Editorial: Distopía

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Hace unos años, o incluso hace unos meses, hablar de la posible asunción de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos habría sonado como un delirio distópico. Casi habría sonado tan inverosímil como las ficciones presentadas en novelas como ‘Un mundo feliz’ de Huxley o ‘1984’ de Orwell. Sin embargo, hoy la posibilidad no resulta tan remota y, aunque disparatada si se toman en cuenta los antecedentes del hoy candidato republicano, el hecho es que Trump puede llegar al poder luego de las elecciones de mañana.

Y, sin duda, el prospecto de Trump como presidente es aterrador. Las únicas credenciales que el candidato logra mostrar son su pasado como celebridad televisiva y su condición de magnate, esto último a través de negocios que, a lo largo de la campaña, se han mostrado plagados de irregularidades tributarias. Si a eso se le suma su gusto por proferir insultos a sus adversarios, su vena xenofóbica y sexista y, por supuesto, su demostrada voluntad proteccionista y aislacionista que desafía la forma en la que el país se ha manejado en los últimos años, lo que se tiene es un cóctel nocivo que hará peligrar, por la importancia del país que liderará, las estructuras  del orden mundial.

Sorprende, entonces, que se haya podido llegar hasta este punto, al fin y al cabo los candidatos populistas, en los últimos tiempos, habían estado confinados a América Latina y en Estados Unidos, mal que bien, lo que se había tenido han sido personajes con perfil estadista y con antecedentes académicos y laborales respetables, cuando menos.

Trump, sin duda, ha sabido apelar a los más bajos instintos de los ciudadanos estadounidenses, cosechando los temores  más básicos del electorado con respecto a los migrantes y al rol del país en los asuntos internacionales. El discurso simplón de Trump, con lenguaje rudimentario y frases fácilmente evocables, ha sintonizado fácilmente con muchos, a pesar de que el candidato haya dado pocas luces sobre cómo pasará del dicho al hecho.

Por ejemplo, Trump ha hablado de una supuesta estrategia para combatir al Estado Islámico y, convenientemente, no brindará detalles de dicho plan para no advertir al enemigo. Lo mismo sucede con la peligrosa promesa de construir un muro en la frontera con México, sin que se entienda cómo hará para forzar a su vecino sureño a costear el proyecto, como dice que lo hará.

Pero no todo recae en cómo Trump sugiere que cumplirá con sus promesas, también ha demostrado poca valoración a la institucionalidad democrática de su país. La sugerencia de que no aceptaría los resultados de las elecciones de no ser elegido, dejaría en vilo la legitimidad de Clinton como presidenta y sentaría un precedente nunca antes visto en la política estadounidense.

Muchos optarán por Donald Trump como una forma de no votar por Hillary Clinton que, sin duda, se aleja de ser una candidata ideal, pero ante la disyuntiva la demócrata demuestra un conservadurismo que dará mayor estabilidad a la posición. Algunos también lo harán por su adhesión al Partido Republicano, pero Trump se aleja de ser un representante cabal de los valores de esta agrupación, por sus matices proteccionistas y mercantilistas.

Sin duda la victoria de Trump sería la realización de una de las peores pesadillas para los estadounidenses y para el mundo, una que, incluso cuando el candidato decidió lanzarse al ruedo, parecía más una broma de mal gusto que algo verdaderamente capaz de concretarse. El miércoles, luego de las elecciones, Estados Unidos podrá amanecer como siempre lo ha hecho, con estabilidad política y sirviendo, mal que bien, como un modelo de desarrollo democrático; o, podrá amanecer en una distopía, donde el líder del futuro no es mejor que un autócrata caribeño.