Dos discursos, por Daniel Masnjak

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Era el 26 de junio de 1963. El Presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, estaba parado en el balcón del ayuntamiento de Tempelhof-Schöneberg, Berlín. Se cumplían quince años desde el inicio del bloqueo de la ciudad y dos desde que la Unión Soviética construyó el infame muro. “La libertad tiene muchas dificultades y la democracia no es perfecta, pero nunca hemos tenido que construir un muro para mantener a nuestra gente adentro”, dijo JFK.

Es interesante el tono del discurso, conocido como “Ich bin ein berliner” o “Yo soy berlinés”. En varias partes, Kennedy se empeñó en comparar la vida en ambos lados del muro. “Hay algunos que dicen que el comunismo es la ola del futuro. Que vengan a Berlín. […] Hay incluso unos pocos que dicen que […] nos permite tener progreso económico […] Que vengan a Berlín”. Para él, era central resaltar las diferencias entre el mundo libre y el mundo comunista, diferencia que debía hacer del vivir en el lado oeste de la ciudad un motivo de orgullo.

Pero el contexto es clave para comprender la importancia del mensaje. Las dos potencias se encontraban en carrera desde hacía más de diez años. La Unión Soviética ya había conseguido armas nucleares y en 1961, había ejecutado la misión Vostok 1, con la que Gagarin se convirtió en el primer hombre en salir al espacio. También debe tenerse en mente la crisis de los misiles de 1962. Ante la posibilidad de perder influencia por los avances soviéticos, de que más gente creyera que “el comunismo es la ola del futuro”, la existencia del muro no podía dejar de ser explotada políticamente. Era “una muy buena vara para usar contra los soviéticos”, dijo alguna vez el consejero en temas de seguridad nacional de Kennedy, McGeorge Bundy.

Más de veinte años después la situación era muy distinta. Según Jack Matlock, exembajador americano en Moscú, tras el desastre nuclear de Chernóbil, la URSS tuvo que afrontar el hecho de que había gastado demasiado en armas que jamás utilizaría. Además, habían comenzado a quedar atrás en la carrera del desarrollo de tecnología, no solo frente a Estados Unidos, sino también frente a Japón y Corea del Sur. Eso, sumado a crecientes dificultades económicas y la imposibilidad de concretar una victoria en la guerra de Afganistán, terminaba de poner en duda su status de potencia.

Es así que en junio de 1987, otro presidente americano volvió a poner a Berlín en el centro de la política exterior estadounidense. Ronald Reagan, desde la puerta de Brandeburgo, recordó al exsecretario de la URSS, Nikita Khrushchev. “En los años cincuenta, Khrushchev predijo: ‘Los enterraremos’. Pero en el Oeste hoy, vemos un mundo libre que ha alcanzado niveles de prosperidad y bienestar sin precedentes en la historia de la humanidad”. A lo que agregó, “En el mundo comunista, vemos fracaso, retraso tecnológico, decadentes estándares de salud”.

Entonces, al igual que Kennedy, Reagan recordó la diferencia ideológica entre ambos Estados, “la libertad lleva a la prosperidad”. Pero ya no era el consuelo de tener más libertad a pesar de estar detrás en la carrera espacial. Por el contrario, era la forma de  restregarle al rival el fracaso de su sistema. Ya no se trataba de reforzar la identidad de Berlín Oeste, sino que Reagan podía darse el lujo de dirigirse al propio Gorbachov desde el podio y cerrar su discurso exigiéndole “¡Sr. Gorbachov, derribe este muro!”