Dormidos al volante, por Nathalie Paz Alcázar

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Han pasado ya 12 meses desde que la mitad del país miraba con gran preocupación la eventual toma de mando del presidente Castillo. Cinco meses desde que cierto escritor afirmó en una columna de opinión que los sectores que advertíamos que Pedro Castillo era un personaje sumamente peligroso, habíamos “fallado clamorosamente en el diagnóstico”.

Aquel no fue otro sino Renato Cisneros, quien en una ocasión minimizó nuestras denuncias diciendo irónicamente que “según ellos – los que advertimos el desastre que iba a ser Castillo – la aplanadora marxista iba a copar las instituciones del Estado, carcomer la democracia, secuestrar la libertad, arruinar la bonanza económica que por tantos años ´nos acompañó´…”. Según Cisneros estas advertencias fueron erradas. No sé sobre qué país estaría hablando, pero en el país que yo he visto los últimos 12 meses, se han cumplido todas estas “profecías” y muchas más. La izquierda ha copado todas las instituciones del Estado con sus peores cuadros – hemos tenido ministros asesinos, violadores, maltratadores durante este des-Gobierno.

La izquierda progresista y radical ha permitido que se secuestre la libertad de la manera más literal: ronderos obligando a periodistas a trasmitir un mensaje a favor del Gobierno en señal abierta. Esto ha sido justificado por la izquierda con su usual paternalismo sin sentido de “el indio bueno” donde somos nosotros los que estamos mal y quienes no entendemos que así se hacen las cosas en Cajamarca. Ninguna oportunidad es desperdiciada para llevar la conversación a llamarnos racistas y clasistas, por supuesto.

Cisneros continuaba afirmando que a lo que le teníamos miedo era al “ensombrerado profesor de Chota”, repitiendo la opinión simplista y poco inteligente de que lo que asustaba de Pedro Castillo era su lugar de origen, cuando el 45% de los presidentes desde 1950 hasta ahora han sido provincianos. No señor, se veía a leguas que Castillo sería un desastre para el Perú por su incompetencia, su nula capacidad moral, y su odio por la mitad de los peruanos – no por ser chotano.

No sorprende entonces, el porqué de la parálisis política en la que nos encontramos, donde, como dijo Cayetana Alvárez en una reciente entrevista, la política peruana es un reality show que miramos embobados ya sea por desinterés o por resignación. Mientras que personajes de alta influencia sigan minimizando la catástrofe que es este gobierno y retorciendo cada suceso para encontrar la manera de relacionarlo al fantasma naranja que los persigue, nos quedan 48 largos meses de ir dormidos al volante.

¿Salir a marchar? ¿Nuevas elecciones? ¿Se van todos? ¿Se queda el Congreso? ¿Será la vicepresidente peor que el presidente? Preguntas que lamentablemente nos hemos hecho más de una vez en los últimos años y para las cuáles no hay respuestas claras. La deprimente realidad es que, con o sin Castillo, el futuro de nuestro país no viste de optimismo si es que éste está en las manos de la tan desprestigiada clase política que tenemos. Desprestigiada no solo por la corrupción – que tiene sus raíces enredadas en lo más profundo de nuestras instituciones – si no por el enfrentamiento constante que se empeñan en tener por los detalles más absurdos. ¿De verdad no hay nada que tengamos en común la gran mayoría de peruanos? Esa es la impresión que da el día a día en este triste reality show. El “yo no marcho con caviares” o “yo no marcho con golpistas”, el “blancos e indios”, el “Lima y provincias”, el “tu votaste por Castillo/Keiko/nulo y no te lo perdonaré jamás”, el “tu creíste que hubo fraude”, etc. Todas estas actitudes reflejan la inmadurez del pueblo peruano, ejemplificada en nuestros representantes. El problema, el problema real, es que estamos tan enfocados en pelear entre nosotros que le dejamos camino abierto a los que están dispuestos a destrozar el país por 20 mil dólares.

 

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