Editorial: El fin del sueño

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El miércoles pasado, con 61 votos contra 20, la ahora expresidenta de Brasil, Dilma Rouseff, fue finalmente destituida del cargo por el Senado, lo que consagra a Michel Temer como el Presidente del vecino del este hasta el 2018, cuando se convoque a nuevas elecciones.

El llamado ‘impeachment’ se justificó en una acusación de ‘book cooking’ que sostiene que Rouseff habría manipulado información para ocultar la extensión del problema del déficit Brasilero en aras de facilitar su reelección en el 2014. En efecto, de forma oficial este fue el tema que terminó por traer abajo el régimen de la expresidenta, sin embargo, en el fondo, el proceso se sustentó más que nada en la vorágine de acusaciones relativas al escándalo de Petrobras, que hoy se mecen sobre la destituida mandataria, su predecesor y, así, el Partido de los Trabajadores (PT).

Aunque la profundidad de la actual crisis política brasilera amenaza con eclipsarlo, no hay que olvidar que, en su momento, el modelo político y económico pregonado por Lula Da Silva era aplaudido internacionalmente, especialmente por aquellos más cercanos al lado izquierdo del espectro político. Se sugería que lo alcanzado en Brasil representaría un cambio profundo en la forma de hacer política, conciliando el socialismo con el crecimiento económico. Incluso, en el año 2011, en un esfuerzo por dejar atrás su impronta marcial y en probable obediencia a la asesoría de Favre, el expresidente Ollanta Humala citaba el modelo brasilero como uno exitoso, para buscar acercar su propuesta política a aquella representada por Da Silva.

Hoy, cualquier búsqueda de adhesión con el alguna vez admirado modelo del gigante sudamericano, le haría un flaco favor político a quien la pretende. La crisis económica ha dejado zanjada la posibilidad de que el afamado modelo de Lula sea considerado como uno que se tiene que seguir. Si a eso se le suma la incoherencia que representan los millones de dólares ‘embolsillados’ por funcionarios corruptos que alguna vez juraron lealtad a favor del pueblo que los eligió, podemos dar por terminado el sueño que para muchos era la política brasilera.

Mucho se habla de los ‘pros’ y los ‘contras’ de la destitución de Rouseff. Algunos sugieren que la ascensión de Temer es resultado de una cabeza que se le quita al monstruo solo para que aparezca otra. Otros, como la misma exmandataria, acusan que esto respondió a una injusticia que atenta contra los designios del pueblo. Algunos, más bien, saludan que se haya llevado a cabo un proceso que siguió la vía institucional para deshacerse de quien se estaba manejando de mala manera en el poder.

Es justamente ese último punto el que hay que resaltar. Sin importar cuán a favor o en contra se pueda estar del hecho de que se haya destituido a Rouseff, es saludable que lo sucedido no se haya producido por un golpe de Estado, como tan acostumbrados hemos estado en la región, sino, más bien, siguiendo un proceso amparado por la constitución. Aunque con matices distintos y por otros métodos, algo similar se está procurando en Venezuela, donde la ciudadanía está buscando revocar, democráticamente, a un régimen abusivo que los tiene sumidos en una profunda crisis.

Lo sucedido en Brasil no es más que otro resultado de los que se les predecían a los socialismos latinoamericanos, donde, entre otras cosas, el crecimiento de la maraña estatal sirvió como el hábitat perfecto para el crecimiento de la corrupción.