Diseñado para leer

517

Aprendí a leer cuando tenía algo más de dos años porque, según cuenta mi madre, ella prefirió enseñarme a leer (con el libro de Coquito, por supuesto) que tomarse la molestia de leerme un cuento todas las noches. Contrario a lo que muchos podrían pensar, leer desde muy temprana edad no hizo mi vida más fácil: Los primeros años de colegio fueron muy aburridos y terminé por detestar leer, especialmente cuando llegué a la secundaria y tuve que leer “Los ríos profundos”. Creo que los ríos eran tan profundos para mi adolescente edad, que cada dos líneas me sumergían en el somnoliento mundo de los andes peruanos.

Luego, en la universidad, leer se convirtió en una responsabilidad. Y después al empezar a trabajar, un instrumento de trabajo más. Pero admiraba a la gente que cada dos semanas te comentaba un libro nuevo o a la gente que leía antes de dormir. Yo no podía. Me aburría, me dormía! Por suerte, empecé a viajar y mi rechazo por los libros, se convirtió en una deboradora ansiedad por leer. Volví a ser la niña que a los 2 años y medio aprendió a leer para poder leerse a sí misma antes de dormir.

En el 2013 vivía en Lima, y pasaba 3 horas aproximadamente en el transporte público. Tres horas en las que intentaba leer; mientras hacía equilibrio sosteniéndome del pasamano y cargando la mochila del gym; mientras sostenía el libro y cuidaba que nadie me saque el celular de la cartera; mientras pasaba la página y me fijaba que el viejito “mañosón” del costado no se me pegue mucho. Complicada tarea. Ahora vivo en Melbourne y puedo leer sin hacer tantos malabares (aunque aún no sé si pueda cumplir con mi “Reading Challenge 2015”); lo cual me hace pensar en que los espacios públicos son determinantes para construir a una sociedad lectora.

Que el transporte público te permita leer es básico, pero además es necesario crear espacios para leer, compartir, intercambiar y vender libros. En Melbourne hay una pequeña librería, o más bien un librero, en el centro comercial más importante de la ciudad. Puedes llevarte el libro que quieras, siempre que lo devuelvas o dejes otro a cambio. Una idea similar encontré en una de las estaciones de tren de Londres, en donde también convirtieron cabinas de teléfono en pequeños espacios de intercambio. Los cafés, hoteles y hostels son también espacios de intercambio. En Lima existen algunos lugares, ¿pero son suficientes para convertirnos en una sociedad lectora? ¿Será posible en el Perú?

bfb6a282825f2793f21c7505bf585bff1