importante (tiempo invertido en buscar una nueva guardería, probabilidad de mayores distancias entre esta y su trabajo, etc). No obstante, el hecho de que el castigo estuviera claramente definido lo dotaba de mucha más información y acotaba todas estas posibilidades, no eran tan terribles como se las había imaginado. Además, la multa adoptaba un nuevo carisma: se convertía en un precio. La multa era ahora el precio que costaba dejar a su hijo una hora más al cuidado de otra persona, el cual de acuerdo a los datos encontrados, estaban dispuestos a pagar.