El botón de una muestra incómoda, por César Delgado-Guembes

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Connotadas voces de expertos coinciden en afirmar que el siglo XXI marca el inicio de una nueva era.  A propósito del valor del trabajo en la sociedad posterior a la era del mercado,  en su obra The end of work, Jeremy Rifkin recordaba que fue la era industrial la que puso fin al trabajo esclavo, y que los nuevos desarrollos tecnológicos nos ponen en la era del acceso. Sin embargo, a pesar de los prodigios y maravillas que promete la inteligencia tecnológica y las oportunidades y facilidades de acceso a niveles extraordinarios de organización y de información, sin embargo, para quienes vivimos y trabajamos en el Perú, se dan y constatan experiencias regresivas que contradicen la naturaleza y valoración del aporte que el ser humano puede ofrecer a inicios del siglo XXI. ¿No hay más trabajo esclavo en el Perú, mientras en los círculos de gerencia de la calidad  se habla del teletrabajo como forma alternativa de proveer servicios, o mientras en Suecia la jornada laboral ya no es más de 8 sino de 6 horas diarias?

Quiero ofrecer algunos datos que tomo de mi experiencia personal. No hace mucho, en el Congreso peruano pudo compilarse información valiosa respecto a la cantidad de horas extraordinarias laboradas por el personal del servicio parlamentario vinculado a las áreas de apoyo legislativo en un año. Entre agosto de 2012 y julio de 2013 los 573 trabajadores de la Dirección General Parlamentaria trabajaron 161 mil 97 horas extras. En promedio cada uno de esos trabajadores laboró más o menos 281 horas más allá de la jornada laboral, es decir el equivalente a 7 semanas, con algunos casos en los que se constató que hubo quienes trabajaron 800, 900 y más de mil horas (es decir, el equivalente a 20 y 25 semanas más de trabajo al año, o a más de 5 meses).

¿Qué convierte en una necesidad que se requiera de más de 161 mil horas del personal especializado para que el Congreso funcione? Considerando que el Pleno sesiona sólo un día a la semana, durante 3 semanas al mes, y durante 25 de las 52 semanas del año, ¿por qué debe exigirse que 573 trabajadores se priven de horas libres, familiares o de ocio por el equivalente, en promedio, a casi dos meses adicionales en un año?

Pero, más aún, ¿qué significado tiene que el 50 por ciento de los trabajadores institucionales del Congreso trabaje prácticamente, en promedio, dos meses más al año sin que su labor reciba reintegro ni compensación? ¿Cómo así es que la productividad del Congreso ha aumentado en razón a las horas laboradas más allá de la obligación constitucional, sin que ningún trabajador haya merecido reconocimiento alguno por el uso excesivo que se ha hecho de la demanda excedente de su trabajo?

A partir del estereotipo que se ha formado del desempeño de los congresistas, a la opinión pública la tiene sin cuidado el trabajo del personal del Congreso. En un ejercicio de indolencia esa misma opinión pública descalifica a quienes trabajan en el Congreso, como si su labor fuera irrelevante, ineficiente e improductiva. Algo de cierto hay que reconocerle en esto último, en particular, pero no por la calidad técnica y humana de quienes trabajan en el Congreso, sino  en mérito a las (sin) razones para justificar el horario excesivo de trabajo.

A pesar que lo normal es que las organizaciones desarrollen su actividad según un cronograma y un horario, la incapacidad para producir resultados según uno y otro se convierte en una fuente de desorden que en último término dispendia y distorsiona el valor y la razón de ser del trabajo humano. Cuando el dueño de una organización carece de capacidades elementales de gestión y administración, es perfectamente esperable que su impericia atropelle con medidas irreflexivas e improvisadas.

¿Qué misión es tan importante que sea capaz de convertir al ser humano en un objeto del que otro dispone y utiliza para rendir resultados, o producir bienes y servicios? Tan vil es el abuso de quien impone la esclavitud como el sujeto que se resigna y somete. Por esta razón es que no cabe callar y corresponde, contrariamente, denunciar este estilo de gerencia insalubre y demencial que, en pleno siglo XXI, impone verticalmente un régimen de trabajo en el que el trabajador labora gratuitamente 2 a 5 meses más durante el año laboral.

Lo más patético del absurdo, sin embargo, es que el exceso es, en un número significativo de casos improductivo, por decirlo de manera generosa. El abuso más grande es el que te impide la justa disposición de tu tiempo sólo porque el jefe precavido necesita compañía, por casualidad.

La situación expuesta describe un mundo y una era ajenos al siglo XXI, gracias al canibalismo, a  las incompetencias y a la miopía de quienes, desde una posición de autoridad, niegan libertad y oportunidades de desarrollo personal al trabajador. ¿Cosita extraña, no, que a la sombra del silencio se mantenga un tipo de relación organizacional de espaldas a las normas internacionales y constitucionales que rigen en el Perú?

Sólo durante el período 2012-2013 el Congreso dejó de pagar más de 11 millones de soles a esos 573 trabajadores de la Dirección General Parlamentaria. Luego de la evidencia acopiada en ese período no ha sido posible volver a hacerlo, probablemente por el riesgo que genera transparentar abiertamente los estilos y hábitos gerenciales instalados que se resisten a dejarse de lado. Si de cambiar un estado de cosas se trata, la dificultad más grande siempre es la tendencia habitual a que las cosas sigan, sin cambio, en el mismo estado. En el menú de ineficiencias que deben reemplazarse, por lo tanto, aquí tenemos un botón.

Una muestra incómoda, por cierto, del poco valor en que se tiene no solo al ser humano, sino a la capacidad humana para ser feliz mientras transita en la tierra. El papa Francisco habló de la sociedad del descarte. Cuando nos convertimos en desechos que otro depreda por puro descuido, por indolencia, o por incompetencia organizacional, el Perú queda atrapado e incrustado en las más grises épocas de la prehistoria humana. El maltrato y el abuso que se constata en los datos que comparto son una señal de una humanidad pendiente de mejora. Por lo tanto, un pendiente también en la agenda de reformas del Congreso peruano, no menos que en la agenda de quienes con su complicidad son parte del abuso, por imposición o por resignación.

Precisamente antes de que se inicie el debate presupuestal tendría que plantearse esta cuestión. O se mejoran los hábitos gerenciales en el Congreso, o se debe prever las partidas de alrededor de 11 millones de soles anuales para pagar las horas extraordinarias del personal al que se le exige que permanezca más allá de las 8 horas diarias o 40 semanales en el puesto de trabajo. Esta es una materia que bien cabría ser revisada y propuesta en el pliego anual de pedidos que interpone el Sindicato de Trabajadores del Congreso de la República. ¿Quién hará lo necesario para que esta situación quede atrás y empiece la era que le sucede a la sociedad y a la economía del mercado?

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