De Polonia y otros giros, por Enrique Banús

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Son meses de elecciones: la primavera o el otoño, según los hemisferios parece que invita a convocar a los ciudadanos. Próximamente las habrá -y muy interesantes- en Argentina (¿con el fin del kirchnerismo?) y en Burma, antes Birmania (¿con el fin de la dictadura militar?). Ha habido recientemente dos especialmente llamativas: en Turquía (con el retorno triunfal del partido de Erdogan, después de que en junio pareciera abocado a gobernar en minoría o en coalición) y en Polonia, con el triunfo de los nacionalistas en torno a Jaroslaw Kaczynski, el gemelo superviviente (recuérdese que su hermano Lew, siendo Presidente de Polonia, falleció en el accidente aéreo de un avión que llevaba a una delegación polaca oficial al bosque de Katyn, para la conmemoración de los oficiales polacos asesinados por los soviéticos en la II Guerra Mundial).

Pues bien, la candidata del Partido Ley y Justicia, Beata Szydlo -quizá sea bueno irse aprendiendo este nombre- podrá gobernar un solitario. La prensa lo interpreta como un “giro a la derecha” del electorado polaco, después de ocho años de gobierno que se solía calificar como de centro-izquierda, en esas categorías cada vez más diluídas de la política postmoderna.

Ahora todo son temores con Polonia. ¿Se entiende lo que está pasando en ese país? Porque desde las primeras elecciones democráticas se va dando una alternancia pendular entre partidos, movimientos, grupos (en combinaciones diferentes) más de izquierdas y más de derechas. ¿Dónde está el problema? Que en la izquierda ha habido y sigue habiendo figuras que colaboraron con el comunismo o no se opusiieron a él (no estuvieron en “Solidaridad”, por simplificarlo). Y personas así y partidos así no son elegibles para muchos de los que sí estuvieron en “Solidaridad”, fueron discriminados o incluso perseguidos por ello.

Y en la derecha, lo tradicional era la disgregación: se formaban partidos, se peleaban los líderes, se disgregaban los partidos y el voto se desperdigaba.

¿Por qué sucedía esto? Porque sólo las izquierdas más o menos vinculadas al anterior Partido Comunista (y, por supuesto, desvinculadas al menos retóricamente con la caída de la primera piedra del Muro de Berlín) sabían lo que era gestionar una organización política, mientras que la derecha era más bien un club poco avenido de políticos que pensaban que bastaba con su personalidad y sus ideas.

Así, salía elegida la derecha. Se peleaban, se disgregaban, el gobierno terminaba medio en el caos. En las elecciones siguientes salía la izquierda. Algunos lo hacían bien, otros, un poco menos. Pero en algún momento los polacos se cansaban. Y llamaban otra vez a la derecha: vuelta a empezar.

Sólo los Kaczynski consiguieron aunar una derecha más consistente, aunque también más nacionalista. Y recogen a los suyos. Y a otros que no piensan exactamente así, pero que están un poco cansados de que desde “Europa” se les diga lo que tienen que hacer también en temas en los que “Europa” no tiene competencia alguna (por ejemplo, el aborto). Se quejan muchos polacos de que se siente criticados continuamente por ser considerados conservadores, que no se les respetan sus opciones en temas éticos y sociales en los que realmente no hay ninguna cesión de competencias a la Unión Europea.

No todos piensas así, claro. A otros les gustaría precisamente que “Europa” les ayudara a armonizarse también en esos temas sociales y éticos.

Está claro que con este gobierno polaco a bordo de la nave europea las cosas se complican. Los húngaros estarán contentos. Porque ahora tendrán con quien compartir el papel del “malo” en la película. Porque hasta ahora el gobierno conservador de Victor Orban (que, por cierto, gobierna con mayoría absoluta… y reelegido, lo cual en democracia también debería merecer un cierto respeto, por mucho que algunas medidas sean muy cuestionables… y otras, bastante sensatas). Y quizá surja aquí una pequeña coalición que aporte complicaciones… y quizá interesantes debates. Los nacionalistas polacos (ya se vio cuando los dos gemelos estaban en el poder) no sienten ningún entusiasmo por esa Unión Europea, pero tampoco están en plan de “rompe y rasga”. Entre otras cosas, porque los fondos europeos están transformado Polonia, al menos en el campo de las infraestructuras y en la recuperación de muchas ciudades. Y también hay que decir que los polacos están haciendo, en general -quizá excluidas las regiones más al este-, un uso muy profesional de esos fondos.

¿Y la nueva primera ministra? Hay quien dice que es la Angela Merkel polaca. Esperemos que no la imite en su “tenue”: los eternos pantalones y el saco del mismo corte, variando los colores. En ese sentido, una Angela Merkel es suficiente.