De vuelta a las canchas

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Así que vine a trabajar a Nueva York. Aterricé un domingo a las 11 pm para empezar a trabajar al día siguiente a las 9 am. En Manhattan, descansar es para los débiles. Luego de una mudanza de treinta minutos estaba (para nada) lista para tener mi primer día de trabajo en mis prácticas de verano. Me recibió una persona de Recursos Humanos para llenar una serie de formularios, contratos, declaraciones de impuestos y demás. ¿Los impuestos no los paga mi empleador como en Lima? Además de demostrar que soy totalmente inútil cuando se trata de burocracia gringa, digamos que todo salió bien (obviando que luego de esta reunión tuve que llamar a RRHH tres veces por haberme olvidado de mi número de Seguridad Social para acceder al sistema). Empecé la mañana en una inducción de practicantes; el pequeño detalle es que el programa de prácticas en esta empresa es, en su mayoría, para alumnos de pre-grado y a Recursos Humanos le pareció relevante que tanto los chicos de diecinueve años como nosotros hagamos la inducción juntos. No es que me queje, pero es poco decir que empecé a sentirme un poco vieja.

Ya en mis funciones, sin embargo, cualquier rezago de autosuficiencia o “cancha” desapareció cuando comencé a lidiar con los gajes de ser “la nueva”, y me sentí de nuevo de diecinueve años. Uno se olvida rápido y se siente inmune fácilmente. Hacía cinco años que no era “la nueva”. De pronto las tareas más simples del mundo se vuelven pequeñas batallas; encontrar el baño (incluye hacerse la loca cuando ya le has dado dos vueltas al piso entero y notas que esa persona que se sienta al frente del ascensor se da cuenta que estas caminando en círculos hace 5 minutos), el closet donde guardan los útiles, el bidón de agua o la llave de tu cubículo (sobre todo si de pura chancona decidí llegar una hora antes que todos… mala idea). Sin exagerar, de pronto me vi invirtiendo una considerable cantidad de tiempo tratando de descifrar como regular las distancias en el perforador de tres huecos o como hacer funcionar la impresora.

Una vez que reconocí el terreno el primer día (y la puerta del baño de mujeres), me sentí lo suficientemente cómoda como para pedir más trabajo… “Ok, entonces, ¿cuál va a ser mi primer proyecto?” – “Por favor, lee estos contratos (150 páginas) y hazme un memo con las cosas más importantes, creo que te va a servir para entender como funciona el negocio”. (¡¿Qué?!) A sonreír y leer los contratos con cara de que la estoy pasando bien nomás, una se olvida rápido también de lo que significa el derecho de piso. Gracias a Dios, la chamba abunda y me dieron un proyecto chiquitito hacia el cuarto día. “Ahora, tengo que romperla para que me manden más cosas parecidas y se olviden de los benditos contratos que aún no termino de leer”, pensé. Me quedé hasta tarde ajustando cada palabra y cada gráfico de mi presentación, investigué hasta el último rincón del internet sobre el tema y hasta me hice pasar por cliente para probar los diferentes servicios de la industria que estábamos analizando; presenté mi primera propuesta el viernes al medio día. “Es exactamente lo que estaba esperando, muy bien Andrea, gracias. No hay cambios. La próxima semana estaremos ampliando la presentación sobre este tema para el comité del área. Te convoco”.

No me había sentido tan hinchada de orgullo por una cosa tan pequeña desde antes de irme a la maestría. Entonces me di cuenta de dos cosas: La primera, es que extraño con cada fibra de mi ser hacerme productiva y saber que mi trabajo generará un impacto. Estudiar está bien, pero la felicidad que me da trabajar por algo es única. Discutir hipotéticos no le llega ni a los talones. La segunda, es que mi propia percepción de mi valor como profesional puede ser frágil a veces. Sobretodo cuando estoy frente a un cambio de industria, de cultura y de idioma (especialmente cuando además sientes el peso de la expectativa de oír que te presentan diciendo “Ella es Andrea y es la nueva practicante, viene de Harvard”). En ese instante ves que el interlocutor o abre sus ojos o dice un “Oooh” que lo único que logra en mi cerebro es un incremento drástico de ansiedad por probar que valgo la pena y que superaré cual sea la expectativa que se hayan creado. No debería sentirme así. Supongo que es parte de crecer.