Crónicas Morrocotudas: Terremotos de mi infancia

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Ahora que los medios y las redes sociales hablan de sismos y terremotos en todo el mundo –hemos apreciado las espantosas escenas del pasado terremoto en Nepal y el reciente terremoto en Japón- no puedo dejar de recordar los terribles terremotos que también hemos vivido en el Perú –especialmente en Lima- y que muchos, al parecer, han olvidado por completo. Me refiero a aquellos fuertes terremotos que pareciera que las grandes constructoras han olvidado absolutamente, pues vemos a diario como desde hace varios años, se construyen grandes y altos edificios a diestra y siniestra, inclusive al pie de los acantilados de Barranco o de los cerros de Camacho, como si en Lima nunca hubieren ocurrido fuertes sismos. De allí que vale la pena recordar algunos de los terremotos que viviera durante mi infancia, los cuales hacen que el último terremoto del 15 de agosto de 2007, ocurrido en el sur chico, pareciera un juego de niños.

Mi primer terremoto lo viví una tarde del 17 de octubre de 1966, cuando vivía en Chorrillos en una casa al frente del malecón al pie del mar. Tenía 6 años de edad y aquella soleada tarde –a las 4.41pm- comenzó de repente un terrible terremoto que no tenía cuando acabar. Como era un niño aún sin “experiencia sísmica”, opte por ir a mi cuarto y asomarme a mi ventana que daba al mar, a fin de contemplar en todo su esplendor lo que sucedía, algo que para mí era completamente nuevo. A mis dos hermanos menores se los llevaron las dos empleadas del hogar que teníamos, al patio interior de la casa, mientras ellas lloraban y rezaban aterradas a todos los santos habidos y por haber. Por mi parte, miraba por la ventana de mi cuarto cómo la gente corría por la calle, especialmente las personas que habían estado paseando por el malecón. Allí se instalaban, por lo general, raspadilleros, barquilleros y pescadores artesanales, los cuales solían sentarse a reparar sus redes. De un momento a otro, parte del malecón simplemente desapareció dejando una inmensa polvareda de tierra que llegaba hasta el cielo. ¿Qué había sucedido? Pues que parte del malecón se había desmoronado cayendo al mar, llevándose a los raspadilleros, pescadores y cuantas personas estuvieran caminando por allí. Era como si un gigante le hubiera dado un mordisco al malecón, dejando -una vez que se despejó la polvareda- una inmensa huella como la de una gran mordida. El derrumbe llegaba hasta el borde mismo de la pista al frente de mi casa. Yo me quedé helado y no podía creer lo que mis ojos veían. Luego que concluyó el movimiento telúrico, salí corriendo al parque que estaba al pie de mi casa. Todos estábamos petrificados mirando el gran vació –aún humeante- dejado por el derrumbe del malecón. A los pocos minutos llegaron mis abuelos paternos asustados, que venían caminando desde el paradero del tranvía. En sus ropas tenía polvo y yeso dejado por el polvo y las cornisas caídas a las calles por el fuerte movimiento y los derrumbes de las viejas casonas chorrillanas de adobe que se habían rajado seriamente o derrumbado. Luego llegaron mis padres ante lo cual me quedé más tranquilo. Había sido un terrible terremoto. Me contaron que fue de grado 8,1 y que inclusive causó un maremoto de cierta intensidad que afectó a La Punta principalmente. Hasta el día de hoy puede aún apreciarse desde abajo en la Costa Verde, a la altura de Agua Dulce, el gran pedazo de malecón caído, hoy reconstruido y sostenido por pilotes de hormigón.

Cuatro años más tarde –pues se decía que los terremotos ocurrían cada cuatro años vaya uno a saber por qué- el sábado 31 de mayo de 1970 a las 3.23pm, me encontraba jugando en mi cuarto cuando comenzó un fuerte terremoto. Mis padres y hermanos salimos corriendo a la calle y era impresionante la fuerte polvareda que se alzaba en las calles, parques y plazas debido al fuerte movimiento telúrico. Recuerdo que mi padre no paraba de rezar en voz alta mientras veíamos temblar nuestra casa, la cual mis padres habían construido tan solo hacía tres años. Sin embargo, en esos momentos aún no éramos conscientes de la terrible tragedia que venía ocurriendo en esos instantes en el departamento de Ancash, en donde un terrible deslizamiento de agua causado por un derrumbe de hielo de una de las paredes del nevado Huascarán, formó un espantoso aluvión que sepultó literalmente bajo toneladas de piedra y fango, la ciudad de Yungay con gran parte de sus habitantes, dejando a la vista de los sobrevivientes, que pudieron refugiarse en el viejo cementerio ubicado en una colina cercana, la copa de las cuatro palmeras que adornaban su plaza de armas. Otro grupo de personas que acudían a una función de un circo ubicado en las afueras de la ciudad, también pudieron salvarse. El resto de la población yacía bajo el fango endurecido del espantoso aluvión que sepultó Yungay. Así mismo, la ciudad de Huaraz quedó destruida por el terremoto, por el derrumbe de las casas de adobe y quincha caídas sobre sus estrechas callejuelas, sepultando a miles de pobladores. La tragedia estaba consumada. Fue un terremoto de grado 7,9 que causó más de 50,000 muertos y 20,000 desaparecidos. Al día siguiente, mi padre viajó a la zona de Yungay con un grupo de alumnos de la Universidad del Pacífico, llevando ayuda a los damnificados. Me contó que las réplicas del sismo se sucedían a cada instante y que era impresionante, aterrador y trabajoso sacar los cientos de cadáveres y miembros desmembrados, sepultados en el endurecido fango, para darles luego cristiana sepultura. Recuerdo que al mes de la tragedia, viajé a Panamá con mis padres y al pasar el avión sobre Yungay, el capitán de la aerolínea pidió una oración por los fallecidos. Nunca podré olvidar la huella del aluvión en forma de abanico cubriendo la ciudad sepultada.

Finalmente, cuatro años más tarde, el jueves 3 de octubre de 1974, a las 9.21am., que por suerte fue feriado –aniversario del golpe de militar de Velasco- y no había clases en los colegios, comenzó un terremoto de fuertes ondulaciones. Todos nos acabábamos de levantar en casa y a mí personalmente me agarró el sismo en el baño, por lo que fui el último en salir de la casa. Mi padre salió con una toalla envuelta a la cintura pues estaba literalmente desnudo. Todos los muebles de la casa saltaban. La polvareda de la calle era fuerte. La ciudad se sacudió fuertemente. Terminado el largo terremoto, salimos con mis padres en el auto a ver la casa que mi abuelo tenía en Chorrillos al pie del mar –en donde pasé mi primer terremoto- y que pensaba alquilar. Chorrillos estaba literalmente destruido. Mi casa estaba partida en dos, como si una gran espada la hubiera cortado por la mitad horizontalmente. La parte de arriba se encontraba enterita pero corrida uno o dos metros para un costado. Aún con todo, imprudentemente ingresé a la casa. La escalera que daba a los altos estaba medio metro corrida. Llegué a la azotea. Se veía la cúpula de la Iglesia de la plaza de armas de Chorrillos, plaza que estaba a la espalda de mi casa, medio destruida. La casa de los Traperos de Emaus, al costado de mi casa, estaba derrumbada –era de quincha y adobe- y hermosas casonas chorrillanas con sus señoriales rejas, estaban en el suelo. El nido Bertolotti, en donde estudié durante mi infancia, en una calle paralela a la iglesia, estaba con sus paredes de adobe derrumbadas. No hubo víctimas por suerte. Recuerdo que cuando regresábamos por Barranco, la mayoría de las fachadas de las casas en la avenida Bolognesi, estaban en el suelo. Se podían ver las habitaciones –como si fueran casa de muñecas- y a sus habitantes recogiendo sus cosas. Nos contaron que fue un terremoto grado 8. El mar en la Costa Verde se retiró y la gente, irresponsablemente, ingresaba a las playas a sacar los pescados y crustáceos que quedaban al descubierto. Al parecer, las personas aún no tenían idea o noción de lo que podría suceder un tsunami en cualquier momento. Por suerte la marea regresó poco a poco. En todos los acantilados de la Costa Verde se observaban serios derrumbes. Muchas casas de Chorrillos y Barranco que daban a la Costa Verde –como las de la subida hacia Chorrillos- estaban derrumbadas. El colegio Villa María y el Reina de los Ángeles sufrieron serios daños. ¡Suerte que no hubo clases! En el balneario de Santa María del Mar, varios edificios se derrumbaron como naipes. ¡Suerte que no era verano!

En fin, así fueron los terremotos que me tocaron vivir en mi infancia. Mi madre y mi abuela me contaban que el terremoto de 1940 fue el peor, pues todas las casas del malecón de Chorrillos desaparecieron. Pero al parecer, y pese al gran historial de terremotos en Lima, hoy muchos han olvidado la magnitud de los terremotos que suelen afectar a Lima. No menciono el terremoto del 15 de agosto de 2007 repito porque, en mi modesta opinión, en Lima al menos fue suave, largo pero suave, incomparable con los vividos anteriormente. De allí que las posibilidades de otro terremoto como los de antes en Lima son inminentes y Lima no es la ciudad de antes. A crecido tremendamente su población y sus construcciones, habiéndolas desde grandes edificios al pie de los acantilados y cerros como Camacho y Casuarinas, así como en los conos y humildes cerros con pequeñas casas de material noble pero construidas informalmente y sobre cimientos de piedras acumuladas. Pienso que el próximo gran terremoto en Lima traerá muchísimos daños, incendios, saqueos, miles de damnificados y pérdidas de vida. No es un tema de más simulacros, sino de construir bien y estar preparados. Definitivamente aquellos terremotos de antes, los mi infancia, fueron otra cosa… esperemos que no se repitan… aunque lo dudo bastante.