[EDITORIAL] Las promesas irresponsables

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Esta última semana, el primer ministro griego Alexis Tsipras aceptó un nuevo acuerdo con condiciones más duras de las que había rechazado hace diez días. Las finanzas griegas serán prácticamente administradas por sus acreedores. ¿Cómo se llegó a eso? ¿No se supone que había ganado el referéndum? ¿Quién tiene la culpa?

Todo se remonta al ingreso de Grecia a la Zona Euro, en el que mintieron sobre su situación macroeconómica para ser admitidos. Ya en el 2001, fecha en que ingresan, estaban  tremendamente endeudados (al 120% de su PBI), con inflación alta y con problemas estructurales de productividad. Hace diez años Grecia era ya un país quebrado”, apunta el director del IPE Roberto Abusada. Este país quebrado, sin embargo, obtuvo de pronto acceso a una financiación más barata por ser parte del euro y empezó a endeudarse aún más. Lo que parecía una buena jugada era en realidad pasar del dracma a la tragedia.

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 Esta situación de bienestar artificial se volvió insostenible con la crisis internacional del 2008, que elevó las tasas de interés, y el socialista primer ministro Papandreu tuvo que reconocer en 2010 la existencia de un grave déficit presupuestario y pedir un rescate. El rescate, sin embargo, falló; y por culpas de ambos lados. Como indica el economista en jefe del BBVA Hugo Perea,  Grecia debió invertir en obras de infraestructura, en diversificación productiva y en mejorar la productividad y competitividad. Sin embargo, gasto el dinero -que no tenía- en mantener el Estado de bienestar y pagar deudas anteriores. “Eso devino en un exceso de acumulación de deuda que terminó explotando”, apunta Perea.

No obstante, los miembros de la zona euro también tienen su parte de la culpa. No solo lo porque no se debió permitir a una Grecia como la del 2001 ingresar, sino también porque, según señala The Economist, los acreedores arruinaron el primer rescate queriendo imponer demasiada austeridad demasiado rápido y concentrándose en reducir el déficit en vez de promover el crecimiento.  “Syriza apeló a los votantes que habían perdido toda esperanza. Ofreció un prospecto falso. Probablemente uno decepcionante. Pero es en parte una creación de las políticas fallidas de la eurozona”, apuntala finalmente esta revista.

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Obviamente, esto no exime de responsabilidad a Tsipras. Su primer gran error fue prometer lo imposible: rechazar la austeridad y a la vez permanecer en el Euro. O, para decirlo criollamente, meterle un cabezaso a los acreedores pasar piola. Su segundo error fue cortar las negociaciones abruptamente para llamar a un absurdo referéndum (como si los países acreedores no tuvieran que responder también ante electorados cuya plata esperan ver de vuelta) que ni siquiera fue reconocido. Esto no solo debilitó la confianza de sus socios sino que dejo que se agrave la situación en medio de caos y corridas bancarias. Y todo  para finalmente allanarse ante nuevas condiciones, esta vez mucho más drásticas.

Ahora que se ha acordado un tercer rescate quedan abiertas dos grandes interrogantes: si funcionará lo que propone y si será cumplido por Grecia. Algunos apuntan a que si la austeridad no ha funcionado antes tampoco lo hará ahora. Otros, Como Angelos Chryssogelos del Royal Institute of International Affairs, que si los dos rescates anteriores fallaron fue porque Grecia no cumplió como debía. Habría, en todo caso, que distinguir entre los efectos de corto y largo plazo de la austeridad. Lo que sí se puede concluir, por lo pronto, es qué lección dejan los sucesos de esta semana. Tsipras aprendió que no puede gastar indefinidamente dinero que no tiene y que tampoco puede sostener ilusiones por mucho tiempo. Le cayó como un baldazo de agua fría una verdad evidente: la economía no depende de su voluntad ni se maneja por decreto. No se puede jugar con ella como se juega con legos.