“The Day after” – “Le jour après”

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Tres terroristas han tenido en jaque a una gran metrópolis, capital de uno de los más importantes Estados del Primer Mundo, una ciudad de unos 2,250,000 habitantes que atraea unos 42 millones de turistas cada año, centro de un área metropolitana de unos 12,300,000 habitantes, que produce la cuarta parte del Producto Interior Bruto de Francia, que al fin y al cabo es el 5° más alto del mundo, con unos 14,400 US dólares per cápita (en comparación: Perú – 6,625). Dicen que 88,000 policías estuvieron destinados a perseguir a los autores del atentado contra el semanario que había publicado las caricaturas de Mahoma.

Tres terroristas han demostrado que no hacen falta atentados de enormes dimensiones para sembrar el pánico. Desde luego, han marcado una nueva dimensión del terror. Ya no se trata de “lobos solitarios”, sino de criminales terroristas incluso bien conocidos para la policía, de autores que dicen tener relación, aunque algún dato hace ponerlo en duda: los dos terroristas del semanario declararon estar enviados por Al Qaeda del Yemen, mientras que en del supermercado de comida kosher se identificó como perteneciente al Estado Islámico. Por eso, quizá el lanzar la idea de coordinación entre ellos sólo quiere sembrar más pánico.

Hay algún otro dato que hace temblar, referente a la actuación de la policía. Comentaron fuentes francesas que el semanario, que había sufrido no sólo amenazas sino también una explosión hace algunos años, gozaba de “especial protección”. Al parecer, consistía en un policía asignado a proteger al redactor jefe de la revista. Fue abatido por los terroristas. ¿Eso es especial protección? Crimen que se realizó en el momento en que se reunía la redacción, como todas las semanas. ¿Tenían alguna información los terroristas? ¿Sólo de observación? Si fue así, ¿esa información no llamó la atención de la policía?

El segundo policía fallecido, simplemente, circulaba por allí cerca, en bicicleta. Cuando se lanzó la alarma, se encontró con el vehículo en que huían los terroristas. Quiso detenerlo con su pistola, pero fue herido. Los terroristas detuvieron el vehículo, uno de ellos se bajó, se acercó al policía herido y le preguntó: “¿Quieres matarnos?” Desde el suelo, el policía le respondió: “No, ya está bien, jefe.” Éstas fueron sus últimas palabras: el terrorista le remató de cerca con un disparo a la cabeza. Se llamaba Ahmed Merabet, era musulmán, de origen argelino, hablaba árabe. Un vecino grabó la escena, de cerca. Es tan brutal que las televisiones francesas no quisieron emitirla. Por supuesto, ya está en youtube, brutalidad arriba, brutalidad abajo.

Hay muchas preguntas abiertas: los terroristas de la revista eran bien conocidos; estaban “bajo observación”, dicen las autoridades francesas. ¿Qué observación es la que no percibe que se están adquiriendo armas importantes? Se sabía que uno de ellos había estado en el Yemen. Hay en los estados occidentales cientos de ciudadanos bajo observación por motivos similares. La sospecha, por supuesto, no es motivo para tomar medidas que vayan más allá. Pero, ¿no habrá que revisar las posibilidades legales y policiales dentro del marco del Estado de Derecho? Y sobre todo, ¿quién financia esa adquisición de armas? Aquí ya no estamos ante el “lobo solitario” que lanza su carro a toda velocidad contra dos policías. ¿De dónde proceden los fondos? La inteligencia policial tendrá que trabajar con más eficacia.

En general, no parece que los terroristas estuvieran especialmente interesados en escapar: en su fuga repostaron gasolina con los pasamontañas puestos, con lo que la llamada del grifero a la policía fue inmediata. Además, errores suyos facilitaron la labor de la unidades de élite de la policía francesa: en la imprenta donde se refugiaron los dos terroristas de la revista, se pudo mantener escondido un empleado que fue informando por teléfono a la policía. Y en el supermercado, un teléfono mal colgado permitió a la policía escuchar al secuestrador. Parece que no les importaba escapar; junto a la terrible brutalidad de la entrada en la revista y el asesinato del policía tampoco quisieron asesinar a los rehenes (no se conocen las circunstancias de la muerte de cuatro personas en el supermercado). ¿Qué pretendían? Sin duda, sembrar el pánico, el terror, hacer ver que nos capaces de tener en jaque al Primer Mundo.

El mundo musulmán, por su parte, ha reaccionado de inmediato. En Francia y otros países de Europa, por supuesto. Pero también en países de mayoría musulmana. En Egipto, por ejemplo, la prensa y las autoridades religiosas se han apresurado a la condena, a veces con argumentos poco convincentes. La máxima autoridad sunita, Al Azhar en El Cairo, señala que el Islam condena todo tipo de violencia. El Presidente libanés denomina el atentado un ataque contra la educación y los valores del Islam. Más allá de las declaraciones, necesarias en momentos como éste, está aun pendiente el gran debate dentro del Islam de cómo conseguir que esa interpretación del Corán (que no es la única posible) se imponga en las mezquitas y escuelas coránicas de todo el mundo, de cómo conseguir en todo el mundo aislar social y religiosamente a quienes leen de otra manera las suras coránicas (como la 9:5, la 9:35 o la 33:25), a quienes entienden la “yihad” como guerra al infiel, no como purificación el alma, como hacen los 129 sabios musulmanes en su carta del 19 de septiembre de 2014, criticando la creación del Estado Islámico el 29 de junio de ese mismo año. Porque tan claro no está. Sobre el Corán hay un gran debate, en parte no publicado (algunas publicaciones son peligrosas). El texto, en la versión hoy aceptada (preparada en El Cairo en 1924, bajo el dominio británico), ¿es revelación directa a Mahoma en La Meca, en cuyo caso la interpretación tiene márgenes muy estrechos, o tiene también influencias importantes, cristianas y judías y de la Antigüedad pagana, además de una elaboración persa? Que en tiempos de Mahoma había en la Península Arábiga importantes colonias cristianas y judías es bien conocido. Si se acepta este punto de partida (una aberración para el fundamentalismo), la lectura del texto se flexibiliza.

Ahora bien: en esas reacciones el tema del respeto a la libertad de expresión no aparece: en este punto, el mundo occidental está bastante solo y no consigue convencer de que en la colisión con el respeto a las creencias religiosas el margen para esa libertad de expresión se considera como muy amplio. ¿Demasiado?

Dos grandes desafíos, por tanto: en el mundo musulmán tiene que conseguir convencer a todos los suyos de la visión que expresaban los teólogos tras el asesinato de dos periodistas por el Estado Islámico: “Lo que ustedes han hecho sin duda está prohibido”. En el mundo occidental, el Estado tiene que convencer a los ciudadanos de que realmente es capaz de protegerlos, de que no sólo a posteriori, en la persecución de los terroristas, desarrolla todas sus capacidades, sino también en la prevención.

Quizá nos espere un año más complicado de lo que pensábamos hace muy poco tiempo.