“Crucero Lima, Vals, y memoria”, por el Teniente Primero Michel Laguerre Kleimann

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Durante la ceremonia principal por el 195 aniversario de la Marina de Guerra del Perú y de los 137 años del combate naval de Angamos, se guardó un minuto de silencio como homenaje de gratitud al Gran Almirante Miguel Grau (Ley 23938 del 5 de octubre de 1984). Enmarcando este breve momento, el repique de la campana que perteneció al crucero Lima envolvió a los asistentes con un halo de profundo simbolismo. Fue la misma campana que vibró en Valparaíso cuando subió a bordo don Miguel Grau Seminario, en 1890.

Nuestro primer buque de guerra (propiamente dicho) luego de la terrible contienda producida por la ambición en el guano y en el salitre, fue la primera nave de la Armada Peruana que navegó rumbo a Valparaíso para recoger los restos de los fallecidos en campaña, entre ellos, los de Francisco Bolognesi y Miguel Grau. Este doloroso acontecimiento tuvo como uno de sus productos populares el conocido vals en homenaje al comandante del Huáscar, “Las cautivas”:

Ya salió el crucero Lima,

Todo cubierto de luto

Recorriendo aguas chilenas

En busca de Miguel Grau.

 

El valiente Miguel Grau,

Con su Huáscar se batió

Le volaron medio cuerpo

Y en el mar se sepultó…

 

Fue la primera vez que despojos mortales de Grau regresaban al Perú (la segunda se dio en 1958 gracias a la iniciativa de Felipe A. Barreda y Bolívar). De hecho, esto se debió al cuidado que tuvo el último comandante del monitor, Pedro Gárezon Thomas en identificar los pocos restos humanos que quedaron de Grau. Su muerte fue atroz, y como canta el vals, su tumba es el mar.

En 1890, el capitán de navío Melitón Carvajal Ambulodegui -ex tripulante del Huáscar– fue el jefe de la Comisión de repatriación de los restos de los fallecidos en Angamos, Alto de la Alianza, Tarapacá, Arica y Huamachuco. El crucero Lima zarpó desde el Callao el 15 de junio de 1890.

Carlos María Elías de la Quintana, cuñado de Lizardo Montero y dilecto amigo de Grau, se encontraba como Ministro Plenipotenciario en la república de Chile de José Balmaceda; presidente quien dispuso que los restos del contralmirante Grau reciban los honores de general de división.

Los pocos despojos del comandante del Huáscar descansaron en el mausoleo de la familia Viel en Santiago, ejemplo que la amistad fraternal y admiración trasciende los momentos álgidos y grotescos de la guerra: “Recibo con profunda y patriótica emoción, los restos mortales del contralmirante Grau […] y mi primera palabra es de agradecimiento para la distinguida familia que le dio piadosa sepultura en la tumba de sus deudos” sostuvo Elías, quien junto a Manuel de Mendiburu, Melitón Carvajal, Manuel C. de la Torre y Pedro Gárezon los recibieron en el cementerio de Santiago de Chile.

Luego de trasladarse a Valparaíso, el Lima junto a la Esmeralda zarparon rumbo al Callao, arribando el viernes 11 de julio. A los dos días, los “repatriados” desembarcaron en el Callao, dándose inició así a las apoteósicas recepciones brindadas por la sociedad peruana.

Con el paso de los años, se cumplió lo observado por Felipe A. Barreda: “Los restos de nuestra humanidad, mayormente cuando pertenecen a Próceres u Héroes […] deben descansar en criptas, en tumbas, en mausoleos para ser venerados…” (El Comercio, miércoles 5 de febrero de 1958, edición de la mañana.

Finalmente, las palabras del jurista Carlos Fernández Sessarego encajan perfectamente con el mensaje de Grau. “La vida humana es, de suyo, valiosa, en cuanto es substrato de valores. Por ello, por ser substrato de valores, la vida humana adquiere un sentido. La existencia humana tiene un sentido, una razón de ser”.