¿Cuándo fallamos?

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Lo que hacemos en Harvard el 90% del tiempo es, básicamente, analizar otras empresas (exitosas o no… aunque la mayoría de veces exitosas) y especular sobre las consecuencias de tomar una u otra decisión. Al final, el objetivo es aterrizar en conclusiones que luego puedan orientar nuestras propias decisiones cuando enfrentemos situaciones similares. A vísperas de terminar el primero de dos años de maestría, hemos visto muchísimos modelos de negocios, en distintas industrias y en distintas épocas. Muchas veces el programa de maestría invita a los protagonistas de los casos para que los alumnos podamos conversar y discutir directamente con ellos sus experiencias. Sin embargo, un detalle particular sobre estos invitados es que es muy raro conseguir que el o la protagonista de un caso “no exitoso” tenga el valor de pararse en frente de 95 estudiantes de Harvard Business School a oír durante ochenta minutos como comentamos en qué se equivocó y que debería haber hecho (mientras es transmitido en vivo a 810 personas más).

Hace algunas semanas vino a clase una mujer que había decidido empezar su propia empresa (con su mejor amiga) luego de graduarse del MBA. Diseñó un modelo de negocio alrededor de un producto que, si bien cubría una necesidad real del mercado, tenía muchos problemas de ejecución. El desenlace, básicamente, fue que luego de un par de rondas de financiamiento, no pudieron conseguir dinero suficiente para seguir funcionando, a ella la despidieron (la mejor amiga duró un poco más de tiempo) y eventualmente la empresa quebró.

La historia que nos contó, sin embargo, fue muy útil, al menos para mí. En lugar de enfocarse en entender todos los problemas operativos que tenían y qué cosas exactamente hicieron mal, nos contó su experiencia sobre cómo lidió con ese “fracaso”. Algunas cosas que se quedaron grabadas para mí fueron las vívidas historias sobre como en un inicio se sintió sin ganas de ver a nadie, se mantuvo encerrada en su departamento y trató de aparentar hacia afuera que todo seguía bien. Incluso contó que posteaba regularmente en redes sociales para que sus círculos no sospechen el gran “fracaso” que acababa de vivir. Me acordé entonces de las veces en que yo misma, de una u otra manera, he hecho lo mismo. Alguna vez sin duda he regresado a mi casa sin ganas de no hacer nada más que meterme a mi cama, comer chocolates y no ver a nadie (además de postear un par de fotos felices en Facebook para que nadie pregunte). Fue entonces que también me acordé de lo liberada que me sentí luego de admitir frente a alguien haber “fallado” y conversar abiertamente sobre el tema. De lo rico que se siente perder el peso de esconder la verdad y darte cuenta que realmente no has “fallado” rotundamente y que probablemente la persona que te está escuchando (esa que para ti aparentemente es infalible y el estereotipo de éxito) ha pasado más de una vez por alguna situación parecida.

Eventualmente, esta mujer volvió al mercado, entró al directorio de otra empresa y está totalmente satisfecha con su vida y su carrera. Eventualmente, yo también, cuando me he sentido así, me he levantado, he aceptado al mundo mi “fracaso” y he intentado de nuevo. Y pongo “fracaso” entre comillas porque ahora que lo pienso, creo que equivocarse no es un fracaso. De hecho, es todo lo contrario. Si hay algo que he notado en este año que está apunto de terminar es que este experimento llamado MBA concentra, en un espacio limitado y bajo un sistema de incentivos muy estructurado, a un conjunto de personas que a lo largo de su carrera profesional les debe haber ido razonablemente bien para haber llegado acá. Todos, aunque somos amigos y probablemente no lo hacemos de manera consciente, estamos obligados a competir entre nosotros, y lo seguiremos haciendo luego del MBA; es solo que a esta competencia se sumará el resto del mercado laboral. Y creo también que a la mayoría no se nos da tan bien eso de levantarnos con buena cara luego de un traspié.

Y con esta reflexión vuelvo a una pregunta que ha sido tema central de varias clases en las últimas semanas: ¿qué es el éxito? Sin duda, creo que esto es tema para otra columna; además es probable que mi definición de logro cambie bastante durante los próximos años. Sin embargo, una de las enseñanzas más valiosas que me llevo de mi primer año es que he aprendido a entender que no tiene nada de malo ser vulnerable momentáneamente y admitir que uno puede equivocarse, que el éxito no es un logro aislado y estático, y que más bien consiste en aprender y crecer con cada experiencia.