Dos recuerdos del historiador José Agustín de la Puente Candamo, por Michel Laguerre Kleimann

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El pasado 5 de febrero nos dejó el distinguido historiador José Agustín de la Puente Candamo, hombre íntegro que se preocupó por estudiar y difundir la historia del Perú de manera optimista y alejada de críticas no constructivas.

De estricta vocación de servicio y humildad, ambas adquiridas gracias a su sólida fe cristiana, tenía el raro atributo de evitar expresarse negativamente de otras personas. Esto de por sí nos muestra algunas características propias de un hombre superior en lo cotidiano de la vida diaria, ubicándolo como un fiel representante de los ideales de un buen ciudadano.

Estas cualidades morales se complementaron magníficamente con sus dotes de historiador y docente, creándose un personaje amable, coherente, caballeresco y sencillo. Personalmente, tengo dos pequeñas experiencias que me confirmaron lo anteriormente escrito.

La primera se dio en el año 2012, cuando le llevé el libro Miguel Grau, de su autoría, para que me lo dedicase. Lo encontré en un aula de Estudios Generales Letras de la Pontificia Universidad Católica del Perú; aproveché la oportunidad e ingresé despacio para escuchar su clase. Me pareció impresionante su fuerza intelectual y la paz que irradiaba en el aula. Me acerqué y presenté, aceptando con mucho agrado brindarme su autógrafa, que guardo con mucho aprecio.

La segunda oportunidad se dio a los dos años, cuando la Marina de Guerra del Perú conmemoró 180 años del nacimiento de Miguel Grau. El Alto Mando Naval decidió convocarlo para que brindase una conferencia magistral ante un auditorio compuesto por ex ministros de Marina, ex Comandantes Generales de Marina y antiguos Oficiales Almirantes, así como algunas autoridades civiles y navales de entonces. El ingreso del doctor De la Puente al salón Grau de la Comandancia General de la Marina, motivó a los Oficiales Almirantes acercarse sonrientes y contentos para saludarlo, recordar añejas anécdotas y compartir un momento con el otrora maestro, asesor y amigo. Lo que vi me sorprendió gratamente por la unanimidad de sincero y espontáneo aprecio demostrado por los antiguos mandos institucionales ante el insigne historiador, quien, al sentarse en la mesa de honor, dio lúcida cátedra sobre la vida del Peruano del Milenio. En aquella oportunidad se movieron ánimos y sentimientos a causa de sus palabras, puesto que escuchar hablarle de Grau fue un privilegio que nos regaló a todos los presentes.