[OPINIÓN] Del carnaval y lo carnavalesco en la literatura

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El carnaval como tradición popular ha variado a lo largo de los siglos en las diversas culturas occidentales. Con el paso del tiempo, el significado del carnaval se orientó hacia percepciones más mundanas hasta llegar al espectáculo que hoy se conoce en diversas partes del mundo. Sin embargo, su influencia en la cultura tuvo un giro inesperado en otro quehacer cultural: la literatura.

En efecto, los escritores, como intérpretes de la realidad humana, se apropiaron del lenguaje simbólico inherente en el carnaval. En realidad, el significado profundo del carnaval trasciende las diversas expresiones trasgresoras que lo identifican. En otras palabras, el carnaval va más allá de un mero trastocar de las instituciones sociales para encarnar el anhelo de renovación en el hombre, anhelo que la literatura recoge en toda su extensión.

Mijaíl Bajtín denominó la trasposición del lenguaje simbólico del carnaval hacia la literatura como “carnavalización”. Según el crítico ruso, el carnaval yuxtapone lo sagrado a lo profano, lo sublime a lo insignificante, la cordura a la locura. Si analizamos desde una perspectiva apocalíptica, la carnavalización literaria mide al mundo bajo un mismo rasero: metafóricamente, los valles se vuelven planicies, las cimas se allanan, el cordero pace con el león. Nada hay más trasgresor e innovador que mirar el mundo con nuevos ojos, con ojos de carnaval.

Siempre desde la perspectiva bajtiniana, la carnavalización literaria presenta cuatro categorías resaltantes: 1) el carnaval como espectáculo sincrético, 2) la existencia del carnaval en el mundo, 3) la excentricidad, y 4) la profanación. Las dos primeras categorías se han explicado con cierta profundidad en el artículo anterior. El sincretismo cultural dotó a la celebración pagana de un matiz más espiritual, suprimió la adoración a las deidades paganas colocando al hombre como el centro de la festividad. Por otro lado, el carnaval perdura hasta nuestros días, aunque su forma y sentido han variado notablemente.

En cuanto a la excentricidad y la profanación, ambas categorías se pueden explicar por sí mismas si se profundiza en el significado del carnaval a partir de la dimensión comunal del quehacer humano. Toda sociedad se establece por un pacto implícito entre los miembros que la componen. Dicho pacto se constituye, entonces, como el centro sobre el cual reposa y se derivan las diversas estructuras sociales que van regulando la vida en comunidad. En todas las culturas, sean occidentales o no, la base de ese pacto siempre ha sido el núcleo familiar, más o menos extendido.

Dicho lo anterior, tanto la excentricidad como la profanación parten del cuestionamiento que el hombre hace del mundo social establecido. La excentricidad, como su etimología lo indica, es el movimiento hacia fuera del centro articulador. En literatura, la historia, los personajes, los actos de la trama van desviándose de las estructuras centrales en trayectoria divergente, cismática. Justamente por esa disidencia en contra del orden establecido se produce la profanación de aquello que se considera más sagrado.

En todo caso, siempre desde la perspectiva literaria, estas cuatro categorías son estrategias escriturales usadas para crear obras que interpreten e interpelen la realidad que nos rodea. Es decir, la literatura recoge el espíritu trasgresor del carnaval para incorporarlo en el quehacer literario y así cuestionar al mundo, a la sociedad y al hombre. Ello presupone romper con la rutina y entrar en territorio prohibido por la convención social. La carnavalización en la literatura, entonces, responde al deseo de cambio, de renovación inherente a la naturaleza humana; hacer caso omiso a ella sería negar una de nuestras mejores cualidades.