Dinámica de una constituyente a la venezolana, por Benito Grisanti

"En Latinoamérica, la izquierda busca impulsar procesos constituyentes porque detrás de la llamada a una nueva Constitución está la creación de una fórmula elástica con el fin de subordinar los poderes públicos a la autoridad de la Asamblea".

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En Latinoamérica, la izquierda busca impulsar procesos constituyentes porque detrás de la llamada a una nueva Constitución está la creación de una fórmula elástica con el fin de subordinar los poderes públicos a la autoridad de la Asamblea y, luego, una vez subordinados, empezar a infiltrar en ellos a sus correligionarios.

El éxito del asalto revolucionario al poder radica en el intento por recubrir de legitimidad un proceso dictatorial de infiltración y toma de las instituciones.

En este sentido, la constituyente es un acto político. No tiene nada que ver con el derecho, el constitucionalismo moderno o los derechos de tercera generación. Sería un grave error analizar el motivo de una nueva Constitución desde una perspectiva técnica o especializada.

Si ese acto político irrumpe y prevalece, si la extrema izquierda logra hacerse con los poderes del Estado, la nueva Constitución y sus normas pasarán a ser sus primeras víctimas y ella no será otra cosa que una recopilación vacía de palabras intrascendentes.

El brazo político de Sendero Luminoso pretende jugar con el hartazgo de la gente. Para ello es necesario crear canciones de protesta que legitimen el eslogan constituyente y denuncien la forma tradicional de selección de los cargos y los “acuerdos partidistas sin control democrático”. Si nos quedamos estancados en ese plano, nos harán pensar que poseen el mayor compromiso democrático y no un cochino interés por el poder, mientras lanzan, una arremetida totalitaria en el Perú, como ya lo hicieron en Venezuela.

El primer paso dentro de una dinámica constituyente a la venezolana consiste en aprovechar y alargar una posible victoria electoral y volcarla en la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Es decir, llamar a una constituyente a través de un referendo consultivo, en donde, se estire el valor de ese referendo hasta que él, en la práctica, equivalga una reforma constitucional (por supuesto franqueando los enrevesados pasos para una reforma). De esa forma, luego de ganar el control decisivo dentro de la Asamblea, se consigue escudar un ataque a la independencia y a la separación de los poderes detrás de una concepción originaria, total y amplia, tan omnipotente como inconstitucional que facilite crear un órgano que se sitúe en la cúspide de la pirámide y que tenga el control de todos los poderes del Estado y, así, poder validar “democráticamente” la intervención de los poderes del Estado por esta Asamblea en medio de la fiesta electoral (y la indiferencia).

El segundo paso es crear un estado de alarma. Una vez instalada la Asamblea organizarán (a través de decretos) crisis y emergencias. No solo porque es la única forma como la izquierda sabe gobernar, sino porque ello justificará la manipulación de la independencia de los poderes y el ataque al Estado de derecho.

En ese sentido, las justificaciones circulares de su nuevo poder darán vida a aquellos decretos de urgencia con los cuales planean legitimar el control y la reforma, así como la manipulación de los órganos administrativos, de los poderes. A través de ellos, intentarán eliminar o nulificar la figura del congreso, decretarán la “emergencia judicial” que posibilite su intervención del poder judicial, nombrando, destituyendo o designando nuevos magistrados, interviniendo, por una supuesta “lucha contra la corrupción” a su órgano disciplinario y actualizando una judicatura bajo el tenebroso principio de la libre remoción. Esto es, el establecimiento de un pesado traje burocrático, fuera del ojo público, que autorice el control de los órganos y de los altos funcionarios y, al mismo tiempo, posibilite la infiltración en esos altos puestos del Estado, de funcionarios ideológicamente comprometidos (a saber, en términos más coloquiales, infiltrar en los puestos claves y en nuestras propias narices, a sus hombres).

El tercer paso es el desarrollo natural del segundo: la subordinación e infiltración de los poderes del Estado por medio de su reorganización. En pocas palabras, alterar fuera del ojo público y de una manera sutil las estructuras más íntimas de un Estado y de una Sociedad.

Esa es su idea de “control ciudadano”: un orden de emergencia “transitorio” que será permanente y que permita seleccionar a dedo a los funcionarios. Ninguna de las personas de a pie que defienden la nueva Constitución, con tanto fanatismo, se leerá los diarios de debate o le seguirá el rastro a los decretos y a todo el traje burocrático que recubre a este mecanismo. Por eso, son los jueces quienes cavarán su propia tumba si por razones estrictamente técnicas deciden ignorar la sincera y genuina creencia totalitaria y radical de sus adversarios y no llevan adelante la impopular defensa a las formas democráticas.

Por último, hay que tener presente que salvo difusas palabras y compromisos al voto popular y salvo los sesudos análisis expertos, la Asamblea Constituyente, en la práctica, será un órgano que no se podrá controlar. Jamás hay que perder de vista que detrás de la sobradez y confianza de algunos yace la realidad política del experimento que confiere la concentración de un inmenso poder en manos de un grupo cerrado de personas.

Con una Asamblea Constituyente instalada, estas personas podrán hacer cesar al Congreso o manejar, por ellos, a su órgano administrativo, podrían asumir las funciones del poder legislativo e intervenir su administración (que podría ser expansiva tanto a nivel nacional como regional). Una concentración de esa naturaleza podría, también, destituir a los magistrados, tomar control de su órgano disciplinario, mientras en el ínterin, insertan la primera ola de los funcionarios comprometidos dentro de los puestos claves del Estado. Una vez instalada no habrá ninguna garantía certera y palpable de su control.

Por esta razón, lo que corresponde es una acción preventiva, en donde se insista, una y otra vez, con toda la terquedad de una madurez democrática, en la resoluta defensa de las formas democráticas y de las reglas de juego. La insistencia obstinada en la necesidad, previa a la Constituyente, de reformar la Constitución y, por ello, de pasar obligatoriamente por las mayorías cualificadas y plurales del Congreso. Muchas lágrimas nos hubiésemos ahorrado los venezolanos gracias a una insistencia madura en las frías formas constitucionales.

Toca, por tanto, defender la mal llamada democracia procedimental, las formas democráticas, el seguimiento fiel a los pasos del juego democrático y la independencia de los poderes del Estado, poderes, que se querrán concentrar a través de una Constituyente. Objetar, asimismo y siguiendo la experiencia venezolana, la práctica de los decretos Carmona, es decir, la idea idiota en un golpe de Estado “salvador” que lo único que traería, además de mayor zozobra, sería una excusa perfecta para depurar el poder militar, romper su independencia, infiltrarlo y traerlo, de su papel secundario, al eje central de la vida pública.

Por este cúmulo de razones, por todo lo que he intentado defender en este ensayo, está claro, por lo menos para mí, que un hombre a quien lo mueve el himno de Sendero Luminoso solo puede tener como modelo a Venezuela, mi país. Su condición de outsider solo garantiza su condición de outsider. No garantiza una lucha eficaz contra la corrupción. No garantiza un genuino compromiso democrático. Es más, son sus nexos y amistades quienes revelan mejor sus verdaderas intenciones. Seguramente, si gana, los ricos pasarán a ser pobres, tal como lo promete, pero los pobres pasarán a ser miserables.

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