Educación para la vida, por Verushka Villavicencio

«La educación para la vida es en la escuela y en el hogar. La pandemia nos enseñó que todo pasa y cada momento es único».

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Si pensamos en la forma en que los griegos aprendían, nos daremos cuenta que la argumentación era clave para sostener una idea y convertirla en una propuesta válida que convenciera a los oyentes. Aprender a argumentar implicaba dominar el arte de impugnar la explicación sobre un hecho.

Era un ejercicio aprendido con lógica, pero también con creatividad para anotar una idea cuyo origen fuera desconocido e imprevisto. El espacio físico organizado para exponer las ideas eran llamadas “ágoras”, cuya disposición circular permitía a los ciudadanos ver y escuchar al orador.

Si analizamos los debates que vemos en televisión, percibimos que la mayoría de oradores no argumentan, sino que se dan cuenta de percepciones que no se justifican en datos reales analizados en función de sus impactos. Sucede que el nivel de argumentación no se releva, entonces habría que reflexionar sobre la educación que recibieron.

Elías Neyra Arellano es un sacerdote agustino autor del libro “Una comunidad en busca de la verdad”.  Se recoge la espiritualidad agustina en función de la formación de líderes capaces de buscar el progreso de todos, lejos del ejercicio de poder de unos sobre otros y que son capaces de buscar el bien común.

Ahora que tanto se habla del regreso a la escuela, habría que pensar qué tipo de escuela queremos para nuestros hijos. Una propuesta interesante que se vivencia en las escuelas agustinas son los tipos de inteligencia en relación al tipo de espacio físico y espiritual que se crea para el estudiante.

Este no es solo un tema de accesibilidad, es decir, rampas para el uso de niñas y niños con discapacidad física, servicios higiénicos accesibles, señales para las rutas, ascensores accesibles, aulas con escritorios accesibles; sino que se trata de hacer realidad la inclusión en dos niveles: personal y comunitario.

La propuesta del libro basada en las neurociencias implica crear para el estudiante cinco espacios físicos: interiorización donde pueda en soledad pensar; uno para conversar y sentarse al lado de otras personas rodeado de un ambiente amigable e inspirador; uno para hacer deporte, uno para hablar en público frente a un auditorio y un espacio para trabajar en equipo. Cada uno de estos implica el desarrollo de un tipo de inteligencia que ubica a la persona en escenarios personales y comunitarios.

La riqueza de la propuesta radica en darle espacio al ser humano para encontrarse consigo mismo y, en ese encuentro, darle un sentido a su vida más allá de los logros personales y éxitos académicos. Ese sentido conlleva al desarrollo de valores, cuya identidad católica la sustenta y fundamenta.

Si el sentido de la educación es lograr que las niñas y niños sean ciudadanos felices, será clave que sus vidas dejen de lado el individualismo extremo y la negación de la autenticidad del ser humano. El regreso a clase será favorable si la propuesta educativa innova en la creación de espacios físicos y se continúa apoyando en la virtualidad, así como en la participación de la familia en el proceso educativo.

El hogar ya es un gran laboratorio para explorar inteligencias múltiples de las niñas y niños. Es un espacio ganado que permite el desarrollo de habilidades blandas, la confianza y la ternura. No dejemos que se pierda la oportunidad de formar líderes capaces de decir “lo siento”, “me equivoqué”, “gracias”, “perdón” y “permiso”.

La educación para la vida es en la escuela y en el hogar. La pandemia nos enseñó que todo pasa y cada momento es único. Si realmente hemos aprendido la lección, buscaremos el camino para asegurar un aprendizaje que contribuya a que nuestros hijos encuentren un sentido que trasciende más allá de la muerte. Llegarán al final con una sonrisa y en paz.

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