Cuba, te quiero libre; por Valeria Burga

«Cuando se instala un régimen totalitario que pisotea las libertades individuales, es sumamente complicado derrocarlo. La economía queda destruida aunque la izquierda lo niegue desvergonzadamente, entre ellos, Pedro Castillo, quien, fiel a sus ideales, insiste en que el estallido cubano se debe a la “persecución económica norteamericana”».

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Desde el ‘Maleconazo’ de 1994 no habíamos presenciado algo similar en la isla caribeña. Tenía que ocurrir. Cuba estalló ante el comunismo, aquel régimen nefasto que oprime a su pueblo. La inexorable escasez de alimentos y desigualdad social por parte de un Estado que maneja todo a su paso, necesitaba de una chispa que haga explotar el descontento colectivo. La pandemia hizo crispar a los cubanos y se despertaron de una pesadilla consumada.

La historia cambió de rumbo el 11 de julio con las calles como testigo de cientos de personas aclamando ‘Patria y vida’, una reacción en cadena ante la fractura arbitraria de Díaz-Canel. A partir de ese momento, las tensiones no se disipan, pues se han denunciado desapariciones forzadas de ciudadanos, artistas y periodistas independientes que rompieron las barreras de la dictadura.

El pueblo cubano está ligado a un sistema antidemocrático o, mejor dicho, una vorágine de malas decisiones que lo ha llevado al filo del abismo. ¿Cómo definimos a un país con partido único (comunista), donde todas las instituciones y organizaciones pertenecen a un estado soberano? La respuesta es tácita.

Esta ambición de acarrear un modelo inservible ha hecho que este año la pobreza exceda en 40% y la inflación supere el 500%. Sus reformas son más de lo mismo, ya que la unificación monetaria generó devaluación. Por su parte, la “libertad” de abrir tiendas donde se paga en divisas que pocos producen, han demostrado ser insuficientes.

El Estado fallido se excusa en el “bloqueo histórico”. En 1960 se tomó una decisión acertada ante las medidas del gobierno cubano de estatizar los bienes de las empresas estadounidenses, subir aranceles y establecer relaciones comerciales con la Unión Soviética, enemigo letal. Fidel Castro instauró un “estado socialista”, dejando solo espacio para la comercialización de alimentos y medicinas con ciertas restricciones. Toda acción genera una reacción.

El embargo es un factor que contribuye en la debacle económica cubana, pero no el detonante. Su problema está en el sistema, donde todas las empresas grandes pertenecen al estado y el sector privado es relativamente nulo. ¿Por qué andar culpando sin mirarse en el espejo? Los enemigos son ellos mismos.

Un lugar donde el pueblo no goza de necesidades básicas ni democracia, requiere con urgencia de una reforma económica que libere los mercados y permita la inversión extranjera. Existe un bagaje de países para comercializar, exportar e importar. Soñar no cuesta nada luego de sesenta años de comunismo prolongado.

No cabe duda que los acontecimientos en La Habana y otras ciudades son una llamada de alerta, sobre todo para nuestro país que, a puertas del Bicentenario, acoge a un presidente con intenciones de cambiar la Constitución, anular el pago de la deuda externa, estatizar la minería, entre otros matices que simbolizan una amenaza directa para el bienestar de la población.

Cuando se instala un régimen totalitario que pisotea las libertades individuales, es sumamente complicado derrocarlo. La economía queda destruida aunque la izquierda lo niegue desvergonzadamente, entre ellos, Pedro Castillo, quien, fiel a sus ideales, insiste en que el estallido cubano se debe a la “persecución económica norteamericana”.

¿Este es el modelo que queremos? Un gobierno de este calibre solo nos va a lapidar y quizá ya es demasiado tarde. Sin embargo, muchos de nosotros estaremos vigilantes, pues nuestro reflejo no se alinea al escarnio comunista y socialista.

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