Dickens: un agente de cambio para Inglaterra y para la literatura, por Ana Valeria Herrera

"Lo ejemplar de Dickens es que supo aprovechar esta popularidad para abordar problemas de la rígida Inglaterra victoriana",

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Hoy 9 de junio se cumplen 150 años de la muerte de Charles Dickens, autor de clásicos como Oliver Twist, Grandes esperanzas, David Copperfield, y Canción de Navidad. Recordarlo implica reconocer el poder de la literatura como herramienta de entretenimiento y de cambio.

“El Shakespeare de la novela”, como lo llama Stephen King, fue el novelista mejor pagado de su época junto a George Eliot. Ambos llegaron a recibir la cifra récord de diez mil libras esterlinas por una novela. Dickens vendió más de cien mil copias de David Copperfield (1950). Era un escritor en boca de todos dentro y fuera de Gran Bretaña.

Lo ejemplar de Dickens es que supo aprovechar esta popularidad para abordar problemas de la rígida Inglaterra victoriana. Con Oliver Twist (1837), criticó al gobierno británico por disminuir la ayuda publica a los pobres con el pretexto de motivarlos a trabajar. Dickens le permitió a lectores de distintos estratos sociales vivir la vida de Oliver, un huérfano que tiene que aprender a ser criminal para sobrevivir.

Oliver Twist también ilustró lo importante que es criar adecuadamente a los niños para tener mejores adultos. Dickens tuvo una niñez dura, tanto así que le pidió al autor de su biografía dejar en claro que su carácter es fruto de todo lo que le pasó antes de los trece años. Los niños de Dickens están llenos de conflictos por lo que, en vez idealizar la niñez como una edad de solo juego y risas, él comunicó que es necesario abordar sus preocupaciones.

Así, Oliver Twist abrió un nuevo camino en la literatura. Antes, los protagonistas de las obras literarias siempre eran adultos, pero después de esta obra, más escritores en el siglo XIX se interesaron en retratar al niño—como Brontë o Hardy—y ese interés nunca se detuvo. Harry Potter es hoy uno de los héroes más populares de la literatura.

Pero Dickens no se limitaba a criticar a unos y defender a otros. Él creía en el bien del ser humano y en que es posible cambiar y crecer. Por eso, personajes indiferentes y antipáticos como Ebenezer Scrooge de Canción de Navidad tienen momentos que dan pie a un cambio en su moral y en su forma de ver la vida que los vuelven bondadosos. La literatura, para él, podía funcionar como un catalizador de empatía y crecimiento.

Por si fuera poco, los cambios que él buscaba no se limitaban al comportamiento social e individual. En el prefacio de Martin Chuzzlewit, Dickens dice que en todas sus obras intentó demostrar la necesidad de reformas a favor de la higiene pública en Inglaterra, especialmente en las áreas marginadas. Leamos el comienzo de Casa desolada (1853) como ejemplo:

“Londres. Hace poco que ha terminado la temporada de San Miguel, y el Lord Canciller en su sala de Lincoln’s Inn’s. Un tiempo implacable de noviembre. Tanto barro en las calles como si las aguas acabaran de retirarse de la faz de la Tierra y no fuera nada extraño encontrarse con un megalosaurio de unos 40 pies chapaleando como un lagarto gigantesco Colina de Holborn arriba. Humo que baja de los sombreretes de las chimeneas creando una llovizna negra y blanda con copos de hollín del tamaño de verdaderos copos de nieve, que cabría imaginar de luto por la muerte del sol.”

Es un comienzo que genera asco en el lector. Todo es suciedad. El “barro” de las calles es excremento de caballo y basura. El humo mata al sol. Además, a lo largo de la novela la enfermedad—la gran amiga de la suciedad—acompaña a los personajes. Seis años después de Casa desolada, comenzó la construcción del sistema de alcantarillado en Londres. Antes de ser novelista, Dickens era periodista y siempre escribía artículos sobre la higiene pública, pero así no logró impulsar ningún cambio. Comprobó en carne y hueso que la ficción suele ser más efectiva que la no ficción para cambiar cómo piensan los demás.

Más allá de la crítica a la Inglaterra victoriana, también recordamos a Dickens por sus aportes a la literatura como arte. No solo demostró destreza en distintos géneros, como la comedia y la tragedia, sino que incluso creó uno nuevo: la “novela detectivesca”. Si bien C. Auguste Dupin, del cuento Los Crímenes de la calle Morgue de Edgar Allan Poe (1843) fue el primer detective profesional en la ficción, el Inspector Bucket de Casa Desolada (1853) de Dickens fue el primero en una novela y utilizó la palabra “detective” por primera vez.

También era particular la forma en la que publicaba sus novelas: por entregas mensuales o semanales en periódicos. Así, leer sus obras era más barato y masivo, por lo que no solo los ricos, y no solo los británicos, podían tener el privilegio de hacerlo. Su audiencia estadounidense esperaba la llegada de sus cuentos amontonados en los puertos de Nueva York. Este estilo de publicación le permitía escuchar opiniones y críticas sobre cada nuevo capítulo que salía y las tomaba en cuenta para los capítulos en proceso.

Dickens murió a los cincuenta y ocho años en su casa un nueve de junio. La noche anterior, mientras cenaba con su hija, cayó al suelo en un ataque de epilepsia y nunca recuperó la conciencia. El siguiente día, falleció. Pasó sus últimos días escribiendo la novela El misterio de Edwin Drood, que quedó inconclusa.

En los siguientes años, ni su popularidad ni su prestigio menguaron. En 2013, The Guardian nombró David Copperfield la decimoquinta mejor novela de la historia y hoy Dickens se enseña en todo el mundo, ya sea en las carreras de literatura o escritura creativa. Sin duda estos 150 años de su supervivencia en papel son solo los primeros.