Detrás de Venezuela, las verdaderas motivaciones estadounidenses, por Daniel Ku Hop

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La crisis en la que se encuentra sumida Venezuela se remonta al siglo pasado. Desde el cambio de constitución allá por 1999 hasta el secuestro de Ledezma y Leopoldo López el día martes, Venezuela parece no tener respiro dentro de una vicisitud tan profunda, que parece no tener solución pacífica. En el plano internacional, múltiples estados y organizaciones han condenado el accionar del cada vez más dictador Nicolás Maduro; sin embargo, no existe pronunciamiento en contra del accionar gubernamental venezolano más controversial que el realizado por los Estados Unidos. La razón de esta polémica no se debe a que el discurso dado no haya sido el correcto, sino a que la imagen intervencionista estadounidense en Latinoamérica merma, en muchos sentidos, cualquier intensión del gigante norteamericano. No es ningún secreto que la política exterior norteamericana está basada en un juego de intereses más que en una profunda intención de mejorar la situación global. En ese sentido, el objetivo del presente artículo será el de explicar por qué, a pesar de lo que muchos creen, no es el potencial control de los yacimientos petroleros venezolanos el que motiva la injerencia norteamericana en Venezuela sino la lucha ideológica y el nacimiento de un posible nuevo exportador de cocaína.

Existe la justificada creencia popular de que, debido a los antecedentes de las intervenciones norteamericanas pasadas, la presencia de petróleo en los estados motiva las intervenciones estadounidenses. Sin embargo, en este caso en específico, no es esta la razón por las que Washington ha tomado tanto interés en el país sudamericano teniendo aún una serie de asuntos pendientes en el Medio y el Lejano Oriente. En el último año, el gobierno venezolano se ha visto obligado a disminuir los precios de exportación de su petróleo, acción que ha beneficiado en grandes dimensiones a Estados Unidos en su calidad de principal comprador del petróleo venezolano. A esto se le suma que el método del fracking, promovido principalmente por Estados Unidos, cada vez gana más adeptos alrededor del mundo a pesar del daño ecológico que este genera (aunque está claro que el gobierno de Trump no le presta atención alguna al factor ambiental). Por ende, teniendo una disminución fuerte de los precios del petróleo venezolano, y un desarrollo progresivo de la industria del fracking, lógicamente, el petróleo no es uno de los motivadores para Estados Unidos.

Habiendo eliminado una de las principales razones por las que Estados Unidos interviene en otros estados, es momento de identificar dos factores que explican mejor el creciente interés norteamericano en el estado bolivariano. Estos son la guerra contra las drogas y la lucha ideológica.

En el primer caso, desde que Reagan le declaró la guerra a las drogas en 1981, Estados Unidos ha invertido grandes cantidades de dinero en Latinoamérica. Tan solo en el Plan Colombia, proyecto que buscaba erradicar la producción de cocaína en el principal país exportador para Estados Unidos, el gobierno norteamericano ha invertido aproximadamente 10 billones de dólares entre el 2000 y el 2015 según cifras de la Oficina Nacional de Narcóticos Internacionales y Asuntos de Aplicación de la Ley. Tras 15 largos años de apoyo al gobierno colombiano y a pesar de los impases que surgieron en el proceso, la guerra contra las drogas en Colombia parece tener una luz al final del camino con las negociaciones de paz con las FARC. Sin embargo, tras la solución del problema colombiano, otro problema igual de grande está surgiendo; los principales productores de cocaína, quienes en su momento trabajaron en conjunto con las FARC, están mudando operaciones a una Venezuela que, debido a la enorme frontera que comparte con Colombia y la corrupción gubernamental, se ha convertido en el escenario perfecto para el desarrollo de la industria de la cocaína. El gobierno de Maduro, lejos de evitar que esto suceda, ha protegido a diversos altos funcionarios públicos acusados de tráfico ilícito de drogas por autoridades norteamericanas. Toda esta información salió a la luz cuando en Marzo del 2008, la milicia colombiana recuperó, de un campamento de las FARC, documentos, correspondencia y archivos electrónicos que relacionaban a altos funcionarios venezolanos con el comercio de drogas. Incluso, el primero de Agosto del 2016, la corte Distrital de Nueva York encontró culpables de tráfico de cocaína a dos oficiales contranarcóticos venezolanos. El General Néstor Luis Reverol, uno de los acusados, no solo retornó con toda la seguridad del caso a Venezuela, sino que actualmente es el Ministro del Interior del gobierno de Nicolás Maduro. Tras tantos años de guerra contra las drogas y dinero invertido en Colombia, no es un factor menor el traslado de la producción de cocaína a Venezuela. Por tanto, es lógico que Estados Unidos quiera evitar que la situación venezolana escale a niveles colombianos.

Por otro lado, la lucha ideológica en contra del comunismo/socialismo es otra de las razones por las que Estados Unidos tiene un creciente interés en Venezuela. Está claro que el lustro pasado fue de suma importancia para la izquierda liberal latinoamericana, puesto que varios políticos con este corte ideológico consiguieron llegar al poder y parecía que, al menos en la región, esta ideología triunfaba por encima de la derecha conservadora. Sin embargo, tras varios escándalos de corrupción y un importante reboost de la derecha, los gobiernos latinoamericanos dieron un giro importante en contra de la izquierda. Claros ejemplos de ello son el cambio Humala-PPK en Perú o el Fernandez-Macri en Argentina. Estos cambios son vistos con buenos ojos por los decisionmakers estadounidenses sin embargo aún tienen ciertos retos ideológicos en la región. La Venezuela de Maduro, la Bolivia de Morales y algunos otros gobiernos latinoamericanos con tendencia a la izquierda (aunque de manera más moderada), son los últimos bastiones resilientes de una ideología golpeada, por lo que Estados Unidos debería, en base a sus intereses, dar la estocada final. Maduro, uno de los últimos «caudillos» de la izquierda latinoamericana, y la fragilidad estatal que viene intentando maquillar con un autoritarismo dictatorial presentan la oportunidad perfecta para que EEUU logre tumbar a la izquierda en esta región puesto que, con la caída de este, quedarían pocos países con gobiernos de izquierda y una vez más la ideología promovida por EEUU se haría del control absoluto de la región.

A pesar de que no es el objetivo del artículo legitimizar las intervenciones estadounidenses en lo absoluto (es más, en este espacio se ha criticado en varias ocasiones a las mismas), se debe reconocer que Estados Unidos tiene en sus manos una oportunidad invaluable para cumplir con sus intereses, los cuales, al menos en esta ocasión, coinciden con los de una población golpeada. Venezuela ha sufrido lo suficiente. Venezuela necesita un cambio de gobierno, y por mucho que no guste escucharlo, Venezuela tiene en Estados Unidos una posibilidad de escape a esta situación.

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