De la «Venecia» de Iquitos y de sus centros de rescate, por Jessy Gonzáles

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Es la segunda vez que estoy en Iquitos y la primera que me doy un tiempo para conocer un poco más lo que hay en la ciudad. Termino mi viaje sorprendida por los contrastes. Pocos lugares pueden darte la paz que te da la selva peruana cuando recorres el río. Sin lugar a dudas, la naturaleza encuentra un equilibrio perfecto entre el bosque, el río, los animales, el verde que se refleja en el agua y el cielo (incluso si te toca gris). Sin embargo, la basura y pobreza en los alrededores de los pueblos, cerca de los puertos y muelles, o en las mismas calles es ese punto de desequilibrio, y no solo estéticamente hablando.

Hay una zona que llaman “La Venecia” de Iquitos. Un área, que como otras en la ciudad, se cubre de agua y deja así como único medio de transporte posible los botes que cada familia o casa posee. La entrada está llena de botes que esperan turistas, aunque son pocos los que llegan al lugar debido a la delincuencia que, según nos contó el guía, se adueña de la zona después de las 4 o 5 de la tarde. Subimos a nuestro bote y empezamos el recorrido. Era domingo, pero el reggaetón sonaba en una casa de colores justo frente a la entrada. El guía nos dijo: “Íbamos a dar toda la vuelta, pero mejor no vamos para ese lado, allá tonean los choros y se pone peligroso”. De modo que visitamos el lado izquierdo de Venecia. Efectivamente, todo funciona en bote, no hay otra manera. Ahí los niños aprenden a manejar el bote para trasladarse, mucho antes de aprender tantas otras cosas en la vida. Y aquellos más emprendedores, venden canchita desde sus botes también. Y al salir, el guía nos dijo también: “Yo solo traigo a gente cuando el río está alto. Cuando el río baja, baja unos 5 metros más por lo menos. Ahí el agua está más cerca al suelo que está lleno de basura y el olor es insoportable”. Fue un recorrido rápido, de tan solo unos 5 o 10 minutos; pero para mí, fue suficiente para notar que el potencial del lugar era tan grande como el abandono.

Y luego, Iquitos te puede presentar también una cara completamente diferente. Con centros de rescate y refugios para animales que contribuyen con la sostenibilidad de la selva. Algunos de estos centros se ven mejor organizados que otros, brindan mayor información y cuentan con la participación de institutos de investigación y/o organizaciones internacionales. Por ello, parecen ser más confiables. Otros centros se encuentran en las laderas del río y se visitan cuando haces tours fuera de la ciudad. En estos casos, los refugios son gestionados únicamente por la población y por ello, como turista, no te queda más que confiar en la información que te brindan y confiar en que el trato que reciben los animales es el adecuado y que efectivamente son liberados luego de recuperarse. En ambos casos, es claro el esfuerzo por trabajar con la comunidad para que las costumbres de los pobladores puedan mantenerse sin que ello implique la desaparición de algunas especies. “Aquí comemos todo lo que se mueve señorita” me dijo nuestro guía, mejor conocido como el Tunche. Pero él, después de más de 10 años de vivir del turismo, entiende también que todo puede y debe hacerse en equilibrio con la tierra, el río y sus especies.

En qué momento se rompe el círculo vicioso del abandono o de la indiferencia? ¿Cómo se ha logrado en Iquitos trabajar muy bien para la protección de especies y no se ha logrado administrar de una mejor manera a los ciudadanos y pobladores de los alrededores de la ciudad? ¿Por dónde se debería empezar? No existe manual, pero sin duda estos cambios importantes ocurren cuando la gente está interesada e involucrada, y cuando estos cambios están respaldados además por políticas públicas. ¿Será posible en Iquitos? ¿Será posible en el Perú?