Dicen que las comparaciones son odiosas, pero…

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Y ahora muchos se preguntan qué harán a partir del lunes, cuando el Mundial sea historia… Argentina y Alemania llegan a la Final, curiosamente los países de los dos papas que habitan en el Vaticano. Cualquier relación entre lo uno y lo otro sería teológicamente incierta, carente de sentido. Por si acaso, el portavoz vaticano ya ha explicado que es “muy improbable” que Francisco y Benedicto vean juntos la Final.

Pero también este hecho, que no deja de ser un espectáculo, permite analizar un poco más a fondo la realidad de estos dos países, más allá de lo futbolístico. Por Alemania, ciertamente, parece que la crisis no ha pasado. Asustan un poco los anuncios ofreciendo trabajo. Y preguntarse por las causas de esta buena salud puede ayudar a mantener lejos la crisis en aquellos países -como el Perú- que están en fase de expansión económica.

Una de las consecuencias de esta expansión parece que está siendo la creación de una clase media, concepto difícil de definir (se encuentran numerosos enfoque para ello), pero que en cierta manera se percibe. En octubre de 2013, una encuesta daba a conocer que el 70% de los peruanos se sienten como pertenecientes a la clase media. Ésta es una percepción, que probablemente no se corresponde con la realidad, pero indica la sensación de muchas personas de que su situación está mejorando en estos últimos años.

La clase media, en Europa, ha sido decisiva para la estabilidad. En España concretamente contribuyó decisivamente a que la transición a la democracia, en la segunda mitad de los años 70 del pasado siglo, se realizara sin las temidas turbulencias. Aun recuerdo los artículos en aquellos años de Walter Haubrich, mítico corresponsal del diario alemán “Frankfurter Allgemeine Zeitung”, prácticamente anunciando que aquello no podía ir bien. Fue bien, también porque con el cambio político y la reorientación de la economía en el franquismo, a partir de 1957, se fue creando una clase media que llegó ya bastante consolidada a ese momento histórico.

¿Por qué la clase media contribuye a la estabilidad? Porque en caso de turbulencias tiene algo que perder, algo que ha ido consolidando con esfuerzo. Por eso, las aventuras revolucionarias o golpistas no le interesan. Es una explicación simple, pero quizá no desacertada.

La crisis económica es la gran enemiga de la clase media. En España ya se habla de que la crisis, que dura ya sus 6 años, ha destruido la clase media. Quizá es exagerado, pero que se ha producido un daño que va a ser difícil de restañar, eso parece indudable.

Pues bien: ¿por qué en Alemania los efectos de la crisis han sido mucho menos acusados que en otros países europeos? A la hora de buscar explicaciones, quizá no sirva la vieja “psicología de los pueblos”, que fundamentalmente aportaba estereotipos. Aunque a veces te la encuentras inopinadamente. Aquí por ejemplo: había ido a recoger una maleta cerca del aeropuerto de Lima y, para poder llevármela, paré al primer taxi que pasaba. Estaba viejo y muy destartalado, pero el chofer, un hombre mayor, era sabio (pasa bastante: esos choferes que, con un carrito ya muy trabajado -a veces uno de esos “ticos” que, en realidad, ya no deberían estar circulando- han sacado adelante la familia también en los tiempos duros, han pensado mucho sobre la vida). Conversábamos sobre la crisis en Europa y me iba preguntando. No entendía cómo España había dado ese giro. Y le llegó al turno a Alemania: por qué allí la crisis no tenía tanto efecto. Argumenté lo que pude, me miró y me dijo:

– ¿Y no será que nunca han sido romanizados?. Quizá, sin que él eso supiera, pervivía por allí el viejo Max Weber y su idea de que el capitalismo nacía del calvinismo (o sea, de algo bien nórdico y poco romanizado), aunque Baviera -católica y romanizada-, en el sur de Alemania, está siendo ya en las últimas décadas uno de los motores económicos.

Pero al margen de teorías, quizá sean éstos algunos de los factores que explican la pujanza: de un lado, la fortaleza de la pequeña y mediana empresa. Siempre que pensamos en Alemania, se nos ocurren las grandes marcas automovilísticas, quizá la industria química o farmacéutica, grandes empresas de sonoros nombres. Allí están, en efecto, con su larga (y no siempre limpia) historia. Pero la gran fortaleza está en los miles de pequeñas y medianas empresas, de esos comerciantes orgullosos de su comercio, al que colocan un cartel cuando cumplen 50, 60 o 75 años. En contraste, ésta es una de las devastaciones de la crisis, por ejemplo, en España: tanta persona joven que se lanzó a crear una pequeña empresa y que ha tenido que abandonarla. Los bancos pequeños (las cajas de ahorro), embarcadas en dudosas aventuras constructivas, son ya incapaces de conceder los pequeños créditos que se necesitan para iniciar esas empresas. Miles de iniciativas han encontrado un fin abrupto. Será difícil recuperar todo ese tejido.

En coherencia con ello, está la fortaleza de la formación profesional o vocacional. Obtener un título de “maestro” (mecánico, techador, pastelero, carpintero, lo que sea) sigue siendo no sólo un motivo de orgullo sino también una inversión muy rentable: en la universidad sabíamos que muchos maestros artesanos ganaban más dinero con su profesión que los profesores principales. En comparación: en España la formación ha sido descuidada tradicionalmente. Sólo algunos centros forman una excepción, pero está muy difundida la mentalidad de que quien no va a la universidad no tiene un futuro brillante por delante.

En tercer lugar, quizá hay un elemento cultural. Es muy simple: les molesta que las cosas, las organizaciones, las empresas no funcionen bien. Cuando algo no funciona buscan soluciones. Quizá tienen excesiva fe en los cambios de las estructuras y no entienden por qué los cambios en ellas no siempre aportan mejoras (y eso que hay un dicho que recuerda que, al final, “el viejo Adán siempre está por ahí”, es decir, que a las estructuras les dan vida las personas), pero en muchas ocasiones ese esfuerzo da fruto. Por contra, en otros países (y no quisiera citar España otra vez) hay de partida un escepticismo respecto del cambio: ¿tú crees que sirve de algo? Entonces, ¿para qué intentarlo?

Todo esto le dije al viejo y sabio chofer del viejo y destartalado taxi. No le convencí. ¿Lo conseguiré esta vez con alguno de los lectores?

España ha servido de contraste; por eso, la imagen queda más negativa de lo que en realidad es; realmente llamativa es, por ejemplo, la dignidad con que está llevando la población la seriedad de la crisis, con la familia aguantando el peso. Ya habrá ocasión de hablar de ello. Y de Argentina, campeón o sub-campeón del mundo… en fútbol. Que no deja de ser un deporte, ¿un juego?.