[EDITORIAL] La pesadilla europea

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En los últimos meses el mundo ha sido testigo del drama migratorio europea. Miles de personas intentan escapar de las guerras, enfermedades y hambruna se aventuran a cruzar el mar Mediterráneo con el objetivo de lograr el “statu de refugiado” y poder tener una vida digna en la Europa del bienestar. Sin embargo, las posibilidades de lograr ese objetivo se ven disipadas por la precariedad y la desesperación. Lo único certero es que mueran antes de llegar a las costas italianas o españolas. Así lo comprueban las cifras.

De acuerdo a lo reportado por The Daily Telegraph en lo que va del año han muerto 1750 personas en el Mediterráneo, treinta veces más alto que el año pasado, según confirma la Organización Internacional para las Migraciones. A eso le debemos sumarlas repetidas violaciones a la Convención para Refugiados, sus protocolo y las propias directivas europeas que ocurren todos los días en las fronteras terrestres. Basta ir a Melilla (ciudad autónoma española, situada en el norte de África) para ver como las autoridades españolas en coordinación con las marroquíes, retornan a personas que logran cruzar y las someten a condiciones infrahumanas.

Como vemos el sistema está quebrado y la responsabilidad no es compartida. Europa desde siempre ha pontificado sobre la legalidad y el cumplimiento de altos estándares internacionales para el trato de sus habitantes, muchas veces exigiendo lo mismo en acuerdos comerciales con otros países. Sin embargo, esas 1750 personas nunca pudieron comprar si el discurso se traducía en hecho. Y es porque la realidad supera las aspiraciones de los activistas y académicos. No basta con recitar los derechos y asegurar que todo aquel que escapa de la guerra o la persecución será recibido en el mundo libre. ¿Sobre quienes recaerán los costos? Cómo otorgar a estas personas una vida digna o mejor que la que tienen en sus países de origen. Actualmente, decenas de personas viven en campamentos griegos a la espera de algún tipo de respuesta por parte de la Unión Europea.

Nosotros consideramos que la solución no se agota en los mecanismos internos y en la represión externa. Es menester iniciar una política abierta y cooperativa, aceptando en primer lugar que el problema escapa a la actual regulación, pero sin violarla lograr cautelar los derechos de aquellas personas que toman la desesperada decisión de migrar. Eso significa comenzar a colaborar con los países fronterizos y costeños, invirtiendo en infraestructura e instituciones que puedan colaborar con la Unión Europea en las zonas de donde provienen los refugiados, sea Túnez, Marruecos, Argelia, Turquía o Libia (en este último caso se puede coordinar con la misión de las Naciones Unidas). Si bien entendemos que será difícil reducir el número de víctimas a cero, es importante enfrentar el problema y entender que la solución no puede ser local.

Finalmente, como latinoamericanos conocemos muy bien lo que significa dejarlo todo para ir en busca de un futuro más digno. Hemos vivido la represión en países extranjeros. Aún portamos las marcas de los abusos y las rupturas, a las que uno se expone cuando asume el riesgo de migrar. Por ello, como región debemos intervenir en el debate sobre la migración internacional, no sólo velando por nuestros conciudadanos, sino también por todos aquellos que en algún momento tengan que escapar de sus tierras por un futuro mejor. Esto lo debemos hacer con realismo para así proteger más vidas.