Derecha Unida, por Alejandro Cavero

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¿Usted alguna vez ha oído la frase “La derecha unida jamás será vencida”? Es muy probable que no. Y simplemente no lo ha hecho porque este sector político de la sociedad nunca ha tenido la arrogante pretensión de ir unida en las elecciones, ni mucho menos.

Por el contrario, esto sí se ha escuchado de la izquierda, la cual ha intentado en innumerables ocasiones cohesionar bajo sus filas a una serie de caudillos en torno a un “programa de izquierda”. Sin embargo, tal pretensión siempre ha fracaso en el largo plazo. Y es que las pocas veces que la izquierda ha llegado unida a las contiendas, al poco tiempo se ha desmoronado. O, incluso, en otras oportunidades ha llegado al poder por intermedio de agrupaciones con tendencia  a la izquierda (llámense Apra, Fuerza Social o Acción Popular), pero no “unida”. ¿Por qué entonces la izquierda sigue con esta ilusoria pretensión de unirse? ¿Por qué siguen el señor Salomón Lerner (como manifestó en una entrevista hace algunos días en el diario El Comercio), el señor Marco Arana, Yehude Simón o Verónika Mendoza teniendo el sueño de creer que puede existir tal cosa como “una izquierda unida”?

La izquierda, como la derecha, son tendencias, no ideologías. Es decir, son concepciones del mundo, que entre sí, pueden ser al mismo tiempo muy disimiles. Es por ello que jamás a un derechista se le ocurriría buscar tal pretensión como “la derecha unida”, por la simple razón de que conoce el abismo ideológico que existe, por ejemplo, entre liberales y conservadores o entre fujimoristas y pepecistas.

Y no está mal que existan estas diferencias, no está mal que dentro de la derecha existan liberales y conservadores. Lo que es una ilusión es pensar que ambos podrían formar una sola agrupación porque la “derecha” como un todo es una sola forma de pensar. Lo mismo ocurre con la izquierda: dentro de esta existen muchas tendencias.

Es verdad que siempre es posible encontrar puntos de consenso comunes, quizá de una forma más sencilla que poder eventualmente encontrarlos con la derecha, por ejemplo. Sin embargo, estas situaciones ocurren solamente en contextos políticos en los cuales dichos consensos se vuelven indispensables para la propia sobrevivencia de todos los involucrados. Un caso de esto es, por ejemplo, la unión de la “derecha” en Venezuela frente al régimen chavista, que aunque tiene tendencias muy disimiles, la claridad del enemigo común fuerza la unión. Aunque, como queda claro, una vez caído el régimen, cada quien tomará nuevamente su camino.

La otra forma de unir a las tendencias de izquierda o de derecha, es a través de las instituciones. Aquí lo que puede existir es un partido con tendencias a la derecha y un partido con tendencias a la izquierda. Sin embargo, esto no es lo mismo que pretender la “unidad de toda la izquierda”. Lo que se puede ofrecer es una plataforma institucional que se autodenomine de izquierda, y que a través de mecanismos institucionales decida cual será el contenido ideológico de eso que ellos llaman “izquierda” (si es o no antiminera, o cree o no en reducir impuestos, por ejemplo). Pero ciertamente nunca logrará, por más institucionalizada que esté, abarcar a todo el espectro de tendencias, por lo que siempre existirán facciones que se le opongan. Y el secreto, por tanto, estará en intentar mantenerlas aisladas al interior del partido usando los mecanismos institucionales. Como es el caso, por ejemplo, de la facción del Tea Party dentro del Partido Republicano de Estados Unidos.

Pero como en el Perú ni siquiera podemos soñar con tener instituciones políticas de este vuelo, pensamos que puede existir un caudillo que aglutine a la izquierda y a todas sus tendencias. Las que aglutinan son las instituciones. Y respecto a estas, la izquierda ni siquiera las ha planteado en su debate para alcanzar la unificación. O, como dijimos, los contextos políticos particulares donde exista un enemigo común y poderoso a derrotar (que no es el caso peruano). Qué ilusos.