Donde nacen los derechos, por Franco Mori Petrovich

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La piedra angular sobre la cual se sostienen los derechos es la vida humana. Ella encabeza los primeros artículos de las cartas magnas de cada país, como en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), pero son numerosos los instrumentos internacionales donde se estipula que el derecho a la vida es inalienable, fundamental y no negociable. Por ejemplo, el Pacto de San José es claro cuando dice “nadie puede ser privado de la vida arbitrariamente”. Entre otras fórmulas jurídicas que avalan el carácter primordial de este derecho están la Convención de los Derechos del Niño, el Código Civil Peruano, el Código de los Niños y Adolescentes, entre otras declaraciones.
El resto de garantías esenciales, pues, tienen su arraigo en lo señalado y en beneficio del ejercicio pleno de nuestras cualidades, nuestra inteligencia, talento y espiritualidad [1]. Por consiguiente, la argumento contrario “si no ha nacido no necesariamente será sujeto de derecho” termina siendo una herramienta falaz, proveniente de la construcción de un discurso manipulador, si no ideológico. Y es que, cómo no, la existencia minúscula de uno mismo, pese a que se encuentra ya amparada por las normas, adquiere valor por dicha existencia con proyección de cualidades, inteligencia, talento y espiritualidad. En este sentido, la ciencia y el derecho no se dejan engañar: Ya es y seguirá siendo sujeto de derecho, salvo se incurra en el delito del aborto[2].

Se alega, por otra parte, el conflicto de derechos fundamentales entre mujer y niño con la finalidad de favorecer el aborto en casos de violación. Bajo la figura de la ponderación, se pretende proteger únicamente los derechos que rodean a la mujer porque los del niño por nacer recién serán válidos, se dice, a partir del nacimiento. Antes, el niño por nacer es cualquier cosa excepto humano. Pero lo que a simple vista pretende ser una locución racional es, pues, una nueva manipulación en el sentido de que la figura del conflicto de derechos no se utiliza para legitimar uno sobre otro sino para buscar una solución armónica e integrada. Un derecho sí procede y el otro se pisotea, es decir, lo que plantea el sector al que yo he denominado en otra oportunidad como ‘seudo-feminista’. La lógica constitucional, entonces, siempre debe armonizar las situaciones en donde aparentemente los derechos de uno se crucen con los de otro. De otra forma, ¿cómo permitiríamos que nuestra sociedad legalice el aborto atentando así contra un artículo fundamental de nuestra constitución? ¿Para qué sirve, entonces, la constitución?

Con estos y otros argumentos, dicho sector inyecta este falso litigio en los medios de comunicación, utilizando además nociones alteradas de la ciencia, por pura arbitrariedad y de un alto carácter persuasivo, por ejemplo, la falaz postulación de que antes del nacimiento o de los cuatro, cinco o seis meses de embarazo no existe un ser humano sino un cúmulo de células calificadas despectivamente como parásitos. Y se dice con convicción, como si la ciencia embriológica estuviera todavía en una etapa aborigen, inmadura, vacua. Sin embargo, ya muchos investigadores y docentes han descrito en extensos libros o ensayos la condición humana de aquél que se desarrolla en el vientre materno. Uno de los principales referentes universales es Langman, autor de Embriología Médica, por su finísima descripción de los primeros meses de vida de una persona.

Los aportes de Langman y otros autores (no sólo del campo de la medicina, sino de la ciencia en general), permiten sustentar el inciso 2 del primer artículo de nuestra Constitución, que dice “el concebido es sujeto de derecho en todo cuanto le favorece”.

Pero, como para algunos no es válido este subtítulo porque, qué se yo, fuera redactado en el marco de la dictadura fujimorista, habríamos de remitirnos entonces a lo expresado por la carta magna de 1979, que ratifica lo dicho por la actual y define al concebido como ‘niño por nacer’. Y eso, que la del 79 fue redactada por fuerzas políticas históricamente enfrentadas, como el Apra, PPC, partidos socialistas y hasta comunistas. La carta magna anterior, la de 1933, no pudo contemplar un inciso provida porque el contexto lo impedía. Aquella época primaba la problemática de la nacionalidad y las migraciones, por consiguiente el derecho a la vida tenía relación directa con ello. Asi mismo, la de 1920 enfatizaba que el Estado defiende el derecho a la vida de todos los peruanos por igual, sin distinción alguna aunque enfatizando la condena hacia todo tipo de esclavitud.

En conclusión, sin ánimos de desviarme tanto y disculpen que lo haya hecho, la Constitución Política del Perú ha ido evolucionando y perfeccionándose con el pasar del tiempo, principalmente en materia del derecho a la vida. Al siglo XXI llega a ser más inclusiva por cuanto respeta a la minoría más vulnerable de todas: el niño por nacer. Y es desde ahí donde nacen el resto de derechos.

[1] El portal de la ONU define qué son los derechos humanos, dejando entrever la idea interpretada en el presente texto. http://www.un.org/es/rights/overvie…
[2] A excepción del aborto terapéutico, que lamentablemente ya está normalizado en el país, pese a que no existen registros de prácticas abortivas.

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