Crónicas de Sangre y también de otras mentiras, por Diego Reinoso

Pese al caos, ante la claridad de los hechos que suceden en el país, proliferan las mentiras y promueven discursos convenientes para sus fines lumpenescos, exacerbando la desconfianza en el orden constitucional o discutiendo la legitimidad del sistema democrático, disponiendo un caldo de cultivo para la sedición.

865

 El país se desangra, el número de muertos aumenta con el paso de los días y la violencia de las protestas no parece menguar, esa es una verdad que no puede ser ajena a ningún peruano que se jacte de informado y lucido, sin embargo, la progresía hipócrita celebra holocaustos en favor de las víctimas, repitiendo como mantras panegíricos que la única salida es el dialogo y el consenso en un país donde la conciencia social, por no llamarla de clase, se ha desarraigado de los sectores productivos.

Estamos ante la primera de las más grandes mentiras y falacias pronunciadas por los pontífices del sentido social y “justicieros de los indefensos”; y es que tanta hipocresía rebalsa la tolerancia de cualquier analista o individuo pensante, más que pensante diría consiente, que al leer sus falaces peroratas queda escandalizado.

Las mentiras continúan, como si salieran de una cloaca, estamos infestados de una plaga de ratas buzoneras, tal vez de alimañas convenidas o mercenarios que alquilan su pluma a prospectos fallidos de políticos que pretenden “asesorar”, mientras aprovechan los espacios mediáticos para promocionar su imagen personal.

Lo cierto es que hay muertos, sí, los peruanos están enfrentados en una lucha encarnizada y violenta, pero no se tratan de mártires de la lucha social, de la justicia y de la igualdad; se tratan de tristes peones que han sido envueltos por delincuentes que pretenden perpetrar el quiebre el orden público y la paz social, tan igual como hace 30 años, pareciera una reminiscencia de lo acontecido en el país, aún más con sectores de la política peruana que movilizan sus yanaconas mediáticos en aras de la construcción de un discurso favorable para su causa.

Pese al caos, ante la claridad de los hechos que suceden en el país, proliferan las mentiras y promueven discursos convenientes para sus fines lumpenescos, exacerbando la desconfianza en el orden constitucional o discutiendo la legitimidad del sistema democrático, disponiendo un caldo de cultivo para la sedición.

Es menester que todos los peruanos discutamos la veracidad de los argumentos vertidos como agua por el drenaje, provenientes de actores mediáticos de dudosa catadura, quienes han pretendido consolidar la retórica del odio y de la disgregación de la sociedad peruana a la que nos tenían acostumbrados Castillo y su pléyade delincuencial; siendo imperativa la defensa de la verdad o la procuración de análisis severos, que permitan desnudar sus viles intenciones.

Partiendo del sueño demagógico y populista, casi una fijación, que tienen los progres por pretender que el Estado sea la fuente de la salvación de la sociedad, debemos evidenciar pues, que esta utopía de bienestar común responde a una farsa que pretende atrofiar al individuo y posicionar al Leviatán en la vida cotidiana, bajo la promesa de la salvación colectiva. Nada más alejado de la realidad cuando sabemos que los Estados intervencionistas o idealizados como salvadores sociales, resultan en autocracias, causando realidades distópicas.

Pareciera que la izquierda, progre, caviar o tradicional; además de sus palmeros asalariados, pretenden hacernos creer que el “Gran Hermano” de Orwell es el modelo de mérito y logro que debiese alcanzar el Perú, es que resulta fastidioso reconocer que necesitamos alguien que nos diga que hacer, tal vez sea que estos sectores fanáticos del colectivismo hayan conseguido atrofiar la independencia del individuo, lo que lleva a creer factible la idea fatídica de 1984 instaurada en nuestro país.

No les basta con promocionar y difundir modelos igualitaristas, sino que exaltan la desconfianza, descontentos o resentimientos contra el modelo económico, ese mismo modelo que los últimos años ha sacado de la pobreza a compatriotas que estaban condenados a una vida de miserias; ese que pretenden destruir ha generado cifras de movilidad social y desarrollo poblacional, además de crecimiento económico, que nunca antes se registró en la república del Perú.

Resulta irónico observar cómo sectores que se llaman consientes del estado social o defensores de los menos privilegiados, pretenden deconstruir los avances de un modelo económico, aunque imperfecto, provechoso para una patria menesterosa que persigue su desarrollo de sus individuos. Aún más gracioso es que escriban sobre supuestas estructuras donde el empresariado habría aprovechado su posición dominante en la pandemia de covid-19, para causar un genocidio de las clases populares; habría que recordarles que fue el gobierno de Vizcarra, a quien defendía con sagacidad y admiraban con complacencia, quien aprovechó su poder para vacunarse en secreto, adquirió pruebas rápidas inservibles y pactó monopolios estatales para la adquisición de vacunas, además de implementos médicos. Adicionalmente deberían recordar que fue la empresa privada los que gestionaron plantas de oxígeno para hospitales abandonados a su suerte, y es que lo risible no acaba aquí, responsabilizan al empresariado por el desastre de la pandemia, pero quien prometió 80 hospitales fue Vizcarra, el mismo que consultó sobre la expropiación de clínicas ante la inutilidad de su política anticovid.

Continuando con la crónica perniciosa y mentirosa, surge la condena de quienes se creen superiores en cuanto moral política sobre lo sucedido en los años 90, no una condena a la corrupción de Fujimori y Montesinos, sino a la acción de la constituyente y la adopción de un modelo de mercado, siempre sugiriendo la propuesta del Estado anquilosado por culpa de la oferta privada que pretende cubrir la oferta ineficiente del Estado. La mentira cae por sí misma, condenar el sistema por los actos posteriores de Fujimori es sinónimo de mezquindad, ya que por sí mismo el sistema ha traído sus logros, pese a los intentos por generar estructuras intervencionistas o sobrerregulaciones en gobiernos como Toledo, Humala o Vizcarra; este sistema ha logrado algo superior a quien era presidente de turno, eso ha sido sacar de la pobreza a los peruanos que padecíamos los frutos del primer gobierno de García, donde se aplicó un modelo socialistoide.

Es agobiante, pues no parecen cansarse de trastocar la verdad para su servicio, ahora denuncian falsos privilegios o estructuras mercantilistas sin recordar que fueron sus gobiernos, los de “izquierda democrática”, quienes tranzaban bajo la mesa con empresas como Odebrecht y lotizaban los peajes de la capital o subastaban las obras al mejor postor. Es factible que se hayan olvidado de que los privilegios que poseen son los que adquirieron con gobiernos corruptos, siendo ellos quienes encajan en la moderna definición de “Nepobaby”, pues viven una acomodada vida por nexos y relaciones sociales, de parentesco o afinidad, esas mismas que les han permitido conseguir el posicionamiento mediático que aprovechan; no existiendo nada más perverso o hipócrita, que no reconocer el camino seguido para alcanzar sus “sueños”.

Finalmente renuevan la idea de un Perú subversivo que busca incoar una revolución ideológica, un pueblo que lucha por destronar a una despótica líder que a sangre, fuego y lacrimógenas impone el orden de los poderosos; y es para ellos un mérito cada muerte en el país, ya que es oxígeno para atizar sus discursos de disolución de la unidad nacional o del proyecto de nación. No se dan cuenta que ellos han sido la clase gobernante de los últimos años, lambiscones de los líderes de turno, son responsables de lo que está pasando en el país por su falta de reacción o su convenida negligencia. Progres y caviares apoyaron el sueño de un “profesor rural” que pretendía gobernar el país como un representante de los postergados, deviniendo en un corrupto y vil intento de dictador, garantizando a su cúpula prontuariada en el poder, mientras que recibían ministerios.

Lo que ocurre en el país son actos de violencia planificada y causada por los aliados radicales de ese dictadorzuelo, aquel que apoyaron en la campaña del 2021, siendo socios de un golpe de Estado y demostrando supina ignorancia de lo que acontece en el país pues, cuándo se ha visto que un golpe de estado concluya con procesos de paz, más aún si a sus anchas se conducen los embajadores de la violencia. Parece que acusan de carroñeros a quienes defendemos el orden y la paz, que debe ser defendida a toda costa, pero son ellos quienes, padeciendo de amnesia progresista, olvidan que viven de la sangre de los peruanos.

Lucidez.pe no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.