Editorial: Delirio panamericano

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La tragedia en Piura, que ahora se ha extendido a más regiones del país, puso en debate, inusitadamente, el tema de la organización de los Juegos Panamericanos. La propuesta de renunciar a ser anfitriones del evento llegó desde la Confiep. Empero, pronto tomó un cause político propiciado por quienes buscaron confeccionar una falsa disyuntiva entre la realización del evento y buscar proporcionar ayuda a los afectados por los huaicos. Lo cierto, sin embargo, es que existe presupuesto suficiente para auxiliar a los damnificados, e incluso este supera considerablemente el que estaría destinado para los Panamericanos. Pero la circunstancia vuelve a poner sobre la mesa la importante discusión sobre si verdaderamente vale la pena que este evento se lleve a cabo en nuestro país, y todo parece indicar que no.

El Perú fue elegido como cede en el 2013, durante el gobierno de Ollanta Humala. Desde ese entonces no existe un estudio de rentabilidad para el proyecto y hasta el día de hoy no se sabe exactamente cuánto costará llevarlo a cabo. La estimación, por el momento, es de mil millones de soles. No obstante, usando los antecedentes que nos deja la ejecución de eventos similares en otros países, se acostumbra a que se exceda aquello que se planea gastar. Esto se hace más relevante si se toma en cuenta que aún hay obras por construirse que no han sido concesionadas y la premura por llevarlas a cabo de seguro no llevará a que las empresas abaraten los costos de construcción.

Sí, muchos sugerirán que la realización del evento puede traer consigo una serie de recompensas económicas. No obstante, las evidencias demuestran que la llegada de estas es muy difícil de garantizar. En lo que respecta al turismo, por ejemplo, podemos usar como referencia los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Según un artículo del New York Times, Londres recibió 5% menos turistas mientras se llevaba a cabo el evento y los que sí visitaron la ciudad lo hacían más que nada que con el propósito de asistir a la competencia. Así, por ejemplo, en agosto del 2012 se registraron 22% menos personas visitando el Museo Británico comparado con el año anterior y algunas obras de teatro fueron suspendidas. Claro, los turistas que llegaron con motivo de las olimpiadas gastaron más dinero que los turistas comunes, pero, al mismo tiempo, el Estado gastó mucho más dinero haciendo publicidad para atraerlos.

¿El caso de Perú llevando a cabo los juegos Panamericanos puede ser diferente? Quizá. Sin embargo, el riesgo que supone esta inversión sin garantías de retorno es uno que muchos peruanos no querrán que el Estado ejecute con su dinero.

Pero más allá de la circunstancia económica, está la realidad administrativa. Han pasado poco más de tres años desde que el Perú fue elegido como sede. En ese lapso ha habido dos comités organizadores y han sido presididos por tres personas distintas, hoy lo asume el señor Carlos Neuhaus. También existe un importante retraso en las obras, que no están cumpliendo con lo previsto por el Plan Maestro, como lo constató Contraloría en febrero de este año. La Villa Deportiva donde dormirán los atletas, por ejemplo, presentaba un avance de 13% cuando debía estar a 25% y las obras de la Videna, el Callao y San Isidro no superan el 25%, pese a que deberían estar a 32%. La verdadera preocupación, entonces, es que no se vaya a tener las obras listas para cuando se inicien los juegos.  Considerando que aún hay estructuras por empezar a construirse (y que tienen que pasar por una serie de trámites que pueden durar hasta un año), no es un reparo sin asidero.

Ante esta situación el Perú no solo corre el riesgo de desembolsar una cantidad importante de dinero sin verdadera garantía de retorno, también se arriesga a la vergüenza de llevar a cabo un evento precariamente organizado. Y cuando se tiene los ojos de parte importante del mundo encima, eso puede ser fatal para nuestra reputación.

Lima, de renunciar a la organización de los Juegos Panamericanos, se sumaría la lista de varias ciudades que han optado por lo mismo, más que nada por lo excesivo del gasto. Budapest, ha renunciado a ser anfitrión de las olimpiadas 2024 y lo mismo ha sucedido con Roma, Boston y Hamburgo. Nosotros deberíamos evaluar tomar la misma medida. No en aras de destinar fondos a otro lugar, pues hay plata para todo, solo que tiene que gastarse bien. Deberíamos salir para ahorrar el inmenso costo fiscal y, al mismo tiempo, para ahorrarnos la humillación de un proyecto que empezó mal.

Quizá los gobiernos anteriores buscaron ser anfitriones de los Juegos Panamericanos 2019 para hacerse de la gloria efímera que ello trae. Por esta razón queda claro que el gobierno de Kuczynski no es culpable de que esta carga hoy pese sobre el Perú, pero sí es responsable de no dejarse llevar por un delirio panamericano que podría hacerlo brillar como líder frente a la comunidad internacional. PPK tiene que optar por lo que será, objetivamente, mejor para el país.