Dejando la fiesta, por Gonzalo Ramírez de la Torre

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Con más frecuencia de la que quisiera caigo de invitado a reuniones que, en la previa, son pintadas por sus anfitriones, y unos cuantos invitados entusiastas, como los eventos del año. Se genera expectativa en redes, la gente organiza la forma en la que irá y muchos se comprometen a juerguearse hasta las últimas consecuencias. Pero, a la hora de la hora, por desidia de los anfitriones – que en muchas ocasiones viven en su propio planeta, ajenos a los huéspedes–, muchas de estas reuniones terminan siendo decepcionantes, los invitados terminan yéndose temprano y, en ocasiones, hasta aquellos que prometían recibir el amanecer en el evento claudican para buscar, quizá, otra forma de terminar la noche.

El Partido Nacionalista del Perú, hoy liderado por Nadine Heredia, nació como una de esas reuniones y una de las personas que al principio pintó para ser el ‘alma de la fiesta’, Marisol Espinoza, terminó, con los tacones en las manos y con la indignación que tiene alguien a quien le dieron ‘Carti’ por ‘Zacapa’, despidiéndose antes de tiempo. Al principio se le ofrecía muchas cosas a aquellos que formaban parte de las filas del nacionalismo, se hablaba de una gran transformación y hasta incluso de reivindicar ‘la gesta heroica de Manco Inca y Túpac Amaru II’. Era la fiesta zurda de la década. No solo parecía albergar una serie de proyectos dignos del interés de aquellos que predican el cambio de constitución y que vociferan en contra del ‘neo-liberalismo’, a diferencia de muchos proyectos con ese tinte, este tenía (y claramente tuvo) la apariencia de algo que podía conseguir una victoria.

Pero, llegada la fiesta, y llegado el momento de ejercer el poder, el anfitrión, ese que con vigor y pasión hablaba de su evento como la juerga para dominar a cualquier otra, se desinfló. Ollanta Humala se dejó embriagar por el poder y, aquel que daba la impresión de contagiar entusiasmo, aquel que prometía saber cómo organizar una reunión, demostró todo lo contrario, delegando el trabajo a una Nadine Heredia que por despotismo y por un exceso de favoritismos provocó la partida temprana de tantísimos que en un principio fueron leales.

Claro queda que muchos de los que se fueron de la fiesta fue porque, al tener los anfitriones que enfrentar una realidad distinta a la que predicaban en los discursos revolucionarios y destructivos, se cambió la empresa de catering. Humala y Heredia se dieron cuenta que los bocaditos velasquistas se habían podrido hace muchísimo tiempo y al cambiar a una opción más razonable, algunos asistentes, adictos irracionales a socialismos anacrónicos y fanáticos de las políticas que agravan la resaca, optaron por irse. Entre estos estaba Marisol Espinoza, que como muchos, juró rebeldemente por la constitución de 1979 y más adelante mostró férrea oposición contra la ‘Ley Pulpín’ y apoyó la presencia de Petro-Perú en el Lote 192 ¡Pero la culpa no es de los que se fueron! Un líder tiene que defender con firmeza las decisiones que toma y contagiar el valor de estas a aquellos que, en un principio, se comprometieron a seguirlo.

Lamentablemente para Ollanta Humala y para los que quedan, la fiesta no ha terminado. Hoy la bancada nacionalista no es nada más que un flaco recuerdo de lo que fue en un principio. Han perdido figuras importantes y no cabe duda que para las elecciones del 2016, con semejantes mutilaciones, no la van a tener fácil. La partida de Espinoza del partido implica también que en una posición tan importante, como lo es la vicepresidencia, el presidente ya no tiene aliados. Y, peor aún para Humala, la partida de una persona como Espinoza, tan vocal y con innegable influencia política, implica que hoy tiene en las filas opositoras un rival formidable que sabe mucho de los detalles que entraron a la organización de cierta ‘fiesta’ política. Hoy, lamentablemente, el anfitrión está más solo que nunca.