¡¡Dejen a los niños jugar como niños!!

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Hace siete años –en junio de 2007 para ser más exacto- escribí un artículo que titulaba “Déjenme jugar como niño” para la revista Internoticias, en el cual hice un breve análisis de la situación de los llamados “niños soldados” y de las formas en que participan –o pueden participar- en conflictos armados.

Por qué me he animado a tocar nuevamente este tema. A finales de la semana pasada, leí en la edición online de un periódico local el fallecimiento de un menor de apenas 10 años de edad en un atentado suicida perpetrado por el Ejército Islámico (o ISIS por sus siglas en inglés) en Iraq. Este hecho abre nuevamente el debate sobre la participación o no participación de menores en conflictos armados. Pero en esta entrega –a diferencia de mi artículo de 2007- hay una causa adicional a considerar, las motivaciones religiosas.

Antes de empezar hablemos un poco del Estado Islámico. En su artículo publicado el pasado 15 de septiembre, nuestro columnista Federico Prieto Celis, define al Estado Islámico como: “un califato autoritario, primitivo y salvaje, es lo contrario al Estado Fallido, que carece de una autoridad unificada e influyente –con prestigio nacional- que se considere representante real de un territorio”. A pesar de la definición que hace Federico Prieto del Ejército Islámico, este grupo terrorista tiene control de una parte importante de los territorios de Iraq y Siria, en la cual aplican sus propias leyes y han amenazado con llegar a dominar la Europa continental. El Estado Islámico está siendo combatido por el Kurdistán, que de manera rudimentaria y empleando mujeres [1]en sus fuerzas de choque, han logrado dar férrea batalla al Estado Islámico.

Retomando el tema que nos convoca. Este menor fue llevado por su padre a la zona de Siria que controla el Ejército Islámico a sabiendas que lo entregaba a una muerte segura. Por más que el Estatuto de Roma, delimita la participación de los niños y niñas en conflictos armados, a solamente labores domésticas y dentro de las bases militares, sin desarrollar acciones que pudiesen comprometer su seguridad, pero cuándo los menores son “enrolados” por sus propios padres por causas religiosas, qué hacer.

El caso de este menor, conocido también como el cachorro de Abu Bakr Bagdadi (cabecilla del Estado Islámico), es una demostración fehaciente que los terroristas del Estado Islámico no tienen límites, y por ello deben de ser combatidos con todo rigor.

Como mencioné en mi artículo de hace siete años, los niños deben jugar e ir a la escuela, y ser protegidos –en primera línea- por sus padres, los cuales no deben de arriesgarlos al peligro.

Occidente tiene el derecho y el deber de defender su existencia, ante un grupo terrorista que no conoce los límites más elementales como la defensa y respeto a la vida y desarrollo de los niños.

No olvidemos que la lucha contra el Ejército Islámico, no es solamente militar, sino también ideológica, puesto que muchos de los miembros de sus filas provienen de Europa; por lo cual el combate debe empezar desde adentro; es decir, en occidente. Protegiendo y formando en valores a nuestros niños y niñas a fin que se integren a nuestras sociedades y no se vean tentados por radicales como los del Ejército Islámico.

En cuanto al Derecho Internacional Humanitario, debe no solamente limitarse a pedir que en las legislaciones de cada país se reconozcan los derechos de niños, niñas y adolescentes, sino también obligar a todas las partes en conflicto, fuerzas regulares e irregulares, a mantener a los menores al margen de estas acciones.


[1] Según la “interpretación” más radical de El Corán, un combatiente que muera abatido en manos de una mujer, no alcanzará el paraíso.